Historia de una calle

Empezando con la prohibición de estacionarse, siguiendo con una autorización pagada y terminando con una autorización gratuita, la historia de esta calle muestra lo que tantas veces experimentamos: lo barato cuesta caro.

Había una vez una calle que tenía tres pistas y en la que no se podía estacionar. La primera pista la utilizaban, mayoritariamente, buses que necesitan circular próximos a la vereda y autos que anticipaban virar a la derecha. Por las otras dos pasaban principalmente autos que no iban a virar aún.

Un día, el alcalde de la comuna donde se ubica nuestra calle decidió que sería bueno permitir estacionar en ella porque incentivaría el comercio y permitiría al municipio obtener algunos ingresos cobrando por el derecho a estacionar. Para esto, buscó una empresa privada que, a cambio de un pago fijo y una comisión por ingresos, administraría el uso de los estacionamientos. Así el alcalde no tendría que dedicar tiempo y esfuerzo a controlar el funcionamiento de un negocio en el que no tenía mayor experiencia.

A partir de entonces, la primera pista ya no existió: estaba llena de autos estacionados o de espacios para estacionar. Con solo dos pistas donde antes había tres, obviamente la congestión en la calle aumentó. Por la segunda pista (que era ahora la más cercana a la vereda) circulaban buses y autos que iban a virar a la derecha, pero lo hacían más lento que antes. Incluso más de lo que explicaría la mayor congestión. ¿Por qué? Porque esa pista ahora la ocupaban, también, otros autos que antes no lo hacían: eran los conductores que estaban buscando un lugar para estacionar, y los que estaban maniobrando para entrar o salir de un estacionamiento. Sobra decir que estos autos circulan más lento y detienen más la circulación que los otros.

Por la tercera pista siguieron circulando mayoritariamente autos, pero ahora más lento porque, eventualmente, su pista también era usada por otros autos y buses que adelantaban a uno que quería estacionar, salir del estacionamiento o esperaba mientras pagaba por el mismo.

Pero eso no fue todo. Aparecieron más autos. Llamamos a esto “tráfico inducido” y ocurre porque alguna gente que deseaba ir a esa zona de la ciudad antes no habría usado el auto (“No hay dónde estacionar”, decían) y ahora sí lo hacen (“¡Es muy cómodo, se puede estacionar al frente!”). Por suerte, el estacionamiento era caro así que ese efecto no es tan grande y, por lo mismo, la gente tendía a usar los estacionamientos por poco tiempo.

Para la empresa, por supuesto, estas fueron excelentes noticias. Como el pago al municipio era fundamentalmente fijo, el tráfico inducido fueron casi solo utilidades para ella.

Por supuesto, la mayor parte del daño lo sufrieron quiénes usaban los buses porque ellos no podían buscar rutas alternativas y, encima, nunca tuvieron interés en estacionar en esa calle. De alguna forma esto parece un poco injusto en términos de distribución, ¿no? Después de todo, no son los más ricos los que andan en buses.

Pero, entonces, hubo una elección y vino un nuevo alcalde con nuevas ideas. A este alcalde no le gustaba que las cosas se regularan con un precio y menos que un privado ganara plata “a costa” de los vecinos. Peor aún: si hay que pagar, solo “los más ricos” pueden usar los estacionamientos. ¡Eso es muy injusto!

Y el alcalde hizo que estacionar en la calle fuera gratuito. A los problemas anteriores ahora se agregaron otros: primero, alguna gente empezó a estacionarse a las 8 de la mañana e irse a las 8 de la noche. “Gratis”, por supuesto, tiene ese efecto: todos sabemos que tendemos a usar y consumir más aquellas cosas que son “gratis” ¿o acaso nunca hemos comido demasiados postres en un matrimonio?

Segundo, ¿recuerdan eso que llamamos “tráfico inducido”? Bueno, lo único conteniéndolo era el precio del estacionamiento. Desaparecido el precio, éste se disparó y más autos significan una sola cosa, por supuesto. Finalmente, la calle se volvió un gran taco por muchas horas al día… y alguna gente seguía pasando en buses por ahí. Su única solución en la mañana fue tratar de tomar el bus más temprano y, por las tardes, resignarse a pasar más tiempo en el bus y menos en su casa.

Algunos cuentan que surgieron unos individuos que, por un precio previamente acordado, “reservaban” espacios en la calle para los que pudieran pagarlo. Pero eso no me consta.

Lo que si me parece obvio es que casi todos los usuarios de esa pobre calle están mucho peor hoy que antes, cuando no se podía estacionar en ella.

¿Quiere saber más?

Jaffe, Eric, 2016, “The Strongest Case Yet That Excessive Parking Causes More Driving”, Citylab

Shoup, Donald, 2011, Prefacio de The High Cost of Free Parking

Shoup, Donald, “Cruising for parking”, Access 30

Video: “Donald Shoup explaining the high costs of free parking”

Tirachini, Alejandro, 2015, “Estacionamiento gratis en malls: un pro y muchos contras”, Plataforma Urbana