Revoluciones sin palabras y con palabras

Hay palabras que ya no revolucionan. La “revolución” parece ser una de ellas.

Una de las muchas cosas que muestra la situación en Venezuela es que la revolución —como palabra eficaz— está, por decirlo de algún modo, agotada para la revolución, lo cual, por supuesto, no tiene nada de novedoso.

La revolución cumplió su palabra cuando todavía no era suficientemente conocida por quienes la escuchaban o la decían; el caso emblemático fue el de Luis XVI que al consultar por la supuesta “revuelta” que era para él la toma de La Bastilla, su ujier le dijo: “no, es una revolución”, con lo que denotaba un fenómeno hasta entonces desconocido, para cuya descripción la palabra “revuelta” no bastaba. Y es que las palabras sí son importantes.

Cuando la revolución ha sido ya procesada por los poderes del orden tradicional, o bien por las ciencias sociales moderadas, mantenerla como concepto quizá equivaldrá al rezago léxico de Luis XVI.

Ya las novelas de Balzac muestran con claridad apabullante que la revolución dejaba de ser probabilísticamente posible en cuanto más se conocía lo que había sido la Revolución francesa pues la mayor gracia de las restauraciones postrevolucionarias estaba en que se hacían especialmente estudiosas de los mecanismos que han generado las revoluciones. No es entonces casual que “revoluciones” recientes como la de los anticonceptivos o la de las tecnologías de la información —menos pronosticadas o acaso masivamente buscadas— hayan modificado mucho más nuestra percepción del mundo que aquellas revoluciones políticas que buscaron replicar de cierta manera lo que fue la de Francia, Rusia o Cuba. Es posible que estas últimas sean, en el fondo, verdaderamente revolucionarias, en lo que concierne a la historia larga de la humanidad, pero el punto es que quienes hicieron las grandes revoluciones políticas, en buena parte, no sabían lo que hacían mientras no miraron atrás o a su alrededor.

Y es que en la sinceridad de las palabras está la nitidez del mundo.

En el texto de Marx El 18 de brumario de Luis Bonaparte, publicado en la revista Die Revolution, aparece la famosa frase que vino a complementar una de Hegel: “La historia ocurre dos veces: la primera vez como tragedia y la segunda como farsa”, porque, precisamente, Marx decía que el golpe de Estado de Luis Bonaparte de 1851 no estuvo a la altura de su modelo, el de Napoleón Bonaparte el año VIII del calendario de la Revolución francesa.

Si se me permite la falta de respeto, a la luz de los videos caseros que circulan por la web, lo que se ve en Venezuela —esa Venecia americana que derrotó al Imperio Español— obliga a reformular la frase de Marx, de tal suerte que la historia ocurre tres veces: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa y la tercera como reality-show. Un show que hace tiempo se viene volviendo cruento, como de circo romano.