Una metaética: en búsqueda de la ética menos pecadora

¿Qué es lo que convierte en ciertas las creencias de cada uno? ¿Por qué el Catolicismo debiera ser más cierto que el Islam o que el Budismo o que los dioses griegos, y viceversa? ¿Por qué el Liberalismo o el Igualitarismo o el Utilitarismo u otros enfoques de filosofía moral debieran ser los correctos para guiar las políticas públicas de una nación? Ciertamente uno es libre de creer en lo que quiera, y si uno quiere creer en el politeísmo o rezar en dirección a la Meca o ir a la iglesia todos los domingos es cosa de cada uno, porque las consecuencias de esos actos tienen repercusiones sólo en nosotros mismo. Sin embargo, cuando uno se enfrenta a tomar decisiones con respecto a lo público, lo cual nos pertenece a todos, las creencias que guiarán estas decisiones ejercerán consecuencias en todo el resto de la sociedad. Cada ideología se sustenta en supuestos no comprobables, y es nuestra creencia en éstos lo que nos termina convirtiendo en sus feligreses. Así, nuestra fidelidad a los distintos enfoques de filosofía moral no termina siendo muy distinta a la religión que escogemos: nos basamos en la fe de sus supuestos fundamentales. Esto es lo que llamo el pecado original de las creencias, y cometerlo será lo que definirá si terminaremos viviendo en un infierno o en un paraíso.

Cuando se piensa en qué es lo que debiera hacer el Estado, está detrás una idea de cuál debiera ser el fin de éste. Cada uno puede tener su propia visión y por lo tanto cada quien construye su propio ideal de qué es lo que espera que el Estado realice, donde lo que sustenta cada visión es la ética de cada individuo: lo que cada uno considera que está bien o mal. Ésta, a su vez, es producida por un conjunto de valores y principios que se consideran apropiados. Es esta plétora de principios éticos la que, al final, provoca que la esfera pública termine quedando conformada por un choque de visiones opuestas, contradictorias e incongruentes. Todo esto se traduce en una larga lista de conflictos y costos fáciles de imaginar.

A pesar de lo costoso de la situación anterior, hoy en día nadie se atrevería a sugerir algo como el censurar ciertos principios y visiones éticas, incluso por más descabelladas que pudieran ser. Y es que ese es el punto, no puede un principio ser válido y otro no, pues ambos se fundan en la ética personal y nadie puede imponer que los valores de uno sean mejores que los de otro. Pero entonces, el análisis habría que plantearlo en otro plano: ¿es correcto que el fin último del Estado se sustente en nuestros valores y principios? Y antes que la pregunta anterior: ¿qué evidencia tenemos para asegurar que nuestros valores debiesen primar por sobre los de los demás? ¿No termina siendo esto último, en cierta forma, egoísta? ¿Por qué querríamos que lo público, que por definición es de todos, quedara definido por la creencia individual de cada uno (aun cuando ésta pudiera incluso tratarse de principios que privilegiasen lo comunitario, por ejemplo)?

Es cierto, creerse con la superioridad moral de pensar que ciertos principios o que cierta ética es superior a otra terminaría irremediablemente rozando el fascismo. ¿Pero qué tal entonces si es que ninguna ética fuese correcta, y, por ende, válida? Como esbozamos al inicio, todas ellas van asociadas a la distinción de qué es bueno y qué es malo. Distinción que, a su vez, necesariamente implica imponer razonamientos que, en última instancia, se apoyan en supuestos que no son demostrables. Este es el punto central. Mientras una ética no logre probar sus supuestos fundamentales, entonces seguirá teniendo que competir con todas las demás.

A pesar de lo anterior, igualmente, como sociedad, debemos elegir cuál queremos que sea aquella ética que guie el actuar del Estado. ¿Pero cuál podemos elegir, si todas adolecen del mismo pecado original? ¿Cómo elegimos un principio que no sea principio? Dada esta paradoja, no podemos conseguir un escenario de primer mejor, por lo que tenemos que definir qué condiciones definirían un escenario de segundo mejor, es decir, elegir una ética que nos obligue a asumir la mínima cantidad de supuestos posibles.

A continuación la imaginación de cada uno puede llevarnos a distintos escenarios, yo sólo me limitaré a presentar una explicación que, dado lo anterior, me hace sentido, mas no cabría duda que pueden existir otros escenarios mejores.

Sabemos que cualquier supuesto que se sustente sobre algo cierto, será un supuesto válido. Luego, desde un punto de vista filosófico, podríamos llegar a concluir que pocas cosas pueden llegar a ser más ciertas que lo que nosotros mismos percibimos. Por lo tanto una ética que se sustente exclusivamente en algo que percibimos podría ser probabilísticamente más cierta que otra que no lo haga (supuesto 1).

Dentro de este marco entra el concepto de bienestar (en su concepción más amplia). Cada uno sabe que existen cosas que le producen bienestar y otras que le producen malestar. De igual manera, con un mínimo supuesto detrás (por cierto menor que el de muchas otras éticas), uno también puede asumir, que si uno como ser humano, experimenta lo anterior, entonces otros individuos de nuestra misma especie también lo harán (supuesto 2). Es más, cada vez que satisfacemos una necesidad, ello nos genera una sensación de bienestar, y todas nuestras acciones, en última instancia, se basan en satisfacer nuestras necesidades (desde las fisiológicas hasta las de autorrealización, como diría Maslow). Por lo tanto, es lógico que si queremos pedirle algo al Estado, es que se dedique a ayudarnos a satisfacer nuestras necesidades, que son las que guían todo nuestro comportamiento.

Teniendo claro lo anterior, posteriormente aparece el desafío fundamental de la economía: cómo satisfacer necesidades múltiples con recursos escasos. Además, ¿qué necesidades satisfacer? ¿Y de quiénes? Cualquier designación sobre qué necesidad deba satisfacerse antes que otra o de quién deba privilegiarse por sobre alguien más, implicaría imponer alguna restricción ética adicional. Por lo tanto, las respuestas a estas preguntas deben provenir desde este mismo enfoque de las necesidades.

Si lo que queremos es que el Estado se haga cargo de satisfacer nuestras necesidades, entonces también quisiéramos que éste satisfaga la mayor cantidad posible de éstas, ya que eso nos permite experimentar bienestar. Pero al mismo tiempo, y no menos importante, nos interesaría que las necesidades que no satisfaga sean aquellas que generen un menor malestar (entendiendo que las necesidades insatisfechas nos producen un malestar). De nuevo, ¿por qué estamos imponiendo que se deba satisfacer necesidades que nos generen bienestar y reduzcan malestar? Porque nos consta que ambos fenómenos son reales y nos afectan a todos, y por ende no implica asumir más supuestos que esos. Entonces si el Estado tuviese un solo peso para gastar, éste debiera gastarlo en la política que permita satisfacer la mayor cantidad de necesidades posibles y que genere el menor malestar posible. (Esto ya empieza a sonar familiar ¿cierto?).

¿En qué se traduce lo anterior? Aquí podríamos asumir (nótese que este supuesto es sólo necesario para fines ilustrativos de en qué, en la practica, se podría traducir esta ética, y no corresponde a un supuesto de la ética en sí misma) que la insatisfacción de las necesidades pertenecientes a la base de la Pirámide de Maslow (fisiológicas o de seguridad) implican un mayor malestar que la insatisfacción de aquellas de la punta de dicha pirámide (autorrealización o ego). Y, de igual manera, si una misma política es capaz de satisfacer las necesidades de muchas personas, ésta sería mejor que otra política que satisfaga en igual intensidad las mismas necesidades de un número reducido de personas. A partir de todo esto también es fácil percatarse que en más de una ocasión habrá un trade-off entre satisfacer necesidades en el margen intensivo y el margen extensivo. En cuyo caso lo que dirimirá qué política será mejor que otra será el bienestar agregado (incluyendo los costos en malestar) que cada una produzca. Una vez más, porque sabemos que el sentimiento de bienestar y malestar son reales.

A partir de esto último, ya queda en completa evidencia las enormes similitudes entre esta ética y la ética utilitarista (en simple: la producción del máximo bienestar para el máximo número de personas), de hecho, uno podría aventurarse a decir con mucha seguridad que son lo mismo. Es importante tomarle el peso a esto, porque mucho de lo mencionado en el párrafo anterior puede parecer de Perogrullo, sin embargo bien se sabe lo potente que puede llegar a ser el enfoque utilitarista y las muchas consecuencias que pudiera conllevar.

Ahora, ¿qué pasa con todos nuestros otros principios y valores? ¿Debemos excluirlos sólo porque alguno de sus supuestos no tienen suficiente evidencia? Nunca hay que perder de vista que algo que tal vez sea falso también quizás sea verdadero, el problema simplemente es que el salto de fe que implican las demás éticas es mucho mayor. No obstante desde el enfoque de necesidades aquí presentado, también puede ser admisible adoptar otro tipo de éticas para nuestra sociedad, si y sólo si el bienestar producido por aquel enfoque fuese mayor que el del utilitarismo (lo vamos a llamar así por simplicidad).

Es interesante notar que, el utilitarismo posee otro beneficio adicional, y es que matemáticamente hablando, es fácil observar cual es aquel principio que permite alcanzar con mayor facilidad los máximos globales de las funciones de utilidad. Mientras que al imponer cualquier restricción como lo haría otra ética, implicaría acotar el espacio de soluciones factibles a uno más reducido, pudiendo, eventualmente, provocar que no se alcance el máximo global.

Sin embargo, algo interesante ocurre cuando se incorpora el hecho que a la sociedad puede generarle un valor, un bienestar, el saberse restringida. Es decir, saber que vivimos en una sociedad libre, o saber que somos todos iguales, puede ayudarnos a satisfacer ciertas necesidades de orden superior. No obstante, ese es todo el punto, ¿qué es más importante, que grupos de intelectuales se sientan realizados porque pueden saberse viviendo en el mundo que quieren construir o que la gente común tenga un pan que comer al final del día?