Comportamiento religioso y secularización en Chile

La modernización de las sociedades parece venir acompañada de grados crecientes de secularización, es decir una pérdida de autoridad de la religión en los diversos aspectos de la vida social, política y económica. En estas líneas no quiero profundizar en este asunto sino explorar muy sucintamente algunas tendencias en religiosidad y atendencia al culto que se han venido registrando en nuestro país en las dos últimas décadas.

La modernización de las sociedades parece venir acompañada de grados crecientes de secularización, es decir una pérdida de autoridad de la religión en los diversos aspectos de la vida social, política y económica. Ahora bien, hay que tener claro que esta realidad no siempre ha ido acompañada de una disminución en la religiosidad o en la asistencia al culto, indicadores que habitualmente se exhiben como indicadores de secularización. Sobre la ausencia de estas tendencias a menudo se cita a Estados Unidos como evidencia de que la modernidad no necesariamente va acompañada de dicho fenómeno.

Con todo, es difícil sostener que en la principal economía del mundo la religión tiene un peso demasiado relevante en las decisiones públicas. Con ello no queremos afirmar que ocasionalmente no influyan, pero es difícil sostener que ese hecho es generalizado. Hay, además, otras situaciones que cuestionan la tendencia secularizadora, como son el fuerte dinamismo del fundamentalismo observado en el mundo musulmán, la interesante expansión del mundo evangélico en América latina y de diversas formas de “religiosidad” en varias zonas del mundo, incluida Europa del Este.

Si bien el debate sobre el grado en que la modernidad significa una secularización creciente está lejos de estar agotado, los elementos que mencionamos en contrario no parecen ser suficientes para desafiar la aseveración de que la religión ha dejado de ocupar un lugar central en la forma que las personas viven sus vidas o por lo menos para una parte importante de ellas. Estos elementos en contrario parecen ser más bien respuestas a la pérdida de sentido y de capital social que a veces han traído consigo los propios procesos de modernización y la globalización que los ha acompañado. Algunas de estas respuestas indudablemente logran influir en la forma en que se comportan determinadas personas, pero no tienen la fuerza suficiente para moldear los fenómenos políticos, sociales y económicos que acompañan la vida en comunidad, al menos no como lo hacían antes. En ese sentido, las religiones han perdido su poder original.

Por cierto, la manera en que esto se expresa en cada sociedad específica depende de un conjunto de factores institucionales, históricos y culturales cuyo impacto es difícil de anticipar. En estas líneas no quiero profundizar en este asunto sino explorar muy sucintamente algunas tendencias en religiosidad y atendencia al culto que se han venido registrando en nuestro país en las dos últimas décadas. Para ello utilizó la encuesta nacional del Centro de Estudios Públicos. En la Tabla N. 1 se presenta la identificación de los chilenos con una denominación religiosa.

En las últimas dos décadas la población que no se identifica con ninguna religión prácticamente se ha cuadruplicado desde un 5 a un 18 por ciento. Han aportado a esta categoría fundamentalmente personas que antes se identificaban con la religión católica. Las personas que se identifican con una religión protestante se han mantenido estables y definitivamente presentan un estancamiento en las últimas tres décadas. Estas religiones crecieron mucho entre 1960 y 1990 y luego han mantenido la proporción alcanzada hacia el último de estos años. (Es evidente que los datos presentados son compatibles con un traspaso desde el catolicismo al protestantismo y de aquí a quienes no se sienten representados por una religión en particular, aunque esa transición es altamente improbable.) Tan interesante como este desarrollo es que las personas pudiendo elegir declararse como agnósticos o ateos prefieren señalar que no se sienten cercanos a ninguno, es decir es probable que sigan profesando la fe, pero lo realicen de manera privada, esto es han dejado el espacio colectivo que significa identificarse con una religión para privatizar su relación con Dios. Por cierto, esto es una hipótesis que carece de suficiente información como para verificarse. Además, es compatible con un distanciamiento de los fieles católicos con su Iglesia a propósito de los encubrimientos de casos de abuso sexual que la han afectado. En 2018, como parte del programa internacional de estudios sociales en los que participa el CEP, podremos profundizar en esta dimensión.

La Tabla N. 2 refleja la asistencia al culto de las personas en Chile. Hay una disminución evidente en la proporción de personas que asisten frecuentemente a los servicios religiosos. Si se toman las dos primeras columnas se puede apreciar que en el lapso de dos décadas la proporción de personas que asiste al menos una vez al mes retrocedió en un 40 por ciento, es decir a un ritmo promedio de 2,6 por ciento anual que es muy significativo. Asimismo, la proporción que dice que nunca atiende un servicio religioso más que se duplicó. Este último número es aún bajo si se compara con países que se consideran fuertemente secularizados. Por ejemplo, en 2008, en Uruguay un 68 por ciento de las personas declaraban nunca ir a un servicio religioso. Proporciones tanto o más altas se observaban en España, Francia, Holanda o varios de los países de Europa del Este. Entonces, los cambios observados en Chile, si bien en línea con los observados en otras latitudes, parecen ser más graduales. La creencia en Dios sigue superando el 90 por ciento en Chile, mientras que en los países secularizados de Europa alrededor de la mitad de la población se declara no creyente. Por cierto, hay excepciones: en 2008 solo un cuarto de los españoles no creía en Dios y esta proporción era 11 y 17 por ciento en Irlanda e Italia, respectivamente. Incluso en Uruguay, en contraste con los datos anteriores, solo un 19 por ciento se declaraba como incrédulo en Dios. Parece haber en los países con una larga tradición católica una mayor presencia religiosa. Pero ello no significa necesariamente que se conserven grados importantes de influencia desde la religión en el debate público. La experiencia chilena reciente en algunos ámbitos de la libertad de enseñanza y del aborto así parece indicarlo.