Literatura sin centro

La idea de que pueda existir una literatura sin centro, que exista fundamentalmente en sus traducciones más que en sus originales es una vieja empresa muchas veces perseguida por la industria editorial. Claudio Magris ha dicho que es precisamente esta cultura de “segunda mano” la garante de la civilización que conocemos en su mejor cara.

Un excelente ensayo es el que publica Aeon sobre la historia de la literatura universal, titulado Readers of the world unite, y cuyo autor, Martin Puchner (profesor en la Universidad de Harvard), sostiene que, emergida de mercados cada vez más abiertos, la literatura universal vuelve a ser una tarea en la lucha contra las nuevas corrientes nacionalistas y etnocéntricas.

A partir de uno de los muchísimos episodios relatados por Eckermann en sus Conversaciones con Goethe, Puchner expone una genealogía que arranca con la lectura de la traducción de una novela china, por parte del ministro de Weimar, y termina con la crítica postcolonial a esta forma de enfrentar la literatura, pasando por dos siglos de fortalecimiento de esta verdadera fenomenología de la producción cultural.

Siguiendo a Puchner, con Goethe se habría explicitado un campo intermedio entre la literatura dependiente de la capital francesa, por un lado, y aquella otra, de asiento nacional, que resistía a la hegemonía de la primera. Como ex romántico y ex afrancesado, Goethe se opuso a ambas tendencias tan predominantes mientras que vio que esta literatura mundial, sin centro, estaba a la mano ya en ese entonces, y que solamente cabía acelerar su predominio.

Posteriormente, Marx y Engels en El Manifiesto comunista habrían conseguido una de las primeras producciones de la literatura universal, ya que este manifiesto se publicó simultáneamente en varios idiomas europeos. Como en sus planteamientos para los movimientos obreros, se manifestaba en él la interdependencia universal de los nacionales particulares.

Fue con Tagore —Premio Nobel en 1913— e Isaac Bashevis Singer —Nobel en 1978— que aparece nítidamente una literatura universal no occidental, en el primer caso, y dispersa en occidente, de Nueva York a Moscú pasando por Varsovia, en el segundo: la primera es un reproche no nacionalista al colonialismo, la segunda, la dignidad literaria de una lengua sin estado-nación, el Yiddish.

Pero, desde hace unos 20 años, nos explica, la literatura universal ha sido acusada de intento de contar una gran narración, con lo que no puede ser considerada sino una forma de dominación imperial desde los centros.

El ensayo, sí, sufre un pequeño traspié inicial al no observar que fueron las traducciones de Lutero al alemán, William Tyndale al inglés, Casiodoro de Reina al español y un largo etcétera de traductores, los ejemplos iniciales de una literatura emancipada de su residencia obligada en el desusado latín, fenómeno que no constituyó —como podría creerse— un mero ejercicio de las lenguas nacionales, sino que, más que eso, trajo consigo desde sus inicios una red internacional de traducciones vernáculas bajo una teología heterodoxa clara y con sabidos vínculos políticos por todas partes de Europa.

Ver el ensayo aquí: https://aeon.co/essays/world-literature-is-both-a-market-reality-and-a-global-ideal