Bello, el viejo búho consejero (2/5): Libertad

La libertad para Andrés Bello significó varias cosas al mismo tiempo: libertad individual, libertad colectiva y libertad creativa. Sin embargo, eso no se tradujo necesariamente en rebeldía frente a la autoridad. Allí, Bello fue más bien servicial, sumiso al poder.

He estado trabajando un extenso libro sobre la vida y obra de Andrés Bello, un ensayo interpretativo que plantea entender la figura de Andrés Bello a partir de cuatro ejes: 1) la libertad; 2) el imperio; 3) el estilo y 4) sus discípulos.

En esta entrada quiero abordar el primero de estos ejes, la libertad para Andrés Bello. Ella puede resumirse en cuatro aspectos: la libertad individual; la libertad colectiva, la libertad creativa; y la relación entre libertad y autoridad.

Por supuesto, a la luz que el concepto de libertad posee en distintas filosofías, estos cuatro aspectos podrían resumirse de modo más feliz. Sin embargo, tratándose de Bello son una buena manera de aproximarse.

1) La libertad individual:

La libertad individual en Bello no es algo demasiado desconocido pues ella puede ser observada, si bien salpicada de excepciones, como principio inspirador y rector de su Código Civil. Se la conoce menos, eso sí, en lo que concierne a sus intentos por atenuar la censura previa —para lo cual él mismo se hizo nombrar censor— o al episodio de los mayorazgos en Chile. Sin ahondar, digamos que para preservar la gloria de un linaje los mayorazgos eran —antes que la exclusión de los herederos en favor de uno solo de ellos— unidades patrimoniales indivisibles, que no podían enajenarse y que pasaban de generación en generación sin sufrir la historia del comercio humano, con lo que la circulación universal de los bienes no era por entonces un hecho; era más bien una meta a ser alcanzada. Mientras el partido aristocrático hacía sus piruetas de rigor para evitar una abolición definitiva de los mayorazgos que venian de la colonia, y, en el extremo opuesto, los jóvenes progresistas proponían soluciones jurídicamente perfectas e impracticables para arrasar con esa institución abominable, Bello, sentado en el Senado, condujo la contienda política a una discusión centrada en el texto de dos artículos: el 126 de la Constitución de 1828 y el 162 de la 1833. Mediante este método uno de los principales motivos de las querellas de la primera mitad del siglo XIX supo ser superado, pacíficamente y en favor de la libertad.

2) La libertad colectiva:

La libertad colectiva en Bello es mucho más interesante. Ella es la de los criollos en tanto grupo, grupo que ya no era español pero tampoco indígena y que lidera y consolida la emancipación americana con arreglo al principio de autodeterminación. Cuando las repúblicas eran una excepción rarísima sobre la faz de la Tierra (Suiza y Estados Unidos), los criollos vieron que esa libertad de conjunto, a fin de que pudiera subsistir, debía organizarse como república. Antes que participar en batallas, Bello se dio a pensar, desde su confinamiento miserable en Londres, posibles maneras por las que esa libertad colectiva pudiera consolidarse. Se adentró en el estudio del derecho internacional, que él veía como una manifestación del derecho natural (no el curial sino que el romano) y junto con eso, en el del origen y cuajo de las lenguas neolatinas. De ahí surgirán su Principio de derecho de gentes y su Gramática dedicada al uso de los americanos. Ambos son tratados formidables sobre el uso juicioso de la libertad colectiva en un contexto nuevo; el primero porque buscaba sanear los títulos de las nuevas repúblicas en el concierto internacional amenazado por la retrógrada Santa Alianza (haciéndolas dignas de fiar en el comercio mundial); el segundo porque consagraba el uso colectivo —y no la tuición del latín o el corpiño de la lógica— en lo que concernía a la lengua castellana en América, idea enteramente revolucionaria.

3) La libertad creativa:

En lo que respecta a la libertad creativa puede hallarse aquí uno de los aspectos más llamativos de Bello, uno de esos que lo define por completo. En Chile, Bello realizó una serie de traducciones de poesía y teatro del romanticismo francés, en boga por entonces. En la traducción de varios poemas largos de Victor Hugo, Bello se dio licencias llamadas “imitaciones”, con lo que se autoconfirió la radical libertad de situar los textos de Hugo en los paisajes chilenos: así se apropiaba de Hugo para América, por ejemplo, con la versión de La oración por todos, la que sería aprendida de memoria en los liceos chilenos y en muchos lugares de América (sin ir más lejos, Violeta Parra mejoró un verso de este poema de Hugo “imitado” por Bello cuando cantó: “Volver a sentir profundo como un niño…”). Tradujo, además, Teresa, un drama de Alexandre Dumas al cual modificó el final para que no escandalizara a la pazguata sociedad chilena. Su amor por el teatro define una peculiaridad de Bello: la de su espíritu dramatúrgico, conciencia que ya puede ser observada en sus anotaciones sobre la conducción del conflicto social en las comedias de Terencio. Bello tendía a diseñar escenas de diálogo, en varios de sus poemas y en sus actuaciones políticas, lo cual puede haber correspondido a un rasgo de excesiva timidez porque el dramaturgo es el poeta que no se deja ver.

4) Relación entre libertad y autoridad:

De ahí, por otra parte, que ante las personalidades afanosas de la autoridad, Bello haya sido poco dado al disenso. En la Caracas imperial, se estrenó él como dramaturgo con un desmesurado panegírico al rey Carlos IV de España; a regañadientes, se mantuvo fiel a Bolívar durante casi dos décadas cuando aquel lo había abandonado en la “isla hereje” que era como se llamaba a Inglaterra. En esa situación extrema intentó sin éxito reconciliarse con la administración de Fernando VII, lo que le granjeó la animosidad de muchos americanos que se enteraron y creyeron ver en ello una prueba de viejas acusaciones de delación en Caracas que pesaban contra él. Por eso, si bien Bello propició la libertad en sus grandes obras y textos periodísticos, en lo que respecta a su propia libertad creativa y a sus relaciones con la autoridad fue más bien un mayordomo de su sentido común, aunque nunca de sus pasiones.

En la década de los 60 del siglo XX —si bien un poco al pasar— el gramático polaco Angel Rosenblat postuló que Bello era el Goethe americano. La comparación es imposible más adecuada. Efectivamente, Bello tuvo mucho en común con su admirado Goethe, pero, sin duda, fue la aquiescencia de Bello con el poder político uno de los rasgos que más llaman la atención en lo que esa analogía tiene de precisa. Por lo mismo, tanto Bello como Goethe tuvieron que vérselas con detractores que decían ser liberales monógamos, quienes fluctuaban entre la admiración y la decepción.