Teléfonos, estudiantes y paternalismo.

¿Deberíamos restringir el uso de teléfonos celulares en el aula universitaria? La evidencia indica que sí y que es posible que se trate de un problema de autocontrol en cuyo caso una intervención bien diseñada puede ayudar a los estudiantes a comportarse de una forma que saben es mejor para ellos.

Conversando con profesores de la universidad en que hago clases surgió el tema del uso de teléfonos celulares en clases. Básicamente, para aquellos lectores que no han ido a una clase universitaria recientemente, el escenario es el siguiente: independiente de lo que uno esté explicando, discutiendo o contestando, siempre hay algunos alumnos completamente absortos en sus teléfonos. Otros, esperan a que se llenen las pizarras y, antes que el profesor borre, toman una foto con su aparato y esperan a que se complete el siguiente juego de pizarras. Supongo que algunos incluso llamarán a eso “tomar apuntes”.

En la discusión, me enteré que algunos colegas han optado por prohibir los teléfonos en sus clases. No solo en las manos de los alumnos, sino visibles. Exigen que estén guardados en su mochila y en silencio. Otro incluso les exige que dejen sus teléfonos sobre la mesa del profesor al entrar a la sala.

Por mi parte, siempre he creído que uno tiene que tener muy buenas razones para prohibirle a alguien actuar libremente por lo que, más allá de recomendar que usen una hoja y algunos lápices de colores para tomar apuntes y replicar gráficos, no restrinjo en forma alguna el uso de celulares, tablets o computadores.

Dos hechos ocurridos la semana pasada me están forzando a revisar mi política.

Primero, Nicholas Carr publicó una columna en el Wall Street Journal donde resume una serie de estudios que encuentran consistentemente que la capacidad de los estudiantes para retener información y aprender en una clase es inversamente proporcional a la cercanía a la que tienen sus teléfonos celulares. Si, a la cercanía a la que tienen el teléfono. Incluso tener el aparato con la pantalla hacia abajo sobre la mesa es suficiente para desconcentrar a los alumnos, aparentemente por la ansiedad de prestarle atención.

Otro estudio, conducido como un experimento aleatorizado, encuentra que los estudiantes que llevan sus teléfonos a clases obtienen notas un 10% menores que los alumnos que no lo hacen. Por supuesto, ese 10% hace la diferencia entre aprobar y reprobar para no pocos alumnos. La evidencia luce bastante sólida.

En un mundo de agentes racionales, uno esperaría que sólo compartir esta información con los estudiantes fuera  suficiente para que algunos optaran por hacer lo inteligente, guardar los teléfonos en la mochila y prestar atención en clases. Lo intenté y, no muy sorpresivamente, no funcionó. La clase de esta semana más de la mitad de ellos tenían sus teléfono en la mano o en la mesa y en una ocasión conté al menos 12 estudiantes (de casi 40) mirando sus pantallas mientras establecía una de mis analogías favoritas entre la religión, la mafia y la posibilidad de sostener acuerdos colusivos (no se preocupen, no se las presentaré… por ahora).

Esto fue en la última clase antes de una prueba por lo que uno habría esperado más atención de parte de ellos (al menos, fueron más a clases de los que van habitualmente, aunque hayan ido a mirar el teléfono). Es probable que los estudiantes sepan que estarían mejor si dejaran el teléfono en la mochila, pero no pueden evitar mantenerlo a la vista.

Segundo, hace pocos días, anunciaron que el Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel de este año fue concedido a Richard Thaler quien ha dedicado la parte fundamental de su investigación a explicar cómo las personas tenemos muchos problemas para comprometernos con una línea de comportamiento que sabemos que nos beneficiaría si esto involucra un costo inmediato contra un beneficio futuro.

Thaler explica por qué es que todos los meses prometemos que el próximo sí que comenzaremos a ahorrar más para nuestra jubilación, todos los martes decimos que el próximo lunes comienza nuestra dieta y todos los días prometemos que mañana sí que elegiremos la manzana en lugar del flan o el brownie de postre… Y, posiblemente, todas las clases (o, al menos, después de cada prueba) mis alumnos prometan que, a partir de la próxima clase si que guardarán el teléfono y pondrán atención y participarán de la discusión (algunos hasta pueden prometer que estudiarán el material de cada clase antes de la siguiente, las promesas son baratas y en la desesperación del fracaso, se emiten fácilmente).

En presencia de estos problemas de autocompromiso, es posible ayudar a quienes los padecen por la vía de intervenciones que Thaler y su coautor Cass Sunstein llaman “nudges” y que libremente traduzco como pequeños empujones. Un ejemplo exitoso de un “nudge” es el plan Ahorre más mañana (Save more tomorrow). Ya que ahorrar hoy para la vejez nos cuesta tanto, dice Thaler, ¿qué tal si hoy comprometemos a nuestro yo futuro a ahorrar más? ¿Cómo lograr esto? La idea del plan es comprometerse hoy a que un porcentaje de los aumentos de sueldo futuros sea ahorrado automáticamente. De esa forma, cuando nos suban el sueldo aún percibimos un aumento de nuestros ingresos pero la cantidad que ahorramos aumenta de todas maneras. Es una idea simple y brillante que ha demostrado funcionar.

Por supuesto, los “nudges” conllevan un grado de paternalismo. Consisten en proponer restricciones que están diseñadas para “mejorar” las condiciones de una persona en una forma que no podrá hacerlo por sí misma. Esto, inevitablemente, implica la imposición de un juicio externo sobre lo que es mejor para la persona. Incluso si se basan en declaraciones de las propias personas, el punto del paternalismo no es eludible, por último porque las encuestas se hacen sobre base de conductas meritorias ¿quién le diría a una encuestadora que no  le gustaría ahorrar más, hacer más ejercicio o comer más saludablemente?

Thaler y Sunstein no niegan esto, de hecho, llaman a sus ideas “Paternalismo Libertario” (Libertarian Paternalism). Yo, que no soy libertario pero sí me considero liberal, tengo serios problemas con los juicios externos o colectivos sobre lo que constituye lo mejor para una persona, y tengo más problemas con actuar sobre esos juicios. Por ello, siempre he evitado caer en el paternalismo con mis alumnos y, por lo mismo, les recalco que son libres de no ir a clases si no lo desean (nunca tomo asistencia) y que pueden tomar decisiones como usar el teléfono en clases por sí mismos. Con todo, estoy considerando revisar mi posición al respecto. Todavía tengo que diseñar el “nudge” apropiado, eso sí.

Si algún lector tiene alguna idea, le agradecería mucho que me la compartiera.