Bello, el viejo búho consejero (3/5): imperio

He estado trabajando un extenso libro sobre la vida y obra de Andrés Bello, un ensayo interpretativo que plantea entender la figura de Andrés Bello a partir de cuatro ejes: 1) la libertad; 2) el imperio; 3) el estilo y 4) sus discípulos

En esta entrada quiero abordar el segundo de estos ejes, el imperio para Andrés Bello.

Con la palabra “imperio” empleo una metáfora en la que confluyen varias preocupaciones de Bello: 1) la deriva del Imperio Español propiamente tal; 2) el espíritu vivo de ese imperio que era la lengua castellana; 3) el imperio de la ley; y finalmente 4) el imperio en tanto civilización.

Debe aclararse que ninguno de estos sentidos de la palabra “imperio” dice relación con aquella horrible palabra “imperialismo”, la cual alude a la dominación que las potencias casi siempre europeas mantuvieron sobre una vasta porción de la superficie terrestre que para 1914 alcanzaba el 84,4% de la misma, o bien, tras el proceso de descolonización, al “imperialismo” de los dos grandes bloques de la Guerra Fría (Estados Unidos y la Unión Soviética). Si bien los patriotas americanos nada llegarían a querer saber del “imperio Español”, en tiempos de Bello la palabra imperio no estaba todavía del todo desacreditada por su “ismo”. La emancipación del continente americano desde las colonias inglesas en el siglo XVIII hasta la Cuba española ad portas del siglo XX, tiene lugar a contracorriente del ciclo de imperialismo europeos del siglo XIX.

  1. El Imperio Español: Bello fue un hijo del Imperio Español. Nació y se educó bajo el momento ilustrado de aquel imperio, cuando reinaban Carlos III y Carlos IV; leyó desde pequeño los auto sacramentales de Calderón de la Barca, que eran lo que Virgilio había sido al cosmos romano. Aunque por origen social no pertenecía a la clase alta de Caracas —de la que sí formaban parte figuras como Francisco de Miranda y Simón Bolívar— entró pronto en fluido contacto con ella; participó de sus tertulias, fue profesor y condiscípulo, entre otros, de Bolívar, con lo que llegó a formar parte de esa conjunción de los criollos más refinados de la América española, pero como él se sentía súbdito del imperio e incluso ocupó un cargo de funcionario real en la junta para la vacunación contra la viruela, tuvo que afrontar las contradicciones que para alguien en su situación el proceso de emancipación traía consigo. En escritos historiográficos tanto en Caracas (vgr. Su historia político-económica de Venezuela), Londres como ya viejo en Chile, a veces de manera poco disimulada, se referirá nostálgico a las glorias de la conquista española, a los progresos que trajeron algunas reformas borbónicas y a la estatura monumental del Imperio Español en las Indias (con todo, en algunos de sus poemas, como Alocución a la poesía, se refiere en altos términos a las resistencias indígenas de Caupolicán (jefe mapuche), Guacaipuro (líder teque) y Guatimozín (Cuauhtémoc o Guatemuz para los españoles en México).
  2. La lengua como imperio: Conociendo las peculiaridades del acontecer, Bello observó que aquel vínculo sentimental era inoportuno para su tiempo y espacio. Ideó, entonces, una manera de mantener vivo la unidad imperial descontando la cabeza del monarca y la supervigilancia española (que en cierto sentido también buscó Bolívar en base a su dominio carismático). En sus estudios en la Biblioteca del Museo Británico, revisando la poesía medieval, había recorrido letra por letra el proceso gradual de fragmentación del latín junto con la caída del Imperio, y la catástrofe político-administrativa que este proceso había significado para los bienes más preciados de la ilustración latina. Conjeturó que posiblemente un proceso similar de desintegración acontecería en los ex dominios del Imperio español en América. Entonces, creyendo que aquél no era irreversible, estimó oportuno la redacción numerada de una gramática de la lengua española por entonces vigente (y convergente) en América. Este libro debía ser un verdadero manual de habla y escritura, compuesto sin alejarse del uso y al mismo tiempo sin admitir como válido cualquier uso. De esta tensión entre hechos y reglas surge la gramática de Bello que devalúa dos fórmulas muy pesadas de normativismo: el del latín (más vieja) y la del racionalismo (desarrollada en Port-Royal durante la crisis del siglo XVII). Reimpresa con correcciones o fe de erratas unas ochenta veces. ella pondría un freno nada liviano a los afanes de conversión lingüística de algunos americanos célebres, que veían en el castellano un lastre de la dominación española (propuesta que en el Río de la Plata algo sí caló). Premuniendo de este fantasma del imperio que era la lengua, Bello quiso mantener activo aquello que del imperio le parecía tan valioso, en buena parte porque canalizaba una influencia cultural que él no deseaba que América abandonase del todo
  3. Imperio de la ley: Junto con el estudio del deterioro de la lengua latina y la emergencia de las lenguas familiares del castellano, Bello investigó el Derecho Romano y sus derivas: aquellas que se conocen como derecho de gentes (hoy internacional) y el derecho civil. De los primeros surgirá su enorme tratado Principios de derecho de gentes, en el cual resumió y sistematizó dispersos conocimientos disponibles a esa época. En este libro (como en la Gramática…) el concepto de “uso” dirime mientras que, fundada en aquél, la actividad comercial internacional seria es un fin importantísimo para despertar la confianza de las potencias que habían considerado a las nuevas repúblicas como ilegales (debe recordarse que tras el de Viena, la actividad de los congresos restauracionistas en Europa era muy intensa y que solamente los intereses comerciales de Gran Bretaña la limitó). A los segundos estudios, en tanto, se deberá la obra con la que Bello coronó su habilitación chilena, y en la que el concepto de “uso” cede ante la voluntad del legislador: el Código Civil, sobre cuyos proyectos trabajó décadas, acaso simulando (como escribe su bisnieto Edwards Bello) comisiones redactoras que se reducían, en el fondo, a él mismo, y que, al verlo finalmente aprobado por el Senado, amén de un insistente periodismo proselitista del propio Bello, apenas recibió una corrección de esa cámara. Con este cuerpo legal en el que se compatibilizaban siglos de acervo jurídico, la nueva tecnología napoleónica del código, el estilo desprovisto del clasicismo francés, el criterio de adaptabilidad romántica, y un desmesurado etcétera de influencias de juristas europeos y codificaciones contemporáneas, Bello “emancipó” el derecho privado chileno en tanto dejó establecido un modelo para el resto de las repúblicas, varias de las cuales lo siguieron al pie de la letra, con lo que se cumplía otra función propiamente imperial: la de la homologación de la ley civil en el espacio hispanoamericano. Por eso, no es cierto que ese Código haya sido un regalo exclusivo para Chile: más bien fue un regalo para América a través de Chile. Los Principios de derecho de gentes y la Gramática…, en cambio, se los entregó directamente a los americanos, sin intermediación.
  4. Imperio y civilización: El vínculo entre imperio y civilización es uno de los aspectos más sofisticados del proyecto de Bello. Para entenderlo debe recordarse que ese imperio derrotado por los criollos era tenido por una prolongación natural de la expansión de la civilización que había despertado en Roma, y era natural porque crecía hacia el oeste de la cartografía europea. En sus escritos historiográficos Bello describe a ratos con certeza de destino manifiesto este despliegue, pero que no era más que una vieja idea presente en Dante y en el poeta más admirado por éste como por Bello: Virgilio. Después de la derrota de Troya por los griegos, Eneas había viajado hacia occidente, de ese desplazamiento había surgido Roma, la cual había llegado a ser el prototipo imperial, se había hundido en la barbarie, reflotado como imperio esta vez sacro y germánico, y, con Carlos V, hermanado al nuevo mundo, al cual Hernán Cortés se atreverá a llamar “imperio” (cuando esa designación estaba exclusivamente reservada para el Sacro). El problema era que, ya con Felipe II, España había entrado en un largo camino de descomposición (las cartas de Carlos Bello Boyland a su padre desde España están repletas de esta aversión propia de la llamada “leyenda negra”), y al lado de ella se habían levantado dos nuevas potencias: Gran Bretaña y Francia. El desarrollo económico y cultural que alcanzarán estas dos durante el siglo XIX hará a Bello reconocer, a su pesar, que la civilización —palabra de la cual se apropiaron los intelectuales franceses— ya poco que ver tenía con ese viejo imperio (su equivalencia estaba rota). Por eso, una de las tareas más encarecidas para Bello será que la América española poseyera ella —y no fuera poseída por— la civilización, o sea, que con los materiales disponibles ese fruto pudiera darse, y bien. En suma, este es el Bello geopolítico más utópico, aquel que añora un viejo esplendor, sabe su ruina y propende entonces a resucitarlo por las nuevas vías al uso, limpio de añoranzas por métodos añejos.