Ajmátova: la historia

El caso de la poeta rusa Anna Ajmátova, en el marco de la poesía del siglo XX, es especialmente llamativo. Ella fue capaz de soportar un hostigamiento intensísimo que se recrudeció durante la década de los 30, pero, a diferencia de otros poetas amigos suyos como Osip Mandelstam y Marina Tsvietáieva, respectivamente, ni fue hecha desaparecer en el gulag ni resultó de ese hostigamiento su suicidio.

El pasado miércoles 18 de octubre, el Centro de Estudios Avanzados de la PUCV, a instancias de Columbia Global Center I Santiago y el Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile, invitó a una conferencia de la destacada escritora y académica chileno-estadounidense Marjorie Agosin, acerca de la figura ética de Anna Ajmátova, en el contexto de los cien años de la Revolución Rusa. La exposición fue seguida de la proyección del documental Fear and the Muse: The Story of Anna Akhmatova (Jill Janows, 1991).

En la ocasión, Agosin dio a conocer su visión como admiradora de la vida y como lectora de la obra de Ajmátova en las traducciones al inglés de Joseph Brodsky, que recomendó; leyó además algunos fragmentos de Réquiem (el más famoso poemario de Ajmátova), y conversó con el público acerca del papel que cupo a la poeta rusa en los años más oscuros del estalinismo. Entre los asistentes que hablaron, hubo consenso en la importancia ética de un espíritu libre en condiciones tan adversas.

El caso Ajmátova, en el marco de la poesía del siglo XX, es especialmente llamativo. Ella fue capaz de soportar un hostigamiento intensísimo que se recrudeció durante la década de los 30, pero, a diferencia de otros poetas amigos suyos como Osip Mandelstam y Marina Tsvietáieva, respectivamente, ni fue hecha desaparecer en el gulag ni resultó de ese hostigamiento su suicidio. Como recordó Agosin, sin embargo, su marido Nikolai Gumiliev fue ejecutado bajo la acusación de haber sido partícipe de una conjura contra Lenin y el hijo de ambos, Lev, mantenido en prisión con el solo propósito de desmoralizarla. Por eso, puede decirse que el poder soviético aun cuando no la tocó en su propia vida, sí arrasó todo su entorno. Y mientras no le permitían publicar, ella redactaba poemas en papelitos, los daba a aprender de memoria a sus leales, los quemaba, y su poesía se transmitía de boca en boca, que, paradoja, era como decía el Sócrates de Platón que debía ser la “escritura”: de memoria.

Inicialmente los soviéticos respetuosos de Ajmátova querían hacerla parte de su proyecto político-cultural, integrarla a él, para lo cual precisaban que ella se allanase a modificar su estilo, compatibilizándolo con el que propondría el régimen. Más tarde, abandonaron toda esperanza, pero se dedicaron a su aniquilación espiritual.

Ajmátova resistió, mas no se sabe hasta qué punto se deterioró. Es difícil saberlo pues Ajmátova iba enmudeciendo con el paso de los años. Lo que Jorge Edwards vio de ella en 1966, mientras Evgeny Evtuchenko, que iba en esa delegación de poetas soviéticos, bailaba en Paris, fue algo así como un ícono ruso silencioso (Cfr. Jorge Edwards, Adiós, poeta).

Una posible explicación de la propia Ajmátova respecto de su relación con la “historia”, con ese movimiento de la totalidad que llamamos así, está, me parece, cristalizado en su poema La mujer de Lot. Este poema se inspira en un minúsculo pero célebre pasaje del libro de Génesis (19:26). En él, la mujer de Lot explica por qué miró atrás, desoyendo las instrucciones del ángel que había concurrido a salvarlos a su marido Lot, ella y las hijas de ambos, advirtiéndoles que la ciudad iba a ser arrasada por el incendiario castigo de Dios. La mujer, sin embargo, se voltea, observa la ciudad en llamas, y al instante su cuerpo se vuelve de sal:

 

 

La mujer de Lot

 

Y siguió el hombre justo al enviado de Dios,

grande y resplandeciente, por la montaña negra.

En tanto, una voz penetrante urgía a la mujer:

no es demasiado tarde, aún puedes mirar.

Mira las torres rojas de tu Sodoma natal, la plaza

en que cantaste, el patio donde hilabas, de la casa

en lo alto, las ventanas vacías, la casa en que tus hijos

nacieron, fruto de unión feliz.

 

Una mirada sólo. Y helados en un dolor de muerte

ya no pudieron mirar más sus ojos.

Sal transparente se tornó el cuerpo todo

y las piernas ligeras en la tierra arraigaron.

 

¿Y a esta mujer nadie la llorará?

¿Es figura anodina para ocuparse de ella?

Pero mi corazón no olvida

a la que dio la vida por una mirada.

(De Anno Domini MCMXXI (1922), traducción de Monika Zgustova y Olvido García Valdés)

 

Al parecer, el poema es una metáfora de la vida de Ajmátova. La decisión revolucionaria es una expresión estridente del curso que se da a la historia. A partir de la modernidad, con ires y venires, los seres humanos se han creído artífices de esa historia y en cuanto esa historia transcurre, comienzan a sentir que ella tiene una dirección, la cual se va poco a poco manifestando, y, por lo tanto, habrá que dejarse arrastrar para no ser aplastado por ella (como quien va inmerso en la multitud que se mueve rápidamente).

Pero ¿qué hay de quien no quiere seguir ese movimiento, ese curso, incluso si parece a todas luces manifiestamente bueno? Eso es lo que nos dice Ajmátova: Rusia tras la Revolución dejaba atrás una ciudad en llamas mientras se internaba en la oscuridad de un porvenir salvífico.

En ese contexto, para Ajmátova la mujer que mira la ciudad en llamas es ella misma, que ha osado preferir una última mirada al pasado. Y es también ella misma quien, desdoblada, la observa y alaba su gesto final (“No, no soy yo / es otra la que sufre”, escribe en el Réquiem).

Pero las preferencias de Ajmátova no eran reaccionarias, vindicadoras del antiguo régimen zarista. En una ensoñación de su Poema sin héroe, se refiere a “el visitante del futuro”, un futuro que ella aprecia, pero que no es el de la URSS; es uno, en cambio, que pertenece a esa historia paralela del occidente. El visitante al que se refiere parece haber sido Isaiah Berlin, quien concurrió a la casa en que ella vivía de allegada, cuando el erudito pasó por Leningrado (Cfr. Michael Ignatieff, Isaiah Berlin: A Life).

La expresión de la libertad, como opción minoritaria, a la vez que convicción oculta de una mayoría silenciosa, es una vieja idea que aparece en Dante. Él quedó atrapado en una posición política solitaria (entre güelfos y gibelinos) pero al mismo tiempo creía expresar la fuerza de la lengua popular. Así, Ajmátova —que admiraba a Dante y a Pushkin por sobre todo— dice en su Réquiem que a trasvés de su garganta “un pueblo de cien millones grita”, mientras que en un artículo escribirá sobre Dante que tal como ella él “estuvo allí donde no debe estar una persona” (se refiere al Infierno de la Divina Comedia) y recordará la “llama inextinguible, que ennoblece nuestro mundo y que no debe apagarse nunca” (véase final de Purgatorio), una llama que Ajmátova cuidó de la “borrasca siberiana” (Réquiem) y que de cierto modo expresa lo indomable y perdurable del fuego más minúsculo contra los grandes incendios que, supuestamente, empujan la historia.

 

 

Del poema: Galaxia Gutemberg/ Círculo de Lectores, 2005, 117.