Presidenciales 2017, un juego de estrategia

Si uno mira la campaña presidencial como un juego de estrategia, Kast le ha hecho un gran favor a Piñera. Goic, en cambio, ha asfixiado el poco espacio con que contaba Guillier. Aquí una breve reflexión sobre la campaña presidencial.

Las campañas son un campo de batalla estratégico, no muy distinto de un juego de salón tipo War o Catán, donde cada actor –si no quiere perder– debe saber acomodarse a lo que están haciendo los otros actores.

José Antonio Kast, en ese sentido y contra lo que se suele comentar, le ha hecho un gran favor a Sebastián Piñera. Al tener a alguien a su derecha, Piñera no necesita demostrar que es de centroderecha. Kast y sus alusiones a Dios, la patria, Pinochet y la tenencia personal de armas han hecho el trabajo necesario para mostrar que Piñera es un hombre cercano al centro, sensato, moderado, republicano incluso. Ya no tiene que degastarse defendiéndose de no ser el candidato de los empresarios, de los católicos o de la derecha más conservadora. Kast, al asociarse con pastores evangélicos, al recibir más aplausos que Piñera en la última Enade, al tener la bendición del columnista Gonzalo Rojas, termina acarreando todas esas etiquetas. Kast, por último, ha hecho el trabajo sucio de atacar directamente a Alejandro Guillier, liberando a Piñera de tan ingrata labor, especialmente cuando el ex Presidente sabe que tendrá que recurrir posiblemente a acuerdo parlamentarios fuera de su coalición para aprobar las leyes que exigen su programa. Si todo eso le cuesta a Piñera el 3 o 4 por ciento de la votación de primera vuelta, que es lo que se supone que obtendrá Kast (ver última Encuesta CEP ) es un precio bastante bajo frente a los beneficios obtenidos. Incluso en esto, Piñera ha tenido la suerte de su lado.

Guillier ciertamente no puede decir lo mismo. Por la izquierda tiene nada menos que cuatro actores: Beatriz Sánchez, Alejandro Navarro, Marco Enríquez-Ominami y Eduardo Artés. Desde un punto de vista estratégico, Guillier podría haber aprovechado su lugar para meter a todos en un mismo cajón, el cajón de la política maximalista, por decir algo a la rápida, o de la política populista, por decir otra cosa. Eso lo hubiera dejado posicionado como un digno heredo del espíritu socialdemócrata, el mismo espíritu que alimentó los veinte años de la Concertación y, se supone, alimentó también, en otra versión, a la Nueva Mayoría.

No era un mal lugar para tenerlo como base de su campaña.

Pero nunca quiso instalarse allí. Primero, derribó por secretaría al representante más puro de la socialdemocracia en Chile, Ricardo Lagos. Mucho más sano hubiera sido derrotarlo en primarias. Segundo, porque ha sido majadero en declarar que su candidatura es “ciudadana”, lo que es una forma torcida de tratar de decir que él no es un político, algo que es especialmente difícil de entender cuando quien lo declara es senador de la República. En fin. Cuando Guillier por fin intuyó de que debía mostrarse como un hombre republicano, moderado, creyente de un Estado de bienestar, allí estaba Carolina Goic. Goic entusiasma poco, lo sabemos, pero la vieja guardia concertacionista ha salido a respaldarla y es ella la que se ha esforzado por mostrarse como una auténtica heredera de su moral. ¿Qué le quedó disponible a Guillier? Un pedazo muy chico del closet de la centroizquierda, donde a la derecha tiene los zapatos de Goic y a la izquierda los trajes, zapatos y chalecos de los otros cuatro candidatos. Como una pieza que comparten muchos hermanos, no es raro que ahora estén peléandose a codazos el poco espacio que les tocó.

¿No tenía la centro izquierda un closet enorme, donde cabía la ropa de todos? El gobierno de Bachelet lo redujo de manera sorprendente, pero eso es otra historia.