Bello, el viejo búho consejero (4/5): estilo

El estilo es fundamental en la obra literaria, política y divulgadora de Andrés Bello. Destaca por la propuesta de la mesura y la claridad en todo orden de cosas.

He estado trabajando un extenso libro sobre la vida y obra de Andrés Bello, un ensayo interpretativo que plantea entender la figura de Andrés Bello a partir de cuatro ejes: 1) la libertad; 2) el imperio; 3) el estilo y 4) sus discípulos.

En esta entrada quiero abordar el segundo de estos ejes, el estilo para Andrés Bello.

En toda la vida de Bello hay pocas escenas de llanto que hayan quedado registradas por la pluma de algún testigo. Parece que no lloró ante la muerte de su hijo querido Carlos Bello, pero curiosamente llora leyendo Los miserables, novela de Victor Hugo a la que tuvo acceso en los últimos años de su vida. Como se sabe, aquella novela es el gran alegado contra el derecho nacido de la Revolución francesa, derecho al cual Bello adhirió. A pesar de sentirse tan conmovido por sus personajes, Bello la consideró mal escrita.

La palabra “estilo” procede del latín “stilus” (punzón), es decir, aquella herramienta con que se inscribía, entre otras, la letra en el material más preciado. En sus orígenes “estilo” no tiene la ingravidez que adquiriría más tarde, cuando se lo asimile a la palabra “forma” en oposición a “fondo”.

El estilo en Bello tiene la fuerza de un punzón, pero también la apariencia de un trazo ingrávido. Y para efectos de esta nota, puede decirse que hubo un estilo en 1) su escritura creativa, 2) en su escritura de gobierno, como también 3) un estilo para la república. Los márgenes de su estilo pueden precisarse al 4) contrastarlo con sus adversarios.

1) En su escritura creativa:

A pesar de la intermitente producción poética que nunca abandonó del todo, Bello fue un poeta que no exhibía su yo, quizá por no exponerse al daño de su autocrítica. De ahí que haya habido en él una tendencia a la poesía dialogada, en la cual los personajes suelen expresarse de manera más libre, incluso desmesurada como en su poema El cóndor y el poeta. Se ha discutido hasta el cansancio si Bello fue un poeta neoclásico o romántico. El primero de estos movimientos emergió a mediados del siglo XVII en Francia, con Corneille y Racine, pero se desarrolló en buena parte como brazo artístico de la Ilustración del siglo XVIII, con su culto a la luz, las formas mesuradas, y el dibujo por sobre la pintura. El segundo, en cambio, que se discute si arrancó con Rousseau o con Herder, tensionó el legado de la Revolución francesa, desde la izquierda, por un lado, y desde la derecha, por el otro. El romanticismo en muchos casos fue visto como un culto a la oscuridad, una nostalgia del medioevo y las diferencias de rango; se lo tuvo por una resistencia crítica y sofisticada a la Ilustración y fue calificado de “enfermizo” por el ex romántico más conocido:  Goethe. En el ámbito del derecho, la supuesta corriente romántica jurídica, liderada por F.K. von Savigny, problematizó todo los que pudo la escritura de un código a la usanza de la codificación de Napoleón. Bello, que, se dice, comenzó como un poeta del “parnaso neoclásico”, poco a poco incorporó motivos propiamente románticos, y ya en Chile divulgó la obra cumbre de Lamartine (Los girondinos en la Revolución Francesa) y compuso poemas a imitación de Victor Hugo. A la hora de citar en el discurso de instalación de la Universidad de Chile, se cuidó de mencionar a representantes de ambos movimientos, poniendo en la cúspide a Goethe. Con todo, sus Principios de ortología y métrica son un manual de la más básica “estilística” (cómo ha sido el estilo) y “estilografía” (cómo debiese ser) muy en la orientación de las reglas de composición neoclásica, por mucho que él mismo las haya considerado “rieles” en sentido peyorativo.

2) Estilo para el gobierno de los otros:

El estilo de Bello es, principalmente, el de la divulgación, el de la “aclaración”. Si muchos intelectuales del siglo en que nació no publicaban sus trabajos, conformándose con informarlos a la autoridad (pues publicar tenía algo de desacato), Bello, en cambio, dejó muy pocos inéditos. Esta opción por la divulgación la encontramos muy desarrollada en sus centenares de reseñas y artículos periodísticos como en la adopción de un registro nacional de bienes raíces.

En la función pública de la escritura de Bello predominó un estilo de prosa que puede ser caracterizada como “medida” y “desprovista”. “Medida” puw Bello cuidó la musicalidad de toda su prosa, hasta la más pedestre (véase, por ejemplo, el artículo 1534 del Código Civil que es un endecasílabo) y “desprovista” porque arrasó con todo el decorado que acumulaba la prosa barroca, especialmente la de la prosa jurídica del monarca español; esta solución permitió la redacción de una ley precisa y nítida. A su vez, resulta notable que Bello se haya apartado en lo posible de disquisiciones filosóficas que él llamaba con un asco poco disimulado “escolástica” y, en cambio, haya sabido mantenerse en el ámbito circunscrito de una filosofía de la mente (en su Filosofía del entendimiento) y en los dominios autónomos de la lingüística normativa (en su Gramática…). De un cedazo semejante se sirvió en su actividad de censor liberal, estableciendo una especie de aduana espiritual frente a las influencias de la civilización que él tanto admiraba. Primer ejemplo: mientras muchas repúblicas simplemente copiaron el código civil de los franceses, Bello se demoró y logró un cuerpo que se adaptase mejor a los accidentes del suelo americano; segundo: su Cosmografía, en la que explica la astronomía entonces vigente desde la perspectiva del hemisferio sur, con ilustraciones obtenidas de las dimensiones geográficas y texturas de frutas familiares a los chilenos, es una muestra clara de aquello que puede ser descrito como un enfoque propiamente americano.

Por otra parte, si bien Bello había admirado y estudiado en profundidad el poema del Mío Cid —trabajo al cual dedicó décadas y que publicó al final de su vida—, conocía que ese mismo modelo de virtud en la Francia del siglo XVII había servido a la nobleza levantisca, esa contraria al poder del monarca (El cid, de Corneille había sido el paradigma). Contra ese modelo que fue llamado “bravucón” por sus enemigos, Montesquieu había opuesto el “buen padre de familia” (en El espíritu de las leyes), estándar de comportamiento que Bello trasladó al Código Civil.

3) El estilo para la república:

No solamente dice relación con el tono distintivo de los mensajes presidenciales (cuentas públicas) que redactó para los presidentes Prieto, Bulnes y Montt, en los que Bello daba cuenta de todo cuando había ocurrido en la nación y fuera de ella, o en las memorias del ministerio de relaciones exteriores, textos en los que dejó establecida una peculiar dicción para un gobierno con autoridad; dice que ver, además, con ciertos estándares que propuso para el comportamiento de los mismos individuos (ver punto 2), por lo que la forma de la república no solamente dependía de la forma de gobierno y comportamiento de sus gobernantes, sino que el de los ciudadanos principalmente.

Pero, sin duda, si en el estilo propuesto por Bello hay una idea que lo define mejor y en parte deja establecido un ideal que da sentido más que a la vida social y política, a la espiritual, es aquella que él pronuncia en el discurso de instalación de la Universidad de Chile, cuando explica con desinhibición que han sido las “letras” su consuelo de vida y que ellas han sido “como la flor que hermosea las ruinas”. En efecto, Bello, que había visto caer un imperio que él admiraba pero veía decadente, sirviéndole aún así de funcionario, Bello, que verá morir a más de la mitad de sus hijos, entiende su vida y la del tiempo que lo engendró como un resto, una “ruina”. Y sin dejarse amilanar pronuncia un paliativo según el cual es el refinamiento del lenguaje expresado literariamente aquello que la ruina no puede ahogar, algo tan débil como una flor es lo que el monumento caído no puede derrocar. Una metáfora de esto mismo puede leerse en las cartas entre Mariano Egaña y Bello, en las cuales el primero le solicita una y otra vez que consiga un jardinero para el huerto de Peñalolén, y en la carta de Bello a Javiera Carrera —ambos habían nacido en 1781— en que se refiere al cuidado de las dalias. Estas cartas dan idea de personas ancianas que ven en las flores una rara forma de plenitud, con lo que pareciera que para Bello no hubiese manera de erradicar las ruinas, parece oponerse a soluciones refundacionales. Así, un caso interesante de observar es la distinta metáfora que emplea del fuego. En el ya citado poema dialogado entre dos personajes, el cóndor y el poeta, el poeta afirma que pretende “incendiar” Chile. El cóndor se sobresalta y el poeta aclara que quiere “incendiarlo en patriotismo”, y pasa a describir una gran fundición nacional en la cual se rehace el país. Pero en su poema sobre el incendio de la iglesia de la Compañía de Jesús, Bello se refiere al fuego como a un ente blasfemo que ni siquiera respeta a la madre de Dios porque el fuego de ese siniestro había carbonizado la imagen de la Virgen.

4) Contrastes del estilo:

Pueden observarse cuando nos detenemos sobre la vida y obra de otros personajes contemporáneos, que ejercieron funciones semejantes a las de Bello, y que llamaron la atención por propender a un estilo distinto. Es el caso de sus enemigos: el canónigo Juan Francisco Meneses (1785-1860), que intentó disputarle el rectorado, y que en sus actividades legislativas destacó como un intrigante, un zorro “obstinado” del sector aristocrático; el español José Joaquín de Mora (1783-1864), escritor también, redactor de la Constitución de 1828 y una de las mentes más geniales pero incoherentes de su época, sacado de Chile prácticamente a patadas; o Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), que exiliado en Chile por el gobierno del argentino Rosas, se hizo escuchar por los jóvenes que lo secundaban y así azuzó tres grandes polémicas contra el estilo de Bello, entre las cuales destacó su idea peregrina de independizarse también de la lengua castellana, según él, dictada por España.