Apuntes del subsuelo

Los Cuadernos de Londres son los borradores que Andrés Bello vino a pasar en limpio con su actividad en Chile. Editorial Universitaria los ha publicado este mes de noviembre. Esta nota adelanta qué son y cómo llegaron a estar disponibles para los lectores.

Una obra monumental es la que acaba de publicar Editorial Universitaria. Se trata de Cuadernos de Londres, un libro de 900 páginas que recoge los trece cuadernos de notas que acumuló Andrés Bello entre 1814 y 1823, cuando se esforzaba por hacer una vida en Londres, sufría estrecheces económicas, moría su primera mujer como también algunos de sus hijos, y, pese a todo, se hacía un remanso para estudiar en la Biblioteca del British Museum.

El libro, fruto del trabajo de Iván Jaksic y Tania Avilés, quienes dirigieron a Miguel Carmona, Claudio Gutiérrez y Matías Tapia, cuenta con un prólogo de los dos primeros investigadores a cargo y un breve, pero contundente epílogo del pensador alemán Hans-Ulrich Gumbrecht.

Como tuve acceso a varios de los cuadernos durante el proceso (bajo la condición de no citarlos) adelanto en esta nota algunos de sus aspectos más sabrosos.

¿Qué material contenían estos Cuadernos? ¿Por qué se vienen a publicar tras varias décadas de haberse fijado el corpus de Andrés Bello, en 26 tomos?

Digamos que éste debe ser considerado el tomo 27, y quizás final, de las obras completa de Bello (si nos atenemos a la de Caracas: La Casa de Bello, 1981-1984) y no exageramos al decir que se encuentra entre los más voluminosos.

En tiempos en que no existían las fotocopiadoras, notas de voz o los escáners, Bello debió transcribir miles de fragmentos que relucían en sus lecturas. Estas miles de anotaciones, algunas de las cuales eran extensas mientras otras rápidas referencias abreviadas, llenaron trece cuadernos que Bello trajo consigo en su último viaje, el viaje a Chile. Bello retomó algunos cuadernos cuando concluía su viejo trabajo sobre el Mio Cid (poema cuyo estudio contribuyó a reanimar), y quedaron en manos del historiador Miguel Luis Amunátegui (el más importante biógrafo de Bello en el siglo XIX) que se ocuparía de comenzar a fijar el conjunto de obras de Bello, tomos que fue publicando y enviando a las capitales culturales europeas. Amunátegui se sirvió de los cuadernos para conpletar alguna investigación de Bello que había quedado trunca (como aquella sobre el origen de la sífilis o “morbo gálico”), pero como por entonces no se había desarrollado aún —como acontecería durante el siglo XIX— la valoración de este tipo de anotaciones, los cuadernos solo pasaron a manos de la siguiente generación. Miguel Luis Amunátegui Reyes —sobrino del primero— los conservó en su casa. Tras su fallecimiento, la familia Amunátegui Johnson los donó a la Universidad de Chile, en la que había sido profesor este destacado gramático. Consultados muy de vez en vez (pág. 15), permanecieron en el archivo hasta que, a instancias de la Cátedra Andrés Bello de la Academia Chilena de la Lengua y la Facultad de Filosofía y Humanidades, se inició el trabajo conjunto que, como libro, fue dado a conocer el pasado miércoles 29 de noviembre.

Los editores no solamente transcribieron estos cuadernos (lo cual ya es un mérito bastante grande, porque la letra de Bello no era precisamente clara, las abreviaturas son miles y están en varias lenguas, vivas y muertas), también le dieron un orden distinto al que les había asignado originalmente Bello (véase pág. 28), los explicaron con centenares de notas al pie y ofrecieron varios índices, entre ellos un encomiable índica onomástico, imprescindible para las futuras investigaciones sobre la genealogía del pensamiento de Andrés Bello.

Si nos apuramos a resumir el contenido de estos cuadernos habría que decir que se ocupan de la imbricación entre imperio, nación, lengua y poesía. Estudiando la poesía medieval en lenguas neolatinas, Bello parece haber ido observando el declive de un mundo viejo y el surgimiento de otro nuevo. ¿Para qué? Seguramente para entender las apariciones del orden, que es su idea continua. Los idiomas, por medio de los estudios filológicos, colaboran como los ammonoideos para la datación fósil.

¿Por qué (ateniéndonos al índice onomástico) resulta que, por ejemplo, una de las palabras que más anotó Bello en sus cuadernos fue “Carlomagno” (con nada menos que 68 menciones)? ¿qué de este rey franco obsesionaba tanto a Bello? Esta es una pregunta que se hicieron los investigadores y que la gestionadora del libro, la decana María Eugenia Góngora, se hacía también durante la presentación en la Sala Ercilla de la Biblioteca Nacional.

Una posible explicación es la siguiente: con Carlomagno reapareció la idea del imperio (como dice el estudio preliminar, pág. 22), pero, además —permítaseme este agregado que desarrollo extensamente en mi libro—, ese imperio —según Dante (el otro vigiliano, como Bello, mencionado 9 veces en los Cuadernos)— se extendía “por naturaleza” hacia occidente y no se devolvía hacia oriente ni menos se había quedado recluido allí (véase la introducción que Joaquín Barceló hizo a su antología de escritos políticos de Dante en Estudios Públicos 40). La expansión americana del imperio español, acompañada del predominio de una lengua como el castellano (de unidad geográfica más extensa del planeta) aconteció hacia el extremo occidental del Viejo Mundo a la vez que recreó la unidad lingüística que el desusado latín había logrado. Y fue la corte “renacentista” avant la lettre de Carlomagno la que inventó o comenzó (lo que se quiera) esta continuidad histórica, que se había desplomado con los portonazos que dieron los bárbaros. No es casual, entonces, que en la persona de Carlos V  se haya dado la condición de sucesor de Carlomagno como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y a la vez la de supuesto emperador del Nuevo Mundo. Pero Carlos V aparece mencionado una sola vez, en el Cuaderno XIV, a propósito de su hermano Fernando I (pag. 705), que se entiende porque Bello, al parecer, lo que estaba escudriñando eran los grandes movimientos históricos del imperio y la nacionalidad, factibles de ser explicados más por una continuidad, que atravesaba la Edad Media y la Moderna sin mayores alteraciones, y no por meras figuras señeras. Esta es la peculiar continuidad que se parece tanto a la de las lenguas.

Y bueno, este es tan solo un ejemplo de las conjeturas que permiten aventurar estos Cuadernos de Londres.

Finalmente, la vida de Bello en Londres siempre ha estado velada por cierto misterio; ni decir la primera década, a la que la biografía de Miguel Luis Amunátegui apenas dedicó algunas páginas (por falta de información, que Bello negó). El bisnieto Joaquín Edwards Bello escribió que todo ese sacrificio que Bello había hecho en Londres, que a ratos tenía algo de absurdo, había cobrado sentido cuando aceptó trasladarse al “polo antártico” del mundo. Esta intuición parece reforzada con estos cuadernos. Y es que, a la luz de sus hechos chilenos, los de Londres parecen unos cuadernos de borrador que Bello tuvo que traer hasta Chile para poder recién pasarlos en limpio.

 

Iván Jaksic y Tania Avilés

Cuadernos de Londres

Santiago: Universitaria, 2017