Bello, el viejo búho consejero (5/5): discípulos

La importancia de Bello se entendería tal vez muy poco sin sus discípulos, los que bajo el rótulo de “literatos” pueden ser divididos en juristas, historiadores y poetas.

He estado trabajando un extenso libro sobre la vida y obra de Andrés Bello, un ensayo interpretativo que plantea entender la figura de Andrés Bello a partir de cuatro ejes: 1) la libertad; 2) el imperio; 3) el estilo y 4) sus discípulos.

A modo de apéndice, los discípulos de Bello constituyeron la herencia con nombre y apellido de los tres ejes que he descrito. Nótese que la influencia de Bello habría quedado sin sucesión si hubiese prescindido de estos discípulos, que fue el célebre caso del Doctor Francia (1766-1840), líder independentista, ilustrado y autoritario, que gobernó Paraguay como “dictador vitalicio” entre 1816 y 1840, incapaz de levantar una elite que perpetuara los avances de su gestión.

Formando a sus discípulos Bello no solamente se proporcionó a sí mismo un grupo de interlocutores, una masa crítica que lo secundara y que también lo desafiara: instaló, además, las bases del desarrollo intelectual de Chile a través del siglo XIX y buena parte del XX. A tal punto fue así, que todavía hacia finales de la década del 40 del siglo XX había ancianos que, en su niñez, habían conocido a Bello y recibido su instrucción.

Entre los discípulos de Bello destacó la generación del Instituto Nacional conformada por los hermanos Amunátegui, los hermanos Blest Gana, Barros Arana, Eusebio Lillo, entre otros, nombres que hacen pensar en tres temas: el derecho, la historia y, en menor grado, la poesía, que fueron, en rigor, las disciplinas, ciencias o artes a las que se dedicó esta generación.

A los “literatos” formados por Bello —que era como se llamaba a esta compatibilidad entre derecho, historia y escritura creativa— se les puede organizar en A: 1) juristas, 2) historiadores y 3) poetas. En estos tres temas hubo un gradual desplazamiento desde una opción por la acuciante realidad hasta una realidad transubstanciada, que es la de la poesía. Tan importante como esta triada es también B: la operación sistemática de estos discípulos por oscurecer el pasado colonial e iluminar, en una operación conjunta, la historia entonces muy reciente —demasiado quizá— de la república.

A.1. Juristas: lo que hizo Bello con su Código Civil fue dejar instalado un modelo de razonamiento jurídico. Del mismo modo como en las polémicas gramáticas en torno a los neologismos y anfibologías, los juristas estudiosos del Código fueron capaces de elaborar soluciones sin recurrir a primera tentación a instancia de lege ferenda (necesidad de nuevo legislación aplicable), en tanto ese mismo código funcionó como una matriz capaz de soportar muchas reformas a lo largo de las décadas, vigente hasta hoy. La leyenda, no probada, según la cual Bello, recién llegado a Chile, fue el secreto redactor de la autoritaria Constitución de 1833, reforma de la del 1828 tras hechos de sangre, haya tal vez morigerado las críticas que los discípulos de Bello hicieron a esa carta.

A.2. Historiadores: la opción de Bello por una historia narrativa, antes que por una historia filosófica, es decir, un enfoque que prefería recopilar la realidad documentada antes de someterla al sentido de la historia, aseguró que las apasionantes modas de la filosofía de la historia europea tuvieran que siempre vérselas con una indagación local. De ahí que los historiadores del siglo XIX discípulos de Bello produjeran un extenso catálogo de biografías a personajes que entonces estaban todavía vivos (como el propio Bello) o muertos recientemente. Esto era lo que, desde Inglaterra, Carlyle pedía a gritos que se propiciara en Sudamérica, que era para él una de las regiones más interesantes del mundo en ese momento.

Por otro lado, nótese que fue un historiador discípulo de Bello, y no un jurista, el que abrió a las mujeres el, inédito en América Latina, ingreso a la Universidad de Chile (que era la única que había entonces).

A.3. Poetas: Chile no era en aquel tiempo un país de poetas como se repetirá en los siglos XX y XXI. Bello intentó por todos los medios inaugurar un desarrollo poético, pero fue escaso. Mercedes Marín del Solar, Eusebio Lillo, Salvador Sanfuentes destacarían, pero, junto a otros muchos poetas hispanoamericanos de los primeros dos tercios del siglo XIX, fueron sometidos a una crítica durísima por los hermanos Amunátegui. Lo sorprendente es que esa crítica, que era realizada por historiadores, llegaría a ser fundamental para el pulimento de la creación poética en Latinoamérica, en la que, puede decirse, que en al principio fue la crítica.

B. Contra la Colonia: de parte de los juristas, historiadores y escasos poetas se desató una feroz producción que resumió los méritos y deméritos de la colonia y la república en una sola expresión: el estado de las letras, en cuyo concepto se entendía englobado el desarrollo de las ciencias naturales y sociales. De este programa nace en buena medida una poderosa corriente filofrancesa, filoanglosajona y decididamente antiespañola. Así, los discípulos de Bello hicieron todo lo posible por traspasar a segundo plano el fondo imperial de las ideas de Bello.

El momento más complejo se vivirá cuando dos historiadores geniales nacidos el primero una década después de la muerte de Bello, y el segundo, casi medio siglo, liderarían la opción contraria. Francisco Antonio Encina (1874-1965) sostendrá que la generación de discípulos de Bello no fue más que un grupo de literatos incapaz de penetrar en la realidad profunda del espíritu nacional, por lo que su influencia habría quedado sobrepuesta, con lo que llega incluso a desdeñar la efectividad de Bello en Chile; y luego, Jaime Eyzaguirre (1908-1968), haría notar el perjuicio que los discípulos de Bello, especialmente los Amunátegui, significaron para la historiografía nacional, pues la habrían puesto, según él, al servicio de un programa ideológico de corte republicano y liberal, antihispánico y antimonárquico, y no al de la verdad histórica. Encina, por ejemplo, enfatizó que las letras chilenas estaban destinadas a la no ficción, a la realidad cruda, que ese era la genuina vocación de las mismas. Nótese que esta fue una escuela conservadora, enemiga del liberalismo, a veces cercano al socialismo romántico, que casi todos los discípulos de Bello practicaron incursionando en política (en ocasiones, exitosamente).