Polarización, fragmentación y la crítica (parte 1)

Esta entrada, parte de una serie de dos, pretende entregar una visión crítica sobre las metodologías de medición de polarización y fragmentación, esto luego de haber luchado con ellas durante el crudo, pero grato, proceso de tesis. Entiéndase, entonces, como un último alegato por proceso finalizado.

Los conceptos de polarización y fragmentación del sistema de partidos han sido continuamente discutidos dentro del estudio de la economía política en su cruce con las ciencias políticas y la sociología. Particularmente para el caso chileno, ambos términos han sido objeto de estudio desde las primeras elecciones de la nueva democracia con los estudios de (Dow, 1998)[1] hasta (Fábrega, González y Lindh, 2017)[2], con el objeto de evaluar cuanta incidencia han tenido ciertas instituciones en estos fenómenos histórico-políticos y si estos son observables en el tiempo.

Si bien existe evidencia que permite afirmar toda clase de resultados, hay cierto consenso de que en Chile sí ha existido un proceso de polarización constante respecto a la variable ideológica, sin embargo, no es clara una fragmentación del sistema de partidos, como bien acepta (Sartori, 1991)[3], trabajo en el cual evalúa la correlación entre ambos fenómenos, sin encontrar relaciones entre uno y otro.

Si se asume el consenso anterior, es razonable pensar que ambos resultados, pese a estar fundados en evidencia suficientemente robusta para la academia, son susceptibles a la crítica del medio. Es por esto que en el presente documento se presentan los principales elementos que se han presentado para discutir la existencia de polarización ideológica, en esta primera parte, y de fragmentación política, en la segunda a publicarse próximamente.

No es sorpresivo que, para ambos casos, los puntos críticos se encuentren en las metodologías mediante las cuales se obtienen dichos resultados, debido a que, como se mencionó anteriormente, cada investigador es libre de elegir su herramienta de medición e incluso de crearla si está suficientemente bien justificada (subjetividad que origina todo debate).

Así, para la observación de polarización, la metodología empírica más fecunda en su estudio es la Teoría Espacial del Voto (TEV), la cual se origina del avance continuo de las proposiciones planteadas en la Teoría Económica de la Democracia de Anthony Downs[4] y provenientes de los estudios de Harold Hotelling para la optimización espacial de las firmas en las áreas de la organización industrial[5]; y que se expresa en la actualidad bajo los modelos Estadísticos de Distancias Cuadráticas de (Hinich, 2005)[6] y otros métodos de extracción de ideología multidimensional (e.g. Poole et al., 2015)[7].

La TEV utiliza mejoras a los modelos de las teorías económicas de la democracia y espaciales para posicionar al electorado en el eje ideológico izquierda-derecha y generar plataformas partidarias en función de encuestas de opinión pública para prescribir escenarios políticos y exponer momentos o fenómenos en el tiempo. El proceso por el cual se realiza este posicionamiento se denomina extracción ideológica, donde la variable dependiente, denominada “creencia latente”, es determinada por la ideología del individuo (más un factor de error, por supuesto), y medida como su opinión declarada respecto a diversos temas de política.

De lo anterior se desprende que la polarización que intenta medir este proceso tiene relación con la ideología extraída de los individuos (e incumbentes, en su extensión) respecto a “temas de política”, lo cual puede entenderse como la variable independiente que determina la opinión declarada respecto a sistemas económicos, funcionamiento de la democracia e incluso personajes políticos relevantes, insumo que entregan las encuestas de opinión pública al contar con preguntas del tipo: “¿Cuál de estas frases describe mejor su opinión sobre cada persona?” o “De acuerdo a la siguiente escala, ¿cómo calificaría Ud. la actual situación económica del país?”; siendo las alternativas: “muy positiva”, “positiva”, “ni positiva ni negativa”, “negativa”, “muy negativa”. Dependiendo de estas respuestas es donde finalmente se posicionará al individuo, asumiendo que éstas representan distintos puntos sobre el eje ideológico.

El punto crítico del proceso de posicionamiento ideológico ocurre cuando las plataformas partidarias se asumen mediante la ideología extraída de quienes apoyan a determinado partido o coalición, ya que, como bien mencionan las teorías de Downs, los incumbentes deberán posicionarse según las preferencias del electorado al cual necesitan convencer para resultar electos; sin embargo, estudios posteriores intentan demostrar la imposibilidad de imputar, a priori, dichos posicionamientos debido a los problemas propios de las encuestas de opinión (para este proceso, particularmente las diferencias entre lo declarado y lo extraído, como por ejemplo, a qué coalición, partido o quintil ideológico pertenecen los electores; entre otros), creando así un probable desfase entre la posición real de la oferta política y la utilizada mediante la opinión extraída y declarada de los entrevistados, nada de irrelevante al no poder medir dichas diferencias por más que se utilicen factores de error.

Argumento de lo anterior es la creciente disonancia entre el electorado y los partidos políticos, como menciona Harald Beyer en entrevista para La Tercera, decayendo de un 80% a un 25% la identificación con los partidos políticos desde los noventas a la fecha; dato que utiliza para adherirse a la tesis de que no existe polarización ideológica en Chile, sino más bien un electorado moderado y de centro. Sin embargo, aún cuando es posible observar dicha desafiliación a las propuestas partidarias mencionada por Beyer, y los electores no se ven representados por la oferta política, estos no dejan de tener y demostrar una posición ideológica, la cual los datos demuestran que el centro político ha ido sub-representando con mayor intensidad que los polos; entonces, ¿es esto evidencia de una disonancia entre lo que las personas creen y/o dicen creer y lo que ofrece la plataforma partidaria?

A mi juicio, estamos frente a una “disonancia tripartita”, concepto que, evidentemente, no existe, pero explica bien la idea de que hay una desafinación entre (1) lo que la gente cree (ideología extraída) y lo que dice (ideología declarada), lo cual está bastante demostrado; (2) lo que los partidos políticos entienden de esas creencias y (3) lo que la academia entiende de ellas. Lo último entregado por la utilización de distintas herramientas que nos permiten argumentar, al fin y al cabo, lo que nosotros creemos (lamentablemente para el rigor de la academia).

 

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[1] Jay K. Dow, “A spatial analysis of candidate competition in dual member districts: The 1989 Chilean senatorial elections”. Empirical Studies in Comparative Politics, Public Choice, Vol. 97, n. 3. 1998

[2] Jorge Fábrega, Jorge González, Jaime Lindh, “Polarization and electoral reform in Chile. The end of the “Binominal””. Working paper, 2017.

[3] Giovanni Sartori, “Polarización, fragmentación y competencia en las democracias occidentales”. Revista de Ciencia Política UC, Vol.13, Nº1 y 2. 1991.

[4] Anthony Downs, “An Economic Theory of Political Action in a Democracy”. Journal of Political Economy, Vol.65 N.2, 1957.

[5] Harold Hotelling, “Stability in Competition”. The Economic Journal, Vol. 39 N. 153, 1929.

[6] Melvin Hinich and Michael C. Munger, “Ideology and the Theory of Political Choice”. University of Michigan Press, 2005.

[7] Keith Poole et al., “Analyzing Spatial Models of Choice and Judgment with R”. Statistics on in the Social and Behavioral Science Series, Chapman & Hall/CRC. 2015.