¿Todos somos herejes?

Uno de los elementos distintos de las sociedades libres ha sido el de la libertad religiosa efectiva y no solo teórica. Un acto inaugural celebérrimo de dicha práctica -hoy tan extendida- fueron las 95 observaciones que un monje medieval se atrevió a hacer públicas contraviniendo los intereses de los poderes más graníticos de su tiempo, el papado y el emperador. Este ensayo de Marilynne Robinson desmitifica algunos datos y ensalza otros.

La revista The New Republic publica este diciembre “The Luther Legend”, un artículo de la escritora y predicadora estadounidense Marilynne Robinson con motivo de cumplirse los quinientos años de las 95 Tesis de Wittenberg, efeméride que ha sido celebrada a través de todo el mundo.

El artículo, que puede leerse siguiendo este enlace, cumple con recordar un detalle de la Reforma Protestante que casi siempre se omite o cuya importancia queda diluida: Lutero perteneció a una tradición de grupos disidentes de existencia documentada, en especial, a partir del siglo XII.

En esta tradición disidente se inscriben los valdenses franceses del siglo XIII, los seguidores de John Wycliffe en el XIV, los de Jan Hus a principios del XV y muchos otros inmediatos o contemporáneos de Lutero como el autor anónimo de Teología Germánica.

Robinson hace notar los aspectos doctrinales comunes a estos grupos que permiten hablar de una tradición disidente. De ahí la célebre frase de Lutero: “Todos somos husitas”, que refería a los seguidores de Jan Hus, cuyas facciones más radicales emprendieron una serie de guerras de resistencia contra la Iglesia en Bohemia.

Por eso, mantiene a lo largo de su artículo que esa tesis archi repetida según la cual la modernidad es el quiebre de la unidad espiritual medieval no es verdadera puesto que esta tradición disidente, de la cual Lutero es parte fundamental (pero solo parte, al fin) puede ser observada y descrita como una historia alternativa provista de padres fundadores.

Lo que hace la diferencia en tiempos de Lutero es el papel que juega la tecnología de la imprenta, con la divulgación del libro, y el explosivo proceso de alfabetización que favorece y hasta desencadena, de tal suerte que grupos excluidos por la alta cultura eclesiástica podrán acceder al conocimiento de polémicas peliagudas de la religión, aquellas que el humanista Erasmo de Rotterdam, rivalizando con Lutero, sostuvo que no convenía que escaparan al control de ciertos círculos selectos (vgr, apunta Robinson, los dilemas morales que supuso el espinoso tema de la predestinación y el libre albedrío).

Robinson además recuerda a sus lectores que dos grandes escándalos tiñeron el legado de Lutero: su desprecio hacia los campesinos heterodoxos rebelados, uno, y, el otro, su opinión contra los judíos, uno de los cuales, Mendelssohn, compuso esta sublime sinfonía con que se conmemora la Reforma.

Robinson se refiere, entonces, a la tendencia de Lutero y, junto con él, la del protestantismo de aquel tiempo a disociarse de los grupos vulnerables que no participaban de la unidad católica. Eso, unido a ciertas compatibilidades doctrinales entre Lutero y Santa Catalina de Génova —que Robinson reseña muy bien en este ensayo— hacen tambalear a ratos la tesis inicial del artículo según la cual Lutero estuvo imposible menos ligado a una vieja tradición disidente.

Es más, que Robinson mencione a los albigenses (que era el nombre con que se conoció a los cátaros ligados a la ciudad de Albi, en el sur de Francia) como si hubiesen sido una comunidad religiosa bastante más apartada de lo que se entiende por cristianismo, incluso por tradición alternativa disidente, que, por ejemplo, los valdenses, nos habla de una tradición disidente que o no fue tan tradición (por desunida)  o no fue tan disidente (por oficial).