La caída de Gagarin (1/13): galop ruso

La caída del socialismo soviético comenzó con un movimiento acelerado del tiempo. Como en un imprevisto "galop", los ritmos de vida hasta entonces vigentes quedarán derogados: son los tiempos vertiginosos.

Con la presente, damos inicio a una serie de 13 notas acerca del libro El fin del homo sovieticus. Con ellas organizo los principales temas de esta monumental novela-documental-testimonial de la Premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Aleksievich (que en el original ruso se titula algo así como Tiempo de segunda).

En libro se divide en dos grandes bloques y cada uno de estos bloques en diez libritos. En ellos, la autora, periodista de profesión, reproduce vívidos testimonios de personajes anónimos. Esos testimonios relatan hechos que van desde la época de Stalin hasta la presente, y se vuelven vertiginosos con la crisis del régimen político-económico.

 

Portada original de la primera edición rusa. (Moscú: Vremia, 2013. ISBN 978-5-9691-1129)

 

Uno de los temas es lo poco que demoró el orden socialista en desarmarse y la velocidad de los procesos que vinieron a continuación, durante la década inmediata, la de los 90. Muchos no estaban preparados.

“Que seríamos pioneros primero y miembros de las Juventudes Comunistas después… Y que nuestro primer salario sería de sesenta rublos que en algún momento aumentarían a ochenta y que, ya al final de la vida laboral, llegarían a ciento veinte”[1]. Así sentían los soviéticos programadas sus vidas, y muchas veces era ese un factor de tranquilidad y seguridad. Muchos de ellos descubrieron con angustia que dejarían de estar sometidas a este cuidado. En este libro, dice un hombre sobre su experiencia en el ejército: “Los hombres pueden ser programados… De hecho, ellos mismos ansían ser programados” (501). Y es que a los soviéticos se les enseñaron “esquemas”, verdaderas etapas que debían cumplir para ir alcanzando ciertos logros predeterminados. El capitalismo, en cambio, los obligará a la astucia permanente. De ahí la angustia que, como apuntan varios filósofos, irrumpe ante la ausencia de normas de vida.

En otro testimonio, una ingeniera, que se había criado en estos esquemas, queda sin trabajo: “A mí no me habían enseñado a vivir de acuerdo con las leyes de Darwin” (397). No vuelve a tener empleo.

Con la perestroika la vida corriente misma comenzó a tener otra velocidad. “Gorbachov nos abrió la jaula y todos salimos en estampida”, dice un testimonio, reflejo tan prístino de los años en que la URSS comienza a desaparecer (514). “Vimos abrirse el cielo y nos sentimos felices como niños”, cuenta una documentalista sobre ese proceso (591). A partir de aquel momento, todo aquello que lucía calmo y apacible —como aquel Don apacible de Sholojov del que se reía Ajmátova—[2] se hizo tumultuoso.

Anna —otra de las muchas mujeres que dan su testimonio— vio tanques en las calles de Moscú, encendió la radio, llamó a su marido, que estaba en la ducha: “¡Cuelga ahora mismo tonta! ¿O es que quieres que te arresten?” Todos los canales de televisión transmitían El lago de los cisnes —en general, en este libro, los rusos recuerdan ese ballet como una cortina tras la cual acontecía el estado de excepción (148)—, pero ella veía en su cabeza “como hija de la propaganda soviética: Santiago de Chile… el palacio presidencial en llamas… la voz de Salvador Allende” (95-96). Temía una nueva dictadura, “quedar atrapada como mariposas en un bloque de cemento” (96). Salieron a defender a Gorbachov. Afuera la gente hacía cola para comprar un helado, un hombre en calzoncillos corría con botellas para el reciclaje, alguien se quejaba de que los tanques no lo dejarían llegar a un concierto; abuelas de Moscú daban de comer a quienes se enfrentaban a los tanques y también a los tanquistas (98). Había quienes gritaban: “¡Nunca voy a disparar contra el pueblo!”, una persona con taquicardia que pedía una pastilla, una mujer que solicitaba un lápiz labial para dibujar una cruz roja en el pañal de su bebé; había tatuados “como tigres”, punks y roqueros, gente bebiendo, pero nadie borracho, autobuses volcados, árboles talados, megáfonos que pasaban de mano en mano y un océano de groserías rusas contra el comunismo (99-100). “Pero ¿acaso fue distinto en los días de la Revolución de Octubre? Algunos disparaban, mientras otros ensayaban pasos de baile en los salones”, relata alguien a Aleksievich (97). “Para los rusos todo acto de destrucción ha sido siempre una fiesta. ¡Una juerga más!”, explicará un hombre que fue alto funcionario del Kremlin por aquellos tiempos (160). “Aquel día salimos a la calle como si nos encaramáramos a una ola”, dice un hombre que se sentirá engañado y que en 1997 lamentará “que no nos dispersaran entonces a balazos” (182).

Acerca del mismo episodio, un ingeniero dice que se “olía la sangre” y no recordar que haya sido “una fiesta precisamente” la resistencia al golpe de Estado del mariscal Ajromeiev. La imagen del “maestro Rostropovich volviendo de Paris y haciendo guardia y armado con un fusil automático” (145-146) apenas la recuerda. Sí recuerda, an cambio, a una vieja que llevaba un chaleco lleno de condecoraciones, que vino a reprender a los manifestantes por defender a los capitalistas, desear un país lleno de “bazares y cooperativas”: “Si me dieran un fusil automático, sabrías los que es bueno”, recuerda que ella les dijo (146).

Después, durante la década de los 90 —“la década de la insensatez” (387)—, en el intento de golpe contra Yeltsin de 1993,[3] la gente también salió a la calle. Había quienes gritaban “¡Muerte a los burgueses!” (388). El escenario mismo hablaba de la inutilidad del golpe, pues había bares abiertos muy cerca de la Casa Blanca[4] y en ellos se bebía cerveza, como a diario. “Había curiosos asomados a los balcones, desde donde seguían los acontecimientos como si asistieran a una representación teatral” (389). Esta será la tónica de los movimientos de masa en la nueva época, y, en tanto, en las protestas contra Lukashenko de los años 2000 una joven cuenta:  “Íbamos haciéndonos fotos para recordar después aquel día” (621).

Así lucía la movediza Rusia tras la caída de la URSS: “Todavía nos rodeaba un paisaje soviético, pero la mentalidad de la gente se había transformado por completo” (458). Para otros, pese a la época vertiginosa, nada ha cambiado tanto: “Llevo el mismo abrigo que tenía bajo el poder soviético”, dice una mujer (637).

Los recuerdos de lo vertiginoso son buenas ilustraciones de Rusia tras la caída del socialismo. En estas escenas narradas por sus protagonistas reales se expresa un tiempo que corre a alta velocidad para el cual muchos hijos de la Unión no habían sido preparados.

 

[1]  Svetlana Aleksievich, El fin del ‘homo soviéticus’ (Barcelona: Acantilado, 2015), 514-515. En adelante, los números de página van señalados entre paréntesis.

[2] El Don es un río de la Rusia europea que cruza las ciudades de Vorónezh, Volgodonsk y Rostov, y que desemboca en el mar de Azov. Mijail Sholojov —escritor oficial de la URSS y premio Nobel de Literatura en 1965— tituló su más monumental e importante novela El don apacible que es el blanco sutil de Anna Ajmátova en su poemario Requiem: “El Don apacible apacible pasa / entra la luna amarilla en la casa”.

[3] El general Albert Mikhailovich Makashov (1938) era uno de los líderes de la insurrección que pretendía echar pie atrás en el proceso.

[4] Bely dom (Casa Blanca) es la sede del gobierno de la Federación  Rusa.