La caída de Gagarin (2/13): las naciones contra el imperio

En esta segunda nota, seguimos comentando El fin del homo soviéticus, obra monumental de la escritora Svetlana Aleksievich que repasa el derrumbe de la URSS en sus protagonistas anónimos.

La caída de la URSS recuerda a la del Imperio Austro-Húngaro; con ella se desatan todos los viejos nacionalismos y etnicismos que se creían superados por el orden imperial de los obreros. Es un fenómeno similar al que se dio en vísperas de las guerras mundiales cuando Europa —como dice el poeta Kurt Tucholsky en su poema Europa— más se parecía (por hacinarse en ella miles de banderas) a un “manicomio multicolor”.

Tiempo antes, mientras Yuri Gagarin flotaba en el espacio, los soviéticos salieron a las calles a gritar que había sido un soviético el primero en cruzar el cosmos.[1] Un día, cuenta Margarita, esos “ciento por ciento soviéticos” se levantaron, se asomaron a la ventana “y vieron ondear otra bandera. Se vieron en un país distinto. En un país que ya los había convertido en forasteros” (137): “Y ahora vivimos en países distintos, bajo otro régimen y bajo otras banderas”, explica otro de los personajes (255).

En la actualidad, y bajo la superficie de Moscú ocupado por tayikos y uzbekos, Svetlana Aleksievich (que abrevió SAL) se encuentra a inmigrantes viejos que alcanzaron a estudiar en la escuela soviética y que hablan ruso sin acento: “los más jóvenes no conocen el idioma y se limitan a sonreírnos”, explica (539). Y es que como todo imperio, el soviético era pertinaz en imponer su idioma (541). Uno de los elementos más visibles del desmembramiento es la difuminación de la unidad lingüística, de esa lengua franca, empujada por la revitalización excluyente de los idiomas del lugar.

Se desataron así las vindicaciones de carácter nacional y étnico. En Bakú (Azerbaiyán), personas se pasean con carteles llamando a matar a los armenios. Un testimonio denuncia que “echaron abajo las lápidas con apellidos armenios, profanaron las tumbas” (415). Un anuncio cambia su apartamento en Bakú por cualquiera en cualquier lugar de Rusia (139). “Te podían matar por cualquier cosa… Por no haber nacido allí, por no hablar la lengua correctamente” (140). Olga, nacida en Abjasia, relata: “Todos compartíamos los mismos autobuses, íbamos a los mismos colegios, leíamos los mismos libros y aprendíamos el mismo idioma, el ruso. ¡Y ahora se matan unos a otros!” (319).

Pero el problema va más allá de las nacionalidades que resurgen con el debilitamiento de la Unión. La comunidad estaba tan densamente ideologizada que “mi hijo, mi madre y yo vivimos [hoy] en países distintos, aunque Rusia sea la patria de los tres”, explica un ex militar (367); “azeríes, rusos, armenios, ucranianos, tártaros […] todos éramos soviéticos, todos hablábamos en ruso”, cuenta Margarita, refugiada armenia, sobre su vida en Bakú. Y es que la identidad ideológica era esencial para debilitar la nacional o étnica. En tiempos de la URSS, durante la fiesta de primavera la gente encendía hogueras en las azoteas y patios, sacaba las mesas a la calle, y ahí se reunían los platos de los lugares más distintos: “Jinkali georgianos y el fiambre armenio, los blinis rusos, los bollos rellenos tártaros, las pastas ucranianas y la carne con castañas guisadas a la manera azerí”  (408). Un hombre recuerda que su abuelo había peleado junto a los uzbekos en la defensa de Stalingrado, pero que hoy aquellos no son más que “culos negros”: “Todos estaban convencidos de estar cimentando una amistad que duraría para siempre” (532), y es que “Entonces no había fronteras […] éramos ciudadanos de un solo país”, explica la médico Margarita Progrebískaia (122). En suma, quienes creen en el imperio creen en la universalidad, en la autonomía de Rusia, en esa Tercera Roma que recibe a los turistas en la sección del Hermitage dedicada a las reliquias de Bizancio: “Poseemos cada uno de los elementos de la tabla periódica de los elementos de Mendeléiev”, dice un hombre (394), “Rusia es mucho más que un oleoducto con un grifo. ¡Rusia es un gran país!”, grita otro (579); “Somos más que un país muy grande. Los rusos constituimos una civilización aparte. Tenemos nuestro propio camino”, apunta alguien en otra parte (394), y es que, claro, el imperio es una entidad que siempre se basta a sí mismo.[2]

La caída de la URSS no solamente revive los antiguos nacionalismos, es la caída del país abstracto de la ideología, de cuya nostalgia los hijos acusan a sus padres (566), no es una nación, es un imperio el que ha caído.

Un comunista dice haber apoyado la URSS y el estado de emergencia porque le gustaba “vivir en un imperio” (148). Otro, casi nonagenario explica: “Fuimos un gran imperio que iba de mar a mar, desde el círculo polar hasta los trópicos” (223); en otra parte, le dicen a SAL en una de sus conversaciones telefónicas: “¡Uno no ve caer un imperio todos los días! Un imperio caído y con el rostro hundido en el barro” (160); un ex Comandante del Estado Mayor (165) —un alto cargo del Kremlin de ese entonces— le explicará en una reunión privada: “Que el propio secretario general [Gorbachov] iba a ser el revolucionario emboscado en el Kremlin […] es como si Cesar se hubiese propuesto hundir el Imperio romano…” (164). Con todo, explica el comunista nonagenario, no hizo falta un Hiroshima para vencer al imperio: “¡Su Alteza el Embutido ganó la guerra!” (223).

Sin embargo, circulan por este libro los hijos de la URSS que lucen con desenfado su indiferencia: una joven y exitosa publicista, que para la época tenía 15 años, recuerda la imagen de Yeltsín sobre la torreta del tanque: “Se hundía un imperio y a mí, francamente, me daba igual” (455).

[1]  Svetlana Aleksievich, El fin del ‘homo soviéticus’ (Barcelona: Acantilado, 2015), 134. En adelante, los números de página van señalados entre paréntesis.

[2] Me permito compartir aquí una anécdota personal. En septiembre de 2015, de visita en Moscú, concurrimos con un grupo de personas a un café, ubicado en las inmediaciones de la embajada chilena, porque nos habían dicho que pertenecía a un nieto de Lev Tolstoi, el autor de Guerra y Paz. Preguntamos al garzón si esa información era cierta. El garzón, que se mostró consternado, respondió en inglés: “Lo único que puedo decir es que este café pertenece al mejor diseñador de Europa que es uno de los mejores de Rusia”.