La caída de Gagarin (3/13): guerra sin paz

Con esta tercera nota sobre El fin del homo soviéticus, de la escritora Premio Nobel de Literatura 2015 Svetlana Aleksievich, nos detenemos en el problema de la guerra. La Revolución de octubre de 1917 representó una esperanza para el pacifismo mundial, pero pronto se transformó en un caldo de guerreros y héroes.

Hasta aquí, hemos revisado testimonios acerca de cómo la URSS comenzó a desmoronarse con un cambio abrupto en los ritmos de vida (1/13). Vimos, además, que el coro de entrevistados por Aleksievich discurre al unísono cuando caracteriza a la URSS como un orden imperial socavado por vindicaciones nacionales (2/13). Seguimos, en la presente nota, con un aspecto fundamental de ese orden, según muchos de esos testimonios: la guerra.

“El fuego no se apaga con fuego, sino que con sabiduría”, decía una abuela tayika, cuyas palabras son evocadas por su nieta que hoy vive en Moscú.[1] Por lo que se lee en El fin del homo soviéticus (que abrevio FHS), muchos rusos pensaban —y piensan todavía— que el fuego se apaga con fuego. No se trata solo de guerras internacionales, se trata, de un tiempo a esta parte, de guerras entre etnias que habían convivido en la vieja URSS (los tayikos, que buscan pacíficamente integrarse en labores subalternas, por ejemplo).

La guerra entre abjasios y georgianos había sido, hasta entonces, una guerra de chistes, de bromas entre ambos pueblos que vivían juntos, pero se transformó en una guerra en las calles, con cadáveres dentro de automóvil, con vehículos abandonados, incendio de camiones, asesinatos al interior de familias mixtas, amigos que dejaban de saludarse en la calle, sospechas de todo tipo (vgr. manzanas envenenadas): “En realidad, las guerras son algo sucio, algo terrible. De hecho, hoy tengo dudas de que se pueda escribir sobre la guerra. De que alguien pueda escribir toda la verdad sobre ella, de que alguien pueda siquiera escribir después de haber tomado parte en una”, confiesa un hombre (322). Otro, dice que matar en la guerra “huele de forma distinta”: “Una cosa es cuando has matado a muchos de golpe, pero cuando matas a uno solo y lo ves delante de ti te preguntas: ‘¿Quién es este hombre? ¿Dónde nació?’. Porque se te ocurre que alguien lo estará esperando…” (271).

Según explican los personajes de FHS, la formación espiritual rusa hundía su ser mismo en la guerra.

El militarismo se colaba en infinidad de temas: “Kuprín[2] es mi escritor predilecto —dice un hombre—. ¡Un auténtico oficial del Ejército! Su uniforme elegante… ¡su heroica muerte! Las viriles francachelas en las que participaba” (363);[3] Olga —que es una taquígrafa—, explica que según las costumbres de Abjasia, las personas mientras están sentadas en torno a la mesa, con amigos y bebiendo, no pierden ese tiempo: “No pierde tiempo de vida, sino que lo gana”, pero viendo todas las crueldades de la guerra étnica se dice: “Lo que me pregunto ahora es cómo contar el tiemplo empleado en matar a tus semejantes” (320).

Svetlana Aleksievich ha sido acusada en su mundo de “pacifista”, como si esta palabra pudiera ser un mote. Su problema con los conflictos bélicos es que han pasado a conformar un carácter desde hace tiempo. Como explica uno de sus personajes “el Estado soviético nunca fue concebido para funcionar en tiempos de paz” (167) y es que “la guerra es como un pantano: es fácil meterse en ella pero salir resulta muy difícil”, explica otro que ha sufrido sus consecuencias (267). La URSS fue un imperio cimentado en ese pantano. Como explica la filósofa Simone Weil en su ensayo La Ilíada o el poema de la fuerza: “La posibilidad de una situación tan violenta —o sea, la guerra— es inconcebible cuando se está fuera; su fin es inconcebible mientras se está dentro”.[4]

La guerra a ratos parece, en el libro de SAL, la única manera de alcanzar la paz… pero de la muerte. Una madre —cuyo hijo Igor especialmente sensible se suicidará— confiesa que le enseñó, al pequeño, poesía de guerra y que el niño no hacía más que jugar a la guerra, y que en esos juegos en vez de disparar, le gustaba que le disparasen a él. Un día su marido le dijo basta ya (193). “Cómo se le pudo ocurrir que encontraría la belleza en la muerte”, se cuestiona (194). Muchos parecen ver en la guerra una posibilidad de regeneración. Se trata de una disconformidad profunda con las suaves maneras de la paz y la civilización, una actitud propia de los totalitarismos. En FHS, sin embargo, se sugiere sin cautela aquella es una forma de ser muy rusa. Los rusos comienzan a cantar y a los cinco minutos —dice la madre del difunto Igor— cantarán canciones de guerra (194), porque “el arte gusta de la muerte y nuestro arte la cortejó especialmente” (199). Se hace inevitable no pensar en “El mariscal de campo”, la cuarta y última canción del ciclo de Mussorgski (1839-1881) Cantos y danzas de la muerte, con textos del conde Arseni Golenishtchev-Kutsov, en que la muerte se pasea por el cruento campo tras la batalla, diciendo: “Que todo guerrero deponga sus armas ante mí. / La vida os enfrentó y la muerte os reconciliará”.

Los llamamientos de colonización que hacía la URSS dentro de su propio territorio tenían un tono bélico: “La gente respondía a esos llamamientos como quien se alista para ir a la guerra” (567). En las últimas décadas, el conflicto en Chechenia reactivará esta especie de conquista interna; el terrorismo, a su vez, traerá la guerra al corazón de Rusia. Una mujer relata que su hija era policía y que custodiaba el petróleo ahí. La hija muere: “La guerra había entrado en mi casa de repente…” (561). Y es que, por más que se imponga a fuerza de uso y discurso, muchos de los protagonistas de FHS no quieren saber nada de la guerra. Es cierto que para un grupo importante la guerra es una expresión del espíritu —“Papá no concebía un mundo sin guerras. Necesitaba héroes”, cuenta un hombre (494)—,[5] mas para otro, que es gravitante en FHS, es la principal causa de su desafección con Rusia. Por ejemplo, el padre de Yelena era incapaz de matar un pollo o un conejo porque la experiencia de la guerra de Finlandia —que los rusos llamaban “Campaña de Finlandia”— llena de “paisajes blancos” en que la sangre de los muertos “atravesaba el metro de nieve” consiguió hacerle inaguantable el olor de la misma. Yelena cuenta que su padre llamaba “ángeles” a sus enemigos finlandeses porque vestían de blanco para camuflarse en la nieve y aparecían de improviso, muchas veces como francotiradores desde los altos árboles. También los llamaba así por un episodio en que su rostro angélico quedó de manifiesto: durante esa campaña, en una ocasión los soviéticos cruzaban un lago congelado y la artillería finesa disparó sobre el hielo. Los rusos comenzaron a ahogarse, algunos pocos desarmados alcanzaron la orilla y fueron recibidos por los finlandeses que les tendían las manos. Algunos soviéticos se negaron a sujetarse de esas manos, pero el padre de Yelena aceptó la ayuda; lo abrigaron, le dieron aguardiente y bromearon dándole golpes en la espalda (54-55). Cuando se hizo el intercambio de prisioneros, los finlandeses recibieron con abrazos a los suyos; los soviéticos, en cambio, los arriaron custodiados por perros a unos barrancones para luego deportarlos, condenados a siete años de trabajos forzados bajo el cargo de traición a la patria. “Resultaba más fácil dar de baja a un recluta que a una bala”, dice un ex militar recordando a su padre militar (505), ese mismo padre que no concebía cómo se utilizaba un robot, una tecnología tan avanzada, en desactivar minas antipersonales en vez de a soldados en esa ingrata tarea.

[1]  Svetlana Aleksievich, El fin del ‘homo soviéticus’ (Barcelona: Acantilado, 2015), 528. En adelante, los números de página van señalados entre paréntesis.

[2] Aleksandr Ivanovich Kuprín (1870-1938) fue un escritor ruso, poeta y novelista.

[3] Una poeta tan enemiga del régimen estalinista como Anna Ajmátova, cuyo marido Nikolai Gumiliev había sido hecho fusilar por Lenin, y luego, su hijo Lev, encarcelar por Stalin, alocucionó desde su lecho de enferma a los soviéticos que resistían en el sitio de Leningrado, diciendo que toda su vida había estado “ligada a Leningrado” y que mantenía “inquebrantable la esperanza” de que Leningrado jamás cayese “en manos de los fascistas”. Después, auxiliada de una máscara contra los gases hizo guardia como vigilante de incendios. Véase Elaine Feinstein, Anna Ajmátova (Barcelona: Circe, 2007), 252.

[4] Simone Weil, “La Ilíada o el poema de la fuerza”, en La fuente griega (Santiago: Kuriositätenkerbinetten, 2017), 25.

[5] Por lo visto, se trata de una exigencia de la senectud a los jóvenes, también. Un joven ortodoxo, graduado del ejército, grita, culpa a los judíos y a los yanquis de la caída de la URSS. Cuenta que debía andar de civil en la calle y cambiarse en el cuartel por miedo a que lo insultaran los ancianos por no haber defendido a la URSS en 1991, que después ha sido guardaespaldas de prostitutas y guardia de seguridad (189-190).

 

Lea aquí la primera nota: galop ruso

Lea aquí la segunda nota: las naciones contra el imperio