La caída de Gagarin (4/13): ¡héroes!

No hay que ser astronauta, oligarca o héroe para conocer la felicidad

Ya hemos dicho que, para muchos, la guerra era una forma de vida, el escenario sublime en que podía desenvolverse, como nunca, el héroe. En esta cuarta nota sobre la obra primordial de Svetlana Aleksievich, nos referiremos a esos altos ideales encarnados por la figura del héroe y la heroína soviéticos, en la voz de los testimonios recopilados por el libro.

“De la vida no hablábamos… —recuerdan a Aleksievich— apenas hablábamos de la vida. ¡Héroes, héroes y más héroes! Nuestra vida estaba poblada de héroes, de víctimas y verdugos. No había otra cosa (Grita, llora)”.[1] Se trata de la expresión más clara, en El fin del homo soviéticus (en adelante FHS), de una obsesión del discurso oficial con el heroísmo. Lejos de haber desaparecido, esa temeridad reaparece en nuestro tiempo actual: “Tengo miedo —confiesa una muchacha entre los bielorrusos que protestan contra Lukashenko—. Todo el mundo quiere ver héroes, pero yo no soy una heroína” (617-618). Una ética del arrojo los inflama: “Son los mediocres los que sobreviven y perpetúan la especie”, dice uno de los estudiantes que se hará parte de esta misma protesta (619).

En Rusia se ha rendido un imponente culto al héroe. Tal como lo muestra Aleksievich, el héroe está fuertemente ligado a la muerte, la guerra, el deber absoluto, la lealtad al Estado y el amor —o mejor dicho, la pasión por—  la patria. En la actualidad, una víctima del terrorismo checheno explica que en los libros soviéticos en que estudió, los primeros terroristas rusos habían sido siempre “héroes y mártires” que dieron su vida por el pueblo, “jóvenes de familias” nobles que arrojan una bomba al paso del zar[2] (477-478): “¿Por qué habría de sorprendernos que haya terroristas en Rusia todavía?”, se pregunta (478).

La mujer de Vasili —un nonagenario comunista— ha muerto en los campos de trabajo, él se ha desempeñado como un héroe en la guerra. Le dicen que no pueden devolverle a su mujer, porque está muerta, pero sí el honor: le restituyen entonces su carnet del partido. Él está feliz, es, según dice “un hombre feliz”: “Sólo se nos puede juzgar según las leyes de la religión. ¡De la fé!”, exclama iracundo Vasili, interpelado, excepcionalmente, por Aleksievich (247).

“El hambre nos empujaba al heroísmo”, dice un testimonio (567), pero lo cierto es que el terror al régimen empuja a un ardoroso sentido del deber en la guerra. Había que fusilar a todos los integrantes de las tropas del “traidor” Vlasov —cuenta uno de los testimonios—, muchos de ellos eran jóvenes de 17 o 18 años. Uno de lo entrevistados en FHS señala que habló con ellos, los miró a los ojos. Casi lo matan por ese gesto (260), y es que del mismo modo como los “héroes” constituían la más alta jerarquía, los “traidores” pertenecían a la más baja. Las categorías extremas para juzgar la realidad hacían que, incluso, las distinciones acompañen a los muertos: “El cementerio de la ciudad tiene dos calles. Los vecinos llaman a una avenida de los Héroes y a la otra avenida de los Bandidos” (573).

Pero hay quienres hacen ver las fisuras de muchos de estos héroes; un sobreviviente del gueto de Minsk, de apellido Friedman, cuenta que la propaganda antisemita de los nazis fue tan poderosa que los partisanos cedieron a ella. Todavía, dice, ve pasar por la calle, con sus medallas, a un partisano que mató a un joven judío (267), un supuesto héroe.

La viuda de Timerian Khabulevitch Zinatov, héroe que defendió la fortaleza de Brest, cuenta que su difunto marido echó de la casa a la hija de ambos, que trabajaba en una farmacia, por sacar unas pastillas para revenderlas (280-281): “Yo estaba harta, y eso se lo confieso a la mujer que es usted, no a la escritora” (281). “¡El deber! ¡Cuánto odio esa palabra ahora!” (576), dice la madre de una policía muerta en la guerra de Chechenia.

El mismo Friedman y los partisanos, en tiempos de la retirada del Reich de territorio soviético, reciben la orden de quemar la casa de un colaborar del invasor. Dentro de la casa están los hijos, la mujer y la abuela. Durante la noche, los partisanos fijan las puertas por fuera y prenden fuego a la casa. Un niño escapa por la ventana. Toman al niño y lo devuelven al fuego: “No me gusta la palabra héroe —dice Friedman, recordándolo— En las guerras no hay héroes… Nadie que empuñe un arma puede comportarse con nobleza. Jamás. Es imposible” (268). Un ex militar agregará en la segunda parte de FHS “Nunca quise ser héroe. ¡Yo odio a los héroes! Para ser héroe uno tiene que haber matado mucho o haber muerto de un modo hermoso” (507).

En muchos casos, los héroes tuvieron un triste final. El héroe de la fortaleza de Brest, Timerian Zinatov, a quien hemos ya mencionado, se mata lanzándose a la vía férrea. En sus notas dice: “Fuimos héroes y morimos en la miseria” (252). En efecto: esos hombres, dicen los nuevos ricos, “despiden olor a pobre” (254). Se trata de muchos de los hijos de la URSS, cientos de ellos héroes de guerra, que mueren convertidos en mendigos o que son ridiculizados.[3] Se les puede aplicar la máxima de Napoleón Bonaparte, en tanto revolucionarios, soldados y héroes: “En las revoluciones hay dos clases de personas; las que las hacen y las que se aprovechan de ellas”.

El padre militar de Aleksandr Laskovich ponía música militar los días festivos y una “lágrima viril” rodaba por su mejilla. Se emborracho y contaba entonces la historia del héroe que, cercado, repartió balas a sus enemigos hasta que la última la gastó en sí mismo. Ahí el padre se dejaba caer en el suelo como el héroe de su historia. La familia reía y el padre se enfadaba pues un héroe no era para la risa (495). Los nuevos rusos quieren una vida de placeres y ciertamente normal, no quieren pasar a la posteridad por una gran gesta, para ellos “de lo sublime a lo ridículo hay solo un paso”,[4] pero, en este contexto, podría decirse que de lo sublime al horror hay solo un paso también. En fin, “no hay que ser astronauta, oligarca o héroe para conocer la felicidad” (511).

[1] Svetlana Aleksievich, El fin del ‘homo soviéticus’ (Barcelona: Acantilado, 2015), 200. En adelante, los números de página van señalados entre paréntesis.

[2] Se refiere a  Sofia Peróskaia y a Nicolai Kibálchich (1853-1881, ambos), revolucionarios pertenecientes a la organización Narodnaya Volya, que asesinaron en un atentado al zar Alejandro II.

[3] En FHS alguien cuenta el caso de un veterano que sale con sus condecoraciones a la calle. Los jóvenes que toman cerveza le preguntan si esas medallas se las ganó en el frente “o en las cárceles y el gulag”. Se ríen de él (259).

[4] Adagio del siglo XVIII del cual hay distintas versiones. Una es la de Thomas Paine, otra la de Napoleón Bonaparte al retirarse de Moscú en 1812.