La caída de Gagarin (5/13): humor

“Querían matar el humor / Pero el humor acarició su nariz” Yevtuchenko

Decíamos en la nota anterior que “no hay que ser astronauta, oligarca o héroe para conocer la felicidad”, y que, para algunos personajes de El fin del homo soviéticus, los héroes suscitaban cierto ridículo a pesar de que un héroe no era para la risa.[1] En esta nueva nota nos referimos a eso, la risa, al humor.

En el segundo movimiento allegretto de la Sinfonía n.° 13 Babi Yar de Dimitri Shostakovich, el bajo-barítono y el coro masculino cantan “Humor”, un poema de Yevtuchenko en el que el humor es hecho “prisionero político”, es ejecutado cien veces y una y otra vez renace y ríe incluso ante la cara de la horca: “Querían matar el humor / Pero el humor les acarició la nariz”.

Pese a sus terribles testimonios, el libro de Aleksievich no es pobre en relatos humorísticos, muchos de ellos mitos urbanos y chistes que circulaban con discreción durante los años terribles de la URSS, como aquel del chofer encarcelado por parecerse demasiado físicamente a Stalin (240). Hay otros más sofisticados también contra el estalinismo: “Por ejemplo: en un salón engalanado cuelga un retrato de Stalin y un profesor lee una conferencia sobre Stalin, mientras el coro canta una canción dedicada a Stalin y un poeta declama un poema loando a Stalin. ¿Qué se celebra? El centenario de la muerte de Pushkin”. A un estudiante le dan diez años de prisión por contar este chiste (240).

Muchas de las escenas humorísticas del libro las protagoniza Gorbachov. A Gorbachov le decían “el secretario estival”, “el secretario del agua mineral”, “el secretario hijo de fruta” (por su abstinencia de alcohol). Los chistes antisoviéticos más duros eran los que se oían al interior del Kremlin. A la Nomenklatura le caía mal Gorbachov y pronto el mismo Gorbachov comenzó a volverse desagradable por su imagen de predicador que pontificaba desde el púlpito de la televisión. Decía que había que recuperar la vía de Lenin, que había que dar un salto hacia un socialismo desarrollado: “Uno se preguntaba entonces qué diablos habíamos estado construyendo antes: ¿un socialismo subdesarrollado” (173-174). Gorbachov era un personaje que, según el entrevistado, quería complacer a occidente, ser el icono de los hippies franceses, aparecer en sus poleras. Agrega que se consideró inaudito, incluso por Helmuth Kohl, la forma en la que Gorbachov retiró a la URSS de la RDA: “nos ofrecieron sumas de dinero a modo de compensación por nuestra retirada de Europa y él las rechazó. Su ingenuidad dejaba pasmados a los negociadores occidentales. Era ingenuidad tan rusa…” (176). Gorbachov, según este informante anónimo, se empeñaba en desarmar la URSS, retiraba sus tropas de Europa y las mandaba a los campos rusos a vivir dentro de tiendas y búnkeres (177-178). Además. Para este el comandante del estado mayor que reserva su nombre, Gorbachov tenía una insuperable capacidad de decir puteadas: “A Gorbachov no hay quien le gane [diciendo groserías] créame” (166).

Un hombre se enamora a primera vista. Al segundo día vuelve a lugar y, como no sabe dónde vive su amada, empieza a tocar las puertas de todos los apartamentos mientras lleva una rosa en la mano. En la primera puerta aparece un hombre borracho que al verlo con la rosa en la mano lo insulta (511).

Pero ¿podría ser el humor tan poderoso como pretendía el poema de Yevtuchenko? El humor podía ser también una forma de evasión; a un cabo “la guerra [de Afganistán] le dejó secuelas importantes. Nunca contaba nada, solo chistes”, cuenta Aleksandr Laskovich (506).

En fin: “El comunismo es como la ley seca: una buena idea que no funciona” (186).

[1] Svetlana Aleksievich, El fin del homo soviéticus (Barcelona: Acantilado, 2015), 495.