La caída de Gagarin (6/13): lealtades desmesuradas

Cuando el heroísmo ya no puede practicarse como antes, muchos rusos siguen leales a la memoria del imperio que construyeron y que también vieron desmoronarse. La lealtad incondicional es una típica exigencia del fanatismo y es, como muestra este libro, fatal en política.

Decíamos en la nota anterior que el humor está muy presente en las páginas de este libro terrible que es El fin del homo soviéticus.

El de las lealtades desmesuradas de los comunistas sinceros o resueltamente fanáticos tras la caída de la URSS podría ser un acápite del humor, pero no lo es. “Estás solo en el universo… Dominado por la idea de que es hora de marchar… Marchar no se sabe adónde” dice el casi nonagenario Vasili Petrovich N., miembro del PC desde 1922[1]. Él nunca pensó que vería el día en que se erigiesen monumentos a los miembros del Ejército Blanco: “Ganaron los blancos”, dice (223). Pero Vasili, que está solo, no es más que uno de los muchos casos de soviéticos que siguen leales al proyecto. Estos casos de leales a toda prueba provocan una mezcla de risa, admiración y antipatía: no se sabe, tampoco, hasta qué punto son víctimas actuales de las políticas de fidelización del viejo régimen.

Yelena, por ejemplo, cuenta la historia de su padre, un comunista convencido que murió, después de la caída del muro, esperando el regreso del socialismo; había dejado de hablar a un amigo suyo que llamó “trapo rojo” a la bandera soviética. “El cautiverio en el Gulag le acortó la vida —dice ella— y la perestroika también” (57). Cuando tras la muerte de Stalin, el padre de Yelena fue rehabilitado con una doble paga de soldado, conservó en su sitio durante muchos años el retrato de Stalin. No se quejaba de su vida en el campo de trabajos forzados. Creía, dice su hija, que lo peor estaba por venir, que a un hombre bastaba un pan, cebolla y jabón para sobrevivir, que le había tocado una época difícil porque se trabajaba en la construcción de un país y de, lo más importante: haber vencido a Hitler (58). A esta misma comunista llamada Yelena le gritaran en la calle, una vez caído el régimen: “¡Vuestros días están contados! ¡Responderéis por lo que habéis hecho! ¡Y por todos los crímenes de Stalin!”, a ella, que nunca había perdonado lo que Stalin le había hecho a su padre (89). Como aquel, Marina Tijonovna, víctima del genocidio de los kulaks, también había perdonado a Stalin al derrotar a Hitler (105).[2]

Margarita Progrebískaia, médico comunista, hija de un comunista que había sido víctima de la represión estalinista en 1937 y de una mujer de la nobleza, la cual leía a Shakespeare y Goethe en lengua original, que por haber estado casada en primeras nupcias con un oficial del Ejército Blanco que salió al exilio debió casarse forzada, en segundas, con un miembro del partido, borracho que le pegaba, se unió en terceras con el padre de Margarita. Estalinista, la madre de Margarita enderezaba al marido (133-134). “De Lenin andan diciendo que era un desertor alemán[3] y que la revolución fue obra de una pandilla de desertores y de marineros borrachos… […] ¡Me niego a oírlas!”, manifiesta (119-120) y cuenta que cuando se enamoró, al primer lugar que corrió fue a la Plaza Roja (122): “Éramos terriblemente felices” (126). Y sobre sus años de pionera: “Puede que aquello fuese una cárcel, pero yo me sentí más a gusto en aquella cárcel de lo que me siento ahora” (127). Como ocurre con los partidarios de regímenes autoritarios o totalitarios, los recuerdos son especialmente selectivos: “Podría preguntarme cómo conciliábamos la felicidad en la que vivíamos y las detenciones nocturnas, los secuestros que se producían noche tras noche. La gente que desaparecía sin más, la gente que lloraba tras las puertas cerradas. ¿Sabe una cosa? No sé por qué, pero lo cierto es que yo de eso no recuerdo nada” (130-131). Pero reconoce haber sido “una niña estalinista”, haber tenido la idea de denunciar, siguiendo el ejemplo del niño partisano Pavlik Morózov,[4] al NKDV a un héroe de guerra por insultar a Stalin cuando se hallaba al borde de la muerte y haber desistido al encontrárselo borracho (al héroe de guerra) (132-133).

Las historias de este tipo son muchas en este libro. En la época en que el Ejército Rojo iba a las aldeas en busca de alimentos y los kulaks supuestamente escondían la cosecha, Vasili, de quince años por entonces, condujo al bosque a los soldados, lugar en donde su tío Simión había enterrado muchos sacos de grano. Felicitaron al joven Vasili y quemaron la casa del tío, además lo descuartizaron y cortaron en varios pedazos. Vasili se mantuvo siempre firme en la causa soviética y al morir, en su testamento, legó su departamento no a sus descendientes sino al Partido Comunista. Nadie le puso una lápida (249).

Mientras los leales desmesurados se mantuvieron inquebrantables, muchos comunistas comenzaron a confesar que habían odiado el comunismo “desde la cuna” (86), y se deshicieron de sus carnets lanzándolos a los jardines del comité durante la noche, simplemente a la calle, o haciendo largas colas para devolverlo al comité regional (88). “Los comunistas que abandonaron el Partido el miércoles juzgarían a los comunistas que se dieron de baja el jueves”, dicen a la autora, por teléfono (160).

 

Imagen: Considerados traidores, Galina Vishnevskaya y su cónyuge Mstislav Rostropovich, artistas de la URSS, se asilaron en Paris, en 1974.

[1] Svetlana Aleksievich, El fin del homo soviéticus (Madrid: Acantilado, 2015), 222. En adelante, todas las páginas van entre paréntesis.

[2] Hay otros casos que posiblemente fueron más comunes y que son, por eso, muy ilustrativos. Pero había también casos raros, un veterano con el pecho tapizado en condecoraciones que “parecía un árbol de navidad”, devolvió el carnet diciendo: “No quiero pertenecer al mismo partido en que milita el traidor Gorbachov” (88).

[3] Se trata de una tesis historiográfica divulgada especialmente por el polaco-estadounidense Richard Pipes a partir de la documentación reunida por el editor Zbynek A.B. Zeman en Germany and the Revolution in Russia, 1915-1918. Documents of the Archives of the German Foreign Ministry (Londes y Nueva York: Oxford University Press, 1958). Según la información de Pipes, Lenin habría sido un agente de Alemania cuyo papel era corroer el frente oriental; habría, de primera, rechazado los ofrecimientos de Parvus quien consideraba que la única manera de derrotar al zarismo era acción bélica del ejército alemán, pero se habría puesto en contacto con el gobierno alemán a través del patriota estonio Alexander Kesküla. Véase el capítulo “Lenin y los orígenes del bolchevismo” en Richard Pipes, La Revolución rusa (Barcelona: Debate, 2016), 411-413 y 976.

[4] Pavel Trofímovich Morozov (1918-1932), supuesto niño soviético que denunció por traición a su padre ante las autoridades. En venganza, su propia familia lo habría asesinado, por lo que el niño se trasformó en un mártir de la URSS. Su historia devino en leyenda popular que se enseñaba a los niños en las escuelas como ejemplo a imitar. Desde un tiempo a esta parte, se ha puesto en duda la veracidad de la fábula.