La caída de Gagarin (7/13): como niños

La niñez es una buena metáfora de la vida soviética en el libro de Svetlana Aleksievich.

La lealtad desmesurada —a la que nos hemos referido en la nota anterior— brotaba de una fe ciega, inocente, infantil. Svetlana Aleksievich ha dedicado otro de sus libros a los sufrimientos de los niños, Últimos testigos.[1] En El fin del homo sovieticus (FHS) los niños son muchos; casi siempre se trata de recuerdos de infancia, mezcla de buenos y malos, como también de una importante metáfora: el hombre soviético es inocente como si fuese un niño. “Las personas felices son siempre un poco infantiles. Y hay que protegerlas, porque son frágiles y tontas”, dice Olga, recordando a su antiguo amor[2]. A través de todo FHS, los soviéticos casi siempre son ingenuos, idealistas, verdaderos niños de quienes se puede conseguir actos de fe. Uno de los personajes cuenta que los niños solían jurar por Lenin, pero cuando juraban por Stalin ahí sí que sus padres podían asegurarse que decían la verdad (59).

Y lo que dicen los niños es en este libro un tema central. Los niños tienen mayor crédito, a menudo dicen la verdad cuando no se sienten asustados o no son conscientes del peligro que corren. La autora, precisamente, selecciona aquellos testimonios en que la poesía o la filosofía se hallan más concentradas, en que la propia verdad aflora en su mezcla de ejemplo concreto y paradigmático. La madre de Igor, por ejemplo, un niño suicida a quien hemos mencionado ya en estas notas, parece decirlo: “Pero ya se sabe que los niños hablan a veces como si fueran filósofos o poetas… Tenía que haber anotado muchas de las cosas que decía [mi hijo antes de morir]” (201). La infancia habla poéticamente, piensa la autora, por eso, en sus entrevistas, intenta que aparezca el niño, de tal suerte que, pese al horror, su libro pueda ser literatura.

El problema es que, rota la ilusión del anhelo soviético, ya no se puede vivir en la inocencia de esa infancia moral, ni se puede interrogar a ese acontecer como si se tratase de una conversación con un niño o entre niños: “Desde entonces se me aparece en sueños como un niño —dice la madre—. Pero yo lo espero mayor para poder hablar con él” (207), quizá una remembranza del poema de Anna Ajmátova[3].

Una de las historias de infancia más conmovedoras de FHS es la de Anna Maya. Ella dice haber nacido en los campos de trabajos forzados. Su padre había sido arrestado en 1937; su madre intentó abortarla por todos los medios, pero era demasiado tarde: Anna terminó naciendo prematura y como no podía permanecer sin su madre, y su madre había sido arrestada, nació en prisión (336). Allí, cuando cumplían tres años, quitaban los hijos a sus madres y los derivaban al barrancón de niños (338)[4]; ella se quedaba sin comer la sémola para deslizarse por un agujero y poder ver a su madre. Allí, mucho niños tardaron en conocer a las suyas, mientras que la mujer que cuida de ellos les dice que sus madres son hermosas, preciosas. Ellos las anhelan; pero cuando finalmente las conocen, las hallan feas; otras, en cambio, ni siquiera: ya están muertas. Los niños duermen en grupos de cuarenta en una pieza. Deben escribir cartas a Stalin, todos darían la vida por él. Stalin les enviará regalos. Pero lo cierto es que los niños están todos enfermos, algunos no pasan el severo invierno que en Kazajistán desciende a -40° C; son niños silenciosos que apenas hablan: entre ellos se comunican casi exclusivamente mediante el contacto físico (343-345). Cuando Anna sale por fin del presidio, dice: “Corrí hacia [un abedul] y lo abracé. Un arbusto se alzaba a su lado y también lo abracé” (346). Su madre finalmente sale en libertad, le asignan un destino y le permiten irse con su hija. Pero uno de los aspectos más impresionantes de la historia de Anna Maya es que la niña se siente muy responsable por su madre. La niña no es del todo una niña, la inocencia no está en su definición de niña. Quizá por el recuerdo de una mujer ya madura, la niña Anna Maya parece la madre de su propia madre, la va sosteniendo a través de interminables viajes en los cuales deben reportarse, en cada ciudad por la que pasan, a las autoridades. Se trata de niños que, por haber sobrevivido a una experiencia tan dura, son capaces de sostener a sus padres.

Pero FHS trata además al niño como metáfora de una inocencia que es ora hipersensible ora hiperindolente. En la crisis de Azerbaiyán “las calles se llenaron de soldados rusos y carros de combate. Unos soldados que eran todavía niños y se desmayaban ante los horrores que se veían obligados a presenciar” (420). Hay jóvenes azeríes que no quieren matar, y por eso huyen (423). Mas no es siempre así. En las etapas históricas del horror, los nuevos horrores van deslavando a los viejos: “Mamá entendía porqué la gente se mataba entonces. Lo que no entiende es por qué se vuelve a matar ahora”, dice un testimonio (566), y otro: “Cuando los tanques rusos entran en Moscú, quienes hablaban sobre los tanques de Praga pasaron al olvido” (459). Los jóvenes van apareciendo como los verdaderamente sabios no porque sepan más, sino porque se asombran con menos y están, por lo mismo, más preparados para soportar el nuevo mundo. Así, la juventud no cargará con su inocencia, sino que la conmovedora ingenuidad de los ahora ya viejos: “El capitalismo lo pedíamos lo jóvenes, los fuertes”, recuerda Alisa, joven gerente de una agencia de publicidad (455).

El post homo sovieticus ha transformado la vieja inocencia. Chichikov, protagonista de la novela Almas muertas[5], ahora ya no es un canalla, como decían los profesores soviéticos a sus estudiantes, pues hoy los niños replican al estudiar la novela en las escuelas que lo que hizo aquel personaje fue construir “una pirámide financiera” (468). No es casual, entonces, que los hijos de los 2000 pregunten a sus padres por qué no fueron capaces de hacerse ricos en los noventa, cuando hacerse rico era tan fácil (390); se trata de un reproche que duele mucho más porque lo hacen quienes, se estima, todavía no han aprendido a calcular. Y es que, como dice en sus confesiones la poeta Marina Tsvietáieva: “la infancia (la capacidad de alegrarse) no vuelve”[6], porque la capacidad de creer no es infinita.

 

En la imagen: El compositor Dmitri Shostakovich saludado por los niños pioneros de la URSS.

[1] Últimos testigos, libro sobre los niños huérfanos que sobrevivieron la Segunda Guerra Mundial. Al español ha sido traducido por Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González (Barcelona: Debate, 2016).

[2] Svetlana Aleksievich, El fin del homo sovieticus (Barcelona: Acantilado, 2015), 286. En adelante, los números de página se señalan entre paréntesis.

[3] Anna Ajmátova, “Ayer soñé casi contigo”: “Ayer soñé casi contigo / ¡Que suerte mas extraña! / Me desperté, tristemente, / Llamándote desde las sombras. // Digo que ayer soñé casi contigo / Pues aquel del sueño era mas joven y esbelto / Desconocía por completo los secretos / De nuestros días de pasión / ¿Que puedo hacer? // Tal como lo predijera medio siglo atrás / Este fantasma vino a / Verme en el sueño. // Pero, en el fondo de mi alma, / Al que yo esperaba era a ti”.

[4] Según el relato de Anna Maya, a los niños que morían en invierno (morían muchos) los dejaban en barriles a la espera de la primavera, momento en el cual eran sepultados los restos que no habían sido devorados por las ratas (338).

[5] Es el protagonista de la novela inconcluso de Nicolai Gogol Almas muertas, personaje que recorre los campos de Rusia comprando almas de siervos muertos.

[6] Marina Tsvietáieva, Confesiones: vivir en el fuego (Barcelona: Galaxia Guternberg, 2009), 254.