Encontremos nuestra hoja de ruta: una invitación a la consistencia

Estéfano Rubio, investigador del CEP, recomienda seguir el curso online que imparte Michael Sandel, profesor de la U, de Harvard.

“La tarea número uno de Chile es crecer, todo lo demás es música”. El año pasado el ex Presidente Ricardo Lagos distinguía entre lo que era fundamental y lo que era complementario para el progreso del país. De la misma forma, cuando uno reflexiona acerca de cuáles son las mejores políticas públicas para la sociedad, o sobre cuáles son las mejores acciones que debiera llevar a cabo el Gobierno, uno muchas veces se deja guiar por lo urgente, o por lo que hace más ruido, o por lo que pudiera afectar más los resultados electorales. Dejando de lado lo que es fundamental y que define la verdadera hoja de ruta de nuestras acciones: la filosofía, pero más específico aún, la ética normativa y las doctrinas a las cuales adherimos (y que con frecuencia quebrantamos).

 

Parece una burla a lo elemental del intelecto, cada vez que escuchamos a políticos contradiciéndose o a partidos políticos completos contraviniendo sus propios idearios fundacionales al adherir tantas veces a políticas que nada tienen que ver con las doctrinas que originariamente parecen seguir y defender. Este claro insulto a la ciudadanía (aunque para ser un insulto, ésta, al menos debiera, darse por aludida) no la excluye tampoco a ella misma. ¿Cuántas inconsistencias hay en nuestras acciones cotidianas que transgreden valores y principios sobre los cuales construimos nuestras propias creencias sobre el bien y el mal? Nos quejamos de la corrupción, del nepotismo, de los “pitutos”, pero a pocos les genera muchos problemas morales tolerar que alguien se cole” en una fila al encontrarse con un amigo, ¿o sí?

 

¿Por qué aceptamos esto último y nos parece mal lo primero cuando el principio que se viola es el mismo? Para una ética deontológica (o de principios) eso sería inadmisible, porque se estaría violando el mismo principio en ambas circunstancias. Si no nos parece mal, entonces ¿por qué no nos parece mal? Y la respuesta parece evidente, porque la corrupción y el nepotismo pueden generar un daño mayor a la sociedad que el que una persona corriente se cuele en una fila corriente, de una institución corriente, en un pueblo corriente. Pero entonces, ahí estaríamos juzgando la calidad de la acción por la finalidad o la consecuencia que produce, y entonces, por necesidad y por default, estaríamos siguiendo una ética teleológica o consecuencialista. El problema surge cuando vemos que esa misma persona que no lucha, ni se queja, porque alguien se le coló en la fila, es la misma que al día siguiente puede estar defendiendo una ética deontológica marchando en favor de la educación superior gratuita, incluso para los deciles de mayores ingresos, porque ésta es un derecho y da lo mismo que esto termine siendo una política regresiva. O de igual forma, esa misma persona podría estar abogando con una ferviente convicción en la importancia de prohibir el aborto, porque el derecho a la vida sería más importante que cualquier consecuencia negativa que esa vida pueda generarle a la madre o a la sociedad misma, al traer al mundo a un futuro marginado social.

Entonces, cuando reinan estas inconsecuencias doctrinarias, cuando se impone esta laxitud y conformismo con nuestras formas de pensar, de creer, y de soñar el mundo, los futuros que podemos construir como sociedad se ven mermados y restringidos a una peligrosa complacencia intelectual, de la cual todos somos cómplices y de la cual poco nos hacemos cargo.

 

Es evidente que nuestra racionalidad limitada nos impide estar calculando si cada una de nuestras acciones será consistente con las doctrinas de las cuales creemos ser fieles. Pero al menos, debiésemos hacer un esfuerzo mayor por lograrlo, por conocernos más a nosotros mismos, por entender qué visión de mundo y de la vida nos hace más sentido, y sólo así poder razonar verdaderamente el mejor mundo que queremos construir.

 

Toda esta provocadora introducción es sólo para dejarles una invitación a que aprendamos más sobre Ética Normativa y sobre Filosofía Política. Y para que podamos introducirnos en este apasionante y esencial aprendizaje quiero compartirles un curso gratuito de la Universidad de Harvard, disponible en internet en el siguiente link. Éste es un curso llamado Justice que posee 24 clases en donde el magistral Profesor de Filosofía Política Michael Sandel nos presenta clase a clase casos reales, emblemáticos y cotidianos, en el que podemos evaluar dónde nos sentimos cómodos para colocar nuestra moral. ¿Será en el Utilitarismo de Bentham y Mill? ¿Quizás nos sentimos mejor en los pensamientos libertarios de Robert Nozick? ¿O será que los imperativos categóricos de Kant nos hacen más sentido?

Claramente, este es un curso introductorio a estos temas, pero ya sea que no conozcamos nada sobre ellos, o que seamos expertos en el área, a nadie dejará indiferente los dilemas morales que aquí se nos plantean. Finalmente, nunca está demás que estemos en constante revisión de lo que consideramos que es justo, correcto o bueno, para que de esta manera actuemos acorde a ello y no insultemos a la lógica más elemental. Espero que este curso, o cualquier intento por entender más sobre las doctrinas éticas que nos hacen sentido, nos permita encontrar o seguir revisando nuestra hoja de ruta para que así la música no nos distraiga de nuestro verdadero camino.