La caída de Gagarin (8/13): intelectuales

“Quienes se dedicaban a leer y a soñar que un día podrían volar como la gaviota de Chejov, fueron sustituidos por quienes no leían libros, pero volaban de verdad”

El de los intelectuales soviéticos es, para muchos de quienes miran atrás, un capítulo de la infancia moral o la minoría de edad (que fue el tema de la nota anterior). Nada de sentimentalismos: “Yo me tengo prohibido leer libros rusos”, afirma, categórico, uno de los personajes[1].

A pesar de que “media URSS” estaba compuesta de ingenieros (515), los historiadores más serios de la Revolución Rusa tienden a concordar que esa fue una revolución de intelectuales, si bien el Partido era reacio a aceptar humanistas entre sus filas —Lenin había escrito que los intelectuales “no son el cerebro, sino la mierda de la nación”, recuerda Yelena (71)—, puesto que el partido prefería a profesionales y técnicos que supieran de “máquinas, carne y trigo”, e incluso a un veterinario por sobre un médico (71). Pronto, los militares tomaron la conducción de la URSS. Y es curioso que, entre esa pléyade de ingenieros y militares, haya sido un “intelectual” formado en las humanidades quien haya estado a cargo del desmantelamiento del proyecto. Para un comandante del Estado Mayor que reserva su nombre, Gorbachov era “esencialmente un civil”, procedente de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Moscú, mientras que sus anteriores habían sido todos “hombres salidos de la guerra” (165-166).

Y es que, según estos testimonios, mientras el país estaba completamente militarizado, culturalmente se robustecía por una gigantesca clase intelectual. En este libro no son excepciones las historias sobre maestros de escuela que se pasaban las noches recitando a Pasternak de memoria (452): “Nos enorgullecíamos de poseer libros” (453). Unas mujeres en condición de calle leerán siempre a poetas rusos: a Ajmátova y a Tsvietaieva (439) y harán de esta admiración una religión: “Así era mamá… Bastaba que alguien le dijera que leía a Brodski para que ella lo considerara de los suyos” (443). Otra joven cuenta que en aquel entonces —los tiempos de la URSS— ella era una “niña bien” porque había sido criada en “una casa cuyo mueble principal era la biblioteca” (458).

Tras la muerte de su hijo, a veces Vera, según sus propias palabras, “se ponía histérica” y le gritaba a su madre, una vieja intelectual formada en la lectura de Chernishevski,[2] Dobroliubov, Nekrasov, que “amaba al conde Tolstoi […] porque quiso repartir todo su patrimonio entre los pobres para conseguir su salvación” y quien “no concebía que la vida valiera algo sin los poemas de Pushkin o las obras completas de Gorki” (196):

 

¡Eres un monstruo! ¡Un monstruo criado en las doctrinas de Tolstoi! ¡Y has educado a monstruos; a monstruos que son tus semejantes! ¿Qué nos has estado repitiendo toda la vida? Que había que sacrificarse por los demás… Que la vida sólo merecía ser vivida en aras de un objetivo sublime… Que había que arrojarse delante de los carros blindados o arder en la cabina de un avión de combate, si así lo requería la patria… Que la atronadora revolución requería muertes heroicas… Para ti la muerte siempre fue más hermosa que la vida y por eso crecimos como unos monstruos, unos abortos… Así eduqué a Igor yo también. ¡Tú tienes la culpa de todo! ¡Tú! (195-196)

 

Su madre se fue transformando en “una ancianita minúscula” (196) y sus ideas se fueron haciendo cada vez más extrañas, no porque cambiaran, sino porque el mundo estaba cambiando vertiginosamente, y las ideas, sabemos desde tiempos de Platón, suelen cambiar a menor velocidad que el mundo: “No hay nada más poderoso que las ideas. Tampoco hay nada más terrible que ellas”, explica un entrevistado (618).

Con el paso del tiempo algunos han revisado la historia de su formación y han concluido que las generaciones más jóvenes quedaron a salvo de los libros: “No han sido los libros, sino las películas las que nos han formado. Y la música”, dice Aleksandr Laskovich, que de niño vivió en la isla de Sajalin (494); como ocurre con los cambios de temperamentos epocales, cambian también los géneros preferidos por el público: “Donde antes se escenificaba una tragedia de corte optimista, hoy se prefiere la comedia y la película de acción”, explica (495). Y es que el libro, la novela rusa transformada en la cultura oficial se hará insoportable para muchos. Un hombre de verdad, de Boris Pasternak, explica Laskovich “era la Biblia en casa” (493), pero hoy de solo verlo en estantes sentirá que se afiebra.

Es notable como Aleksievich, en tanto escritora, no pactica algo así como un dogmático culto a la personalidad de los escritores rusos. Ella los va descubriendo en los relatos más “pedestres” de sus entrevistados; no pasan al proscenio en ningún momento a guisa de espiritualidad. Existen claves literarias que unen dichos relatos porque la organización que la escritora hizo de FHS está imbricada de referencias a la literatura clásica rusa. Por ejemplo, la segunda parte del libro, transcribe el relato de una hija sobre su madre. A madre e hija las mafias de la década de los 90 las sacan de su apartamento, las llevan a vivir al campo y ellas acaban convertidas en mendigas. Un viejo solitario, funcionario de la ex URSS, les abre las puertas de su hogar, pero el hombre muere y deben volver a vagar. La madre finalmente deja a su hija en casa de unos conocidos y se muda supuestamente a Alabino —una localidad esplendorosa de las afueras del viejo Moscú zarista—, y a solo llegar se lanza a la vía férrea, y muere. Su hija cae en un orfanato del que es expulsada apenas cumple 17 años (444-448);[3] a continuación, en el capítulo inmediato, Aleksievich transcribe el testimonio de una joven publicista, que tenía 13 años en 1987, y que entonces declaraba sin tapujos querer tener de adulta una “empleada doméstica”. Ella se disfraza de mujer adulta, se recuesta a leer Anna Karenina, de Tolstoi, la gran dama que también, como la mujer que debió mendigar en la historia previa, se arrojó a las líneas del tren (454). Esa joven frenética que después triunfará en Moscú hará recordar al empinado Iván Ilich, también de Tolstoi: “Yo miraba a lo alto. A los más alto de esa escalera que es la vida”, confiesa ella (458). El personaje principal de La muerte de Ivan Ilich caerá de esa escalera, y así comenzará su declive físico. Con estas referencias más o menos implícitas, Svetlana Aleksievich despierta en la manera de presentar el testimonio de sus personajes las lecturas clásicas de la época soviética, por mucho que quienes protagonizan estos testimonios crean estar muy ajenos a esos libros del pasado.

El intelectualismo soviético tuvo, además, la gracia de situarse a ambos lados de la tensión política latente. De él participaban muchos comunistas duros ya viejos como también la juventud disidente. Esta última, formada en la lectura de los clásicos rusos, informa de esta primacía de la palabra. Una mujer cuenta que con su enamorado de entonces habían conseguido un libro prohibido mecanografiado, las memorias de Nadezha Maldestam, viuda del poeta Osip Mandelstam (escritor hecho desaparecer en el gulag por atreverse a burlarse de Stalin en un epigrama). Debía leerlo en un solo día y devolverlo a las cuatro de la madrugada en un lugar de la ciudad. Lo leyeron a toda prisa sin besarse en todo el día, durante la madrugada atravesaron la ciudad portando el libro “como un arma secreta”: “¡Tal era nuestra fe en que las palabras podían cambiar, sacudir el mundo!” (212). En su ensayo Logócratas, George Steiner explica que, paradójicamente, fueron, muchas veces los censuradores del libro y la palabra quienes la promovieron porque creían en su poder[4].

La caída de la URSS está además marcada por un cambio en las lecturas, se trata del paso del libro a la revista, de la novela o el libro de poemas al periódico: “Las primeras revistas de papel cuché se leían con la devoción que merecen los clásicos” (221). Se había habitado un mundo de ideales y cinismo, ahora se quería un mundo de sin tantos ideales pero más descarado: “Quienes se dedicaban a leer y a soñar que un día podrían volar como la gaviota de Chejov, fueron sustituidos por quienes no leían libros, pero volaban de verdad”, dice una mujer que ha conseguido el éxito (459). El mismo libro de Aleksievich juega con estos contrastes, es un libro que a ratos alcanza las alturas de un clásico para descender a temáticas de revista.

Todavía bajo la URSS, en las oficinas del Partido, cuenta Yelena, desaparecían las novelas policiacas porque todos las estaban ahí leyendo y no a Lenin ni a Marx (85). Una mujer que había hecho cola durante la noche para comprar un libro de Anna Ajmátova, días después saltaba de alegría por haber conseguido una cafetera alemana (87). Anna Ilínichna, opositora al régimen, cuenta que tras las palabras de Gorbachov en que dijo “No podemos seguir viviendo así” se produjo una explosión de conversaciones familiares, callejeras, una desbordada confianza; la gente no leía ya libros en la calle sino que revistas y periódicos que intercambiaban y se acumulaban por todas partes. “Me voy a morir como una rata en un basurero —le dijo su madre—, porque su apartamento de una habitación parecía una sala de lectura”, cuenta Anna (80). Pese a que creían estar “en el umbral del reino de la libertad”, todo empeoró, y “lo único que había en los escaparates de las tiendas eran libros” (82).

Con la llegada de la libertad, dice Olga: “Leíamos juntos a Berdiaiev y a Hayek… —una curiosa yuxtaposición de nombres— Nos preguntábamos cómo habíamos podido vivir antes sin aquellos periódicos” (298). El sesudo libro soviético se empolvará en las estanterías mientras que los ex soviéticos los reemplazan por lecturas que atañen al día a día, mientras prescindirán de escatologías seculares (o eso creyeron hacer).

 

[1] Svetlana Aleksievich, El fin del homo sovieticus (Barcelona: Acantilado, 2015), 522. En adelante, los números de página se señalan entre paréntesis.

[2] Su novela ¿Qué hacer? fue, como dice Vasili, uno de los veteranos comunistas entrevistados por Aleksievich, “nuestro catecismo. Un manual para hacer la revolución. Memorizábamos páginas enteras… El cuarto sueño de Anna Pavlovna, por ejemplo” (247).

[3] La terrible historia de esta madre y su hija tiene también resabios de la vida de la poeta Marina Tsvietáieva y su hija Ariadna Efron (Alia), quien también es mencionada. La hija prácticamente se hace cargo de su madre; la madre, que es incapaz de asuntos prácticos, observa que se acumula una inmensa deuda con la infancia de su hija. Véase Marina Tsvietáieva, Confesiones: vivir en el fuego (Barcelona: Galaxia Guternberg, 2009), 254.

[4] George Steiner, Los logócratas (Madrid: Siruela-FCE, 2006).