La caída de Gagarin (9/13): de oradores a funcionarios

La URSS fue fundada, en gran medida, por grandes oradores, grandes maestros de la palabra. Sin embargo, la estructura de funcionarios fue, poco a poco, prescindiendo de ese arte.

La religión del intelecto se verbalizó en el cultivo de los grandes discursos con que se inauguró la era soviética. Pronto, ese discurso devino una escena burocrática, que uno de los  entrevistados describe:

Alguien se subía a una tribuna, por ejemplo. Mentía y todos aplaudían sus mentiras, conscientes de que mentía y consciente él también de que todos sabían que estaba mintiendo. Pero soltaba su discurso igualmente y se alegraba de los aplausos que recibía. Todos sabíamos que aquélla era la vida que nos tocaba y buscábamos un refugio dentro de ella.[1]

Mientras que, al mismo tiempo, sobrevivía el culto a la palabra:

Podíamos hincarnos de rodillas a escuchar a nuestros poetas y bardos predilectos. Los poetas llenaban estadios enteros.[2] La policía montada tenía que cercar los estadios. Las palabras eran actos, entonces. Tomar la palabra en una reunión para decir la verdad era un acto, porque entrañaba un peligro (…) Hoy puedes decir lo que te dé la gana, pero la palabra no tiene poder alguno. (211)

Con la perestroika apareció un pueblo desconocido, que se movilizaba no formado sino que en masa, que exigía pan y cigarros. Yelena explica que los miembros del Partido no se atrevían a discursear frente a ellos porque habían sido formados como “funcionarios del Partido” y no “oradores” (74), y agrega que de los quince millones de comunistas que había en la URSS “no apareció un solo líder. ¡Ni uno solo! Y el otro bando sí contaba con un líder. ¡Tenía a Yeltsin!” (86). En una conversación telefónica explican a la autora: “La burocracia carece de convicciones y principios. Toda la turbia metafísica de los valores le resulta ajena […] Ya decía Lenin que la burocracia es peor que Denikin” (161-162).[3] Durante el estado de emergencia, alguien llama por teléfono a un amigo, que le dice que volverá la mala época en que la tuerca aprieta a los tornillos. Él le replica a gritos que él quiere que vuelva aquel tiempo porque él es partidario de la URSS, a lo que su amigo gira en 180° y grita ¡qué caiga Gorbachov! ¿Cómo se explican estos giros repentinos de opinión?: “En aquellos momentos lo que había que hacer era hablarle a la gente con claridad”, plantea uno de los entrevistados (149). Los testimonios tienden a estar de acuerdo en que la URSS perdió el dominio del discurso, que la organización del inmenso Estado prescindió de las viejas palabras con que se había levantado y que se conformó con los eslóganes y la inercia de las estructuras jerárquicas. Cuando aquellas estructuras ya no funcionaron, cuando —en términos de Immanuel Kant— falló el uso privado de la razón, el uso público,[4] a esas alturas, estaba ya tan atrofiado y devaluado que los que se mantenían firmes no sabían qué hacer porque “no habían recibido instrucciones” desde arriba (86).

[1] Svetlana Aleksievich, El fin del homo soviéticus (Barcelona: Acantilado, 2015), 210. En adelante, los números de página son señalados entre paréntesis.

[2] Que era el caso, por ejemplo, del poeta Yevgeny Yevtushenko (1933-2017).

[3] Anton Ivanovich Denikin (1872-1947), que será otras veces mencionado a lo largo del libro, fue un alto militar ruso, líder del llamado Ejercito Blanco que luchó contra los bolcheviques durante la guerra civil.

[4] Véase Immanuel Kant, “¿Qué es la Ilustración?”.