Reconectándose con la muerte

En nuestra sociedad, la muerte es un tema tabú. Tratamos de tomar distancia de ella, probablemente debido a nuestro deseo de vivir más tiempo, y dejamos a una empresa que se haga cargo del rito mortuorio de nuestros seres queridos. Caitlin Doughty, en su libro “Smoke Gets in your Eyes”, relata su historia en la industria funeraria, expone con lujo de detalles los diversos aspectos de los ritos funerarios convencionales y reflexiona en torno a los cambios culturales que le han restado naturalidad a un aspecto muy humano: la muerte.

Esta entrada fue escrita en conjunto con Javiera Slater.

A girl always remembers the first corpse she shaves” [Una chica siempre recuerda el primer cadáver que afeita]. Es a través de esta frase cautivadora, que despierta la imaginación y deja un enorme espacio a la interpretación, con la que Caitlin Doughty abre su libro “Smoke Gets in your Eyes”. Utilizando un lenguaje cercano, irreverente y algo irónico, la autora nos sumerge en sus memorias como empleada de Westwind Cremation & Burial en San Francisco, lo que sirve de excusa para darnos a conocer las prácticas habituales de los ritos funerarios convencionales, como el entierro y la cremación, y al mismo tiempo, reflexionar en torno a cómo las sociedades occidentales enfrentan la muerte. Logra de este modo su cometido, iniciado a través de su organización “The Order of the Good Death” y de su exitosa serie de videos en YouTube “Ask a Mortician”, de quitar a la muerte su connotación de tema tabú, depresivo y morboso, devolviéndole la naturalidad.

Sus inicios en la industria funeraria no resultan fortuitos como muchos podríamos pensar. Después de graduarse de historia medieval en la Universidad de Chicago, ella decidió seguir su vocación (sí, tenía vocación hacia la muerte y los ritos mortuorios). Esta vocación resulta tan inusual, que ocupa una parte del libro en explicar su origen. Luego de presenciar un duro accidente cuando tenía apenas ocho años, Doughty se ve forzada a enfrentarse a la mortalidad. Su estrés post-traumático y su afición por la muerte durante la adolescencia la hacen reflexionar acerca del miedo vinculado hacia una parte inherente de la vida. Decide así entrar en este mundo, como un modo de sanar sus heridas e identificar una forma de ayudar a evitar el desarrollo de este tipo de traumas en otras personas.

Al narrar a través de descripciones bastante gráficas las diversas escenas que se pueden presenciar tras bambalinas de una casa funeraria y crematorio, satisface una curiosidad natural que nos vemos obligados a suprimir, para no ser calificados de morbosos. Con  humor y ligereza, como una forma de darle naturalidad a un tema que siempre reviste solemnidad, nos hace partícipes de las peripecias vividas al acudir a retirar cadáveres a sus propios hogares; del trabajo y tiempo que requiere una cremación, el funcionamiento del horno y de esa máquina llamada “cremulador”; de sus primeras impresiones al recibir miembros cercenados provenientes de institutos anatómicos; de los sentimientos y emociones despertadas al recibir a los bebés enviados de algunos de los hospitales más grandes de California; del ingenio y creatividad que necesitó al enfrentarse a cadáveres en descomposición; de lo poco natural que resulta el intentar presentar una imagen de tranquilidad y descanso al embalsamar, dando detalles minuciosos de los trucos más grotescos utilizados para lograr el look perfecto, necesario en un velatorio con ataúd abierto. Todo ello bajo el alero de tres personajes excéntricos que marcan el inicio de su carrera en la industria funeraria.

El libro trata un tema sensible, que es expuesto de una manera interesante, logrando hacerse cargo de las preguntas más frecuentes sobre los ritos funerarios, y al mismo tiempo, despojándolo de lo morboso y lo grotesco. Pero aun así ¿qué motivación puede existir para sacarlo a la luz? Caitlin nos explica que, como sociedad, pasamos de una relación cercana a la muerte a una totalmente evasiva. De una época en que la mortalidad infantil era pan de cada día (incluso en los países que hoy consideramos como desarrollados), en que la esperanza de vida resultaba descorazonante y en que la mayor parte de las muertes se producían en los hogares (por lo tanto, los mismos familiares se hacían cargo de los ritos mortuorios), pasamos a una época en que nuestro contacto con la muerte es mínimo y nuestros rituales han sido dejados completamente de lado. Ya no es extraño llegar a una edad avanzada sin haber tenido la experiencia de perder a alguien cercano. Más aún, habitualmente el deceso ocurre dentro de una clínica u hospital, a partir de donde el cuerpo es derivado inmediatamente a una funeraria, que se hace cargo de todo el proceso.

Desde el punto de vista de la autora, la distancia que se ha generado frente a los fallecimientos no nos permite un luto y duelo sano, el cierre no es adecuado y la superación es difícil de alcanzar. Es por esto que, a través de sus experiencias, nos invita a darle un giro a nuestro tratamiento de las defunciones. Critica las leyes que reservan esta práctica a empresas funerarias exclusivamente, la preparación profesional recibida al entrar en el rubro, y el temor, vinculado a un eventual riesgo sanitario asociado al despojo de cadáveres en lugares no habilitados para ello (la Organización Mundial de Salud establece que “contrario a la creencia común, no hay evidencia de que los cadáveres sean un factor riesgo asociado al surgimiento de enfermedades epidémicas” y el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos sostiene que “la vista y el hedor de los difuntos pueden ser desagradables, pero no crean ningún peligro para la salud pública”), gestado y perpetuado por las casas funerarias para lograr mantener un negocio que reporta grandes ganancias económicas (en este artículo de The Economist se dan a conocer algunas cifras para ciertos países desarrollados). De este modo, el libro abre nuestra mente a nuevas formas de ver la muerte, a exigir nuestro derecho a despedirnos de la manera que consideremos adecuada, a aceptar nuestra mortalidad y lograr así vivir con mayor plenitud.

Un texto recomendado para todo aquel que se haya enfrentado a la pérdida de un ser querido o a una experiencia cercana a la muerte. Más aún, recomendamos este libro a todo aquel dispuesto a comprender que la vida es un instante y que, según la perspectiva con la cual se mire, el ciclo vital no concluye con la muerte.