La caída de Gagarin (10/13) : racismo

El racismo antisemita soviético es menos conocido, pero los testimonios del libro de Svetlana Aleksievich se refieren a él en términos escalofriantes.

En la nota anterior, veíamos que la URSS fue fundada por grandes oradores, grandes maestros de la palabra. Sin embargo, la estructura de funcionarios fue prescindiendo de ese arte.

Abordaremos ahora el peliagudo tema del racismo.

Este es uno de los asuntos más espinosos de la URSS porque ella, a diferencia del Tercer Reich, no había fundando su proyecto, doctrinariamente hablando, en el exterminio por causas raciales; de hecho, su ínfimo respeto a los derechos de las minorías se tradujo en la reaparición de viejos lastres racistas, especialmente antisemitas. En las zonas que ocupó la Alemania de Hitler, este lastre se manifestó como una sórdida alianza entre ocupante y ocupado, según varios testimonios.

En una de las narraciones, los alemanes llegan con sus perros de pelajes relucientes que salen a correr por los bosques. Las mujeres, niños y vacas se esconden, se hunden en los pantanos, en completo silencio: “Las vacas callaban como callaba la gente. Se daban cuenta de todo”[1]. Tres jóvenes alemanes lanzan un perro negro sobre dos niños judíos, de ocho y diez años, que destroza a los niños. Antes de eso, un viejo que había visto la primera guerra, mientras alimentaba a los dos niños, lloraba, por carecer de fuerza para matarlos a fin de ahorrarles las torturas que sabía, padecerían. A la aldeana rusa que los había ocultado en su casa para que no pasaran a llenar las zanjas con los cientos de judíos que fusilaban, la atan a una motocicleta y la hacen correr hasta matarla (112-113).

Otro relato, esta vez de Minsk, sabemos de Rosa, una bella judía a la que todos los soldados “se la tiraban”, quedó embarazada y allí le pegaron un tiro. Las judías no podían parir. Los bosques estaban llenos de judíos que habían huido del gueto. Los aldeanos lugaremos “los cazaban” y se los vendían a los alemanes por un kilo de azúcar: “Escriba todo esto. ¡Escríbalo! He callado mucho tiempo”, dice un  viejo a la autora, un judío de padre, ruso de madre, que conoció a Rosa (262). Su abuela, que había alojado a un soldado alemán en la campaña oriental por 1918, no quería abandonar Minsk ante la amenaza de la invasión alemana del 41 porque decía que los alemanes eran muy instruidos. Todo esto lo profesaba junto al piano, mientras la ciudad era incendiada. Se decía que los judíos de Estados Unidos estaban juntando oro para salvarlos y que los alemanes para mantener el orden harían un gueto: “Es humano intentar desentrañar la naturaleza del infierno”, dice uno de los testimonios intentando explicarse por qué los judíos confiaron tanto en sus verdugos (263).

Camino al gueto de Minsk, el niño, que lo relata ahora viejo, recuerda haber llevado consigo su colección de mariposas (263). En eso, los judíos de Hamburgo llegan al gueto de Minsk. Son tan sofisticados y bien vestidos, tan educados y amables, tan ordenados y elegantes, que nadie al principio les grita ni les tira los perros como a los judíos pobres eslavos (264). Todavía la civilización funciona para ellos, todavía los bárbaros no se atreven a destruirla, en su caso. Luego, “los fusilaron a todos, las decenas de miles de judíos de Hamburgo” (264).

En tanto, a los judíos lugareños los llevan a un campo. Los alemanes ordenaron a los más fornidos cavar dos zanjas y a los niños que se metieran en la primera zanja. Mientras le lanzaban dulces, la cubrieron de tierra. En la segunda zanja metieron al resto e hicieron lo mismo. Luego, vinieron los campesinos lugareños a escarbar para recuperar botas y zapatos. Esos campesinos encontraron al niño vivo. Lo sacaron y lo dejaron junto a las zanjas que se habían vuelto un el lodazal a consecuencia de la lluvia (265); el niño se alimentó de setas y bayas, lo arrestaron los partisanos que trataron de dispararle. Finalmente, un viejo zapatero amigo de su padre lo convirtió en su ayudante, pero le recomendó cambiar su apellido de Friedman a Lomeiko (267).

El antisemitismo no fue de ningún modo una exclusividad de los invasores alemanes o de los campesinos de los territorios ocupados. Reaparece en los testimonios recogidos por la autora en tiempos y lugares muy diversos. En tiempos de Yeltsin, unos viejos obreros, en un apartamento de dos piezas de la época de Kruchev, conversan durante la noche, juegan a las cartas y dicen: “Son los judíos… Mataron al zar, mataron a Stalin y mataron a Andropov… Y nos han venido con su liberalismo de pacotilla… Hay que apretar las tuercas ya mismo… Somos rusos y debemos atenernos a nuestra fe” (446); en otro lugar alguien dice: “a los judíos los odian por haber crucificado a Cristo y traicionado los planes de Lenin” (555). Ese racismo, que bien podría considerarse un lastre de viejos, reaparece en los jóvenes y no solamente en los jóvenes que viven en la Rusia actual; los hay también entre quienes han emigrado a locaciones más amigas de los derechos fundamentales de las minorías: “Ahora aquí en Estados Unidos hay muchos jóvenes rusos que llevan camisetas con la imagen de Stalin. Dibujan el símbolo de la hoz y el martillo en el capó de sus automóviles. Y odian a los negros”, escucha decir Aleksievich en una cena de rusos en Chicago (521). En esa misma reunión, alguien se queja de los dialectos que se hablan en las calles de Moscú. Y es que el racismo aflora incluso en la clase profesional: los médicos en un hospital insultan a unos tayikos heridos: “Estamos hartos de vuestra invasión, morenos de mierda”, y la policía los llama “monos” (526 y 528-529).

En 1961, el poeta Yevgeny Yevtushenko incomodó a la elite gobernante de la URSS con su poema “Babi Yar”, que denunciaba la masacre de miles de judíos en una sola operación, la cual tuvo tiempo y lugar en junio de 1941, a las afueras de Kiev, en el barranco del mismo nombre, con la ayuda de la policía local. Posteriormente, en 1962, Dmitri Shostakovich tomó el poema y lo transformó en el primer movimiento de su Sinfonía n.° 13 “Babi Yar”. Estos hechos famosos hablan de una tensa relación de los soviéticos con los judíos, menos conocida que la del Tercer Reich. El asunto ha sido tratado, por ejemplo, por el historiador Yuri Slezkine en The Jewish Century (Princeton University Press, 2004).

[1] Svetlana Aleksievich, El fin del homo soviéticus (Barcelona: Acantilado, 2015), 118. En adelante, los números de página son señalados entre paréntesis.