Lo sagrado y lo grotesco en la muerte

La distancia de la muerte que como sociedad hemos tomado no ocurre en todo el mundo. Hay lugares donde ciertas tradiciones sagradas, que para algunos pueden ser grotescas, permiten robustecer el lazo entre el fallecido y sus seres queridos. Caitlin Doughty, en su libro “From Here to Eternity”, relata su viaje por el mundo buscando la “buena muerte”, aquella que cumple con fortalecer ese vínculo, lo que permite observar nuestros ritos funerarios desde una novedosa y refrescante perspectiva.

Esta entrada fue escrita en conjunto con Javiera Slater.

En una entrada anterior, planteábamos la idea de la distancia que hemos tomado como sociedad frente a la muerte, a la luz de las reflexiones presentes en el libro “Smoke Gets in your Eyes” de Caitlin Doughty, una mujer con una especial fascinación por los ritos mortuorios, con una carrera dentro del negocio de los funerales y actual directora de una funeraria sin fines de lucro. En su segundo libro, “From Here to Eternity”, la autora nos presenta una variedad de rituales funerarios practicados en diversas áreas del mundo con el objeto de encontrar la “buena muerte”, aquella que fortalece la conexión entre los seres queridos y los fallecidos, de modo tal que este inevitable desenlace recupere la naturalidad perdida con el avance de la modernidad.

En este libro, Doughty reprocha el hecho de que los ritos que rodean la muerte se hayan vuelto rápidos, lejanos y fríos, centrados más en proteger las rentas que se derivan de esta actividad que en resguardar los vínculos entre los seres queridos y el difunto. En contraste, la autora intenta incentivar una visión más positiva y con mayor inclusión frente a estas prácticas, argumentando que es precisamente la apertura y cercanía lo que nos permitirá entrar en duelo, conectarnos con el dolor y exteriorizarlo, para así comenzar a cerrar las heridas que el deceso de alguien muy cercano produce. Es desde esta base que comparte con nosotros la historia de una de sus amigas, una estadounidense que emprende un viaje espiritual luego de la muerte de su bebé, volviendo a sus raíces mexicanas y logrando encontrar consuelo en la festividad del “Día de los Muertos”, expresando lo tranquilizador que es el poder mostrar su dolor sin temor a incomodar al resto. (En Chile, existe una tradición campesina vigente por más de 400 años, el Canto a lo Divino y, en particular, el rito de los Velorios de Angelitos, reservado para los niños que morían a corta edad. En enero de 2017, el CEP organizó un seminario en que los antropólogos Daniel González y Danilo Petrovich presentaron su trabajo sobre esta tradición, junto a Alfonso Rubio, un cantor campesino que interpretó varias piezas que iluminaban sobre esta usanza).

De gran importancia para la autora es dejar en claro que las prácticas que para algunos son repulsivas, para otros son sagradas. Con ello intenta generar respeto y aceptación, invitar a la gente a dejar de lado la aversión que podemos sentir por aquellas tradiciones tan alejadas de las nuestras. Señala con convicción que los méritos de una costumbre deben ser medidos de acuerdo a las emociones que los guían, por la creencia dentro de una cultura de la nobleza tras el acto realizado. Pretende a través de sus relatos dar a conocer que no existe un solo modo de enfrentar y entender la muerte. Así, nos lleva a Colorado, donde se encuentra la única pira funeraria comunal y al aire libre de Norteamérica, en donde los familiares y amigos del fallecido toman un rol fundamental, preparando el cuerpo y siendo testigos de la cremación, tal y como es la costumbre en India. O en Sulawesi del Sur, una de las tantas islas de Indonesia, donde los Tana Toraja mantienen los cadáveres de sus familiares en sus casas para hablarles, dormir y compartir con ellos hasta el día de su funeral (que puede llegar a ser meses o años más tarde), momento en el cual los trasladan a tumbas de fácil acceso para continuar peinándolos y atendiéndolos, todo ello debido a que esta costumbre les permite permanecer conectados de una manera significativa con sus seres queridos. O en Bolivia, donde la festividad de las ñatitas, una costumbre aymara (reprimida por la discriminación de la que ese pueblo es objeto) está recobrando vigor por la conexión entre vivos y muertos que esta tradición logra forjar a través de los milagros que la veneración de estos cráneos genera. O en el Tíbet, donde tienen lugar los entierros celestiales, esto es, el desmembramiento de los cadáveres para facilitar la tarea de los buitres que devoran el cuerpo del difunto. En algún sentido, se trata de muerte que crea vida.

Las tradiciones tienen un gran valor agregado, permiten generar y compartir identidades colectivas, transmiten historias, objetivos y valores de una generación a otra. Sin embargo, no es necesario mantener el apego a una tradición que ya no nos representa completamente para lograr llorar a nuestros seres queridos. Entre las experiencias relatadas, Doughty da detalles de prácticas ancestrales que se han modernizado para adecuarse a nuevas circunstancias generadas por los cambios sociales, con el objeto de lograr la cercanía que tanto proclama como clave para enfrentar la muerte con naturalidad. Por ejemplo, en Japón, cuenta el caso de un templo budista que utiliza luces que surgen al mero contacto de una tarjeta, tal como la que utilizamos en el transporte público en Santiago, que ubica el ánfora que contiene las cenizas del familiar difunto y que al mismo tiempo recrea ambientes naturales. Asimismo, cada día se iluminan las cabezas de Buda que contienen las cenizas de todos quienes han fallecido en esa misma fecha. En Barcelona, relata el caso de una funeraria construida con paredes de vidrio, donde aquellos que están velando a un ser querido puedan verlo en todo momento, ya sea durante la preparación del cuerpo antes del entierro o la cremación. O en Carolina del Norte, donde se está trabajando en técnicas de compostaje para lograr que los cadáveres se degraden en una fracción del tiempo que les tomaría en forma natural, pudiendo así fertilizar adecuadamente la tierra que los aloja, permitiendo el surgimiento de vida vegetal donde antes hubo muerte.

A través de cada uno de estos relatos la autora logra mostrarnos la muerte como algo natural, como parte de la vida. Acompaña sus palabras con bocetos realizados por Landis Blair, dibujos que consiguen disminuir el impacto que podría generar un testimonio fotográfico, permitiendo al mismo tiempo guardar respeto al mantener una mayor distancia. Estos bosquejos pueden generar una primera impresión que no es fija, que puede ser revisitada y reinterpretada, una interacción entre artista y realidad. Es el complemento perfecto para un mensaje que pretende convencernos de no negar o enterrar, de asumir la pena, de sentir el dolor, de recordar, de volver a ello una y otra vez hasta lograr darle sentido a una de las experiencias que marca más profundamente nuestras vidas.