La caída de Gagarin (11/13): orden autocrático

Mientras Rusia ha conocido a grandes hombres fuertes como Iván el terrible, Pedro el grande, o Stalin, carismas que han dominado sus destinos por mucho tiempo, un zar “liberal” como Alejandro II, que abolió la servidumbre, en el siglo XIX, fue asesinado por los terroristas.

En la nota anterior, veíamos que según los testimonios anotados por Aleksievich, el componente racista y xenófobo trasciende las fronteras de Rusia.

En la presente nota abordaremos un asunto que constituye todo un tema central para los estudiosos del fenómeno soviético: el del orden autocrático inmemorial.

Los occidentales conocimos, por la ópera y el cine, las formidables escenas corales y multitudinarias de Boris Godunov, de Musorgski, o Aleksandr Nevsky, de Eisenstein y Prokofiev, en que el pueblo ruso clama por un líder potente, intranquilo mientras no lo consigue.

De estos tópicos tan rusos hay, en la actualidad, llamativos ejemplos.

Un hombre que se identifica como “un patriota” le dice a la autora que Rusia necesita una mano dura, una mano de hierro, un Stalin “¡Viva Stalin!”: “Ajromeiev[1] podría haber sido nuestro Pinochet, nuestro Jaruzelski. ¡Qué gran pérdida ha sido su muerte!” [2]. En realidad, este tipo de peroratas están presente a través de todo el libro, y es que el culto a la mano dura parece constituir una suerte de sabiduría-tontería popular. “Ya se sabe que aquí en Rusia o eres la zarina o te cuidas bien de no estorbar al zar”, dicen los rusos  (186); un país “que pide a gritos” un zar, que lo lleva en “sus genes”. Se recuerda con admiración y temor, dice un entrevistado, a Iván el fiero —aka, el terrible—, a Pedro I, a Stalin, pero a Alejandro II, el zar “libertador”, se lo asesinó (167-168). “Las palabras guerra y cárcel son las piedras angulares de la lengua rusa”, explica Olga (288); la funcionaria comunista, Yelena observa que no hubo comunismo, hubo estalinismo; no hay capitalismo, ni hay imperio, no hay nada. El país pasa —dice Yelena—, del campo de trabajos forzados al burdel más desaforado. “Medio país está esperando un nuevo Stalin que venga y ponga orden” (72). Y hay en este libro escenas muy ilustrativas al respecto, como la siguiente, que recuerda a la de la entrada de Hitler en París en el filme Paris brûle-t-il ? (René Clément, 1966):

El 7 de mayo de 2012 la televisión mostró el suntuoso cortejo de Putin avanzando por una ciudad desierta de camino al acto de toma de posesión presidencial en el Kremlin. No se veía ni un coche, ni un transeúnte. Habían sometido a la ciudad a una limpieza de veras concienzuda. Miles de policías, militares y agentes de los cuerpos de seguridad hacían guardia en las bocas de metro y los portales de los edificios. Por un día la capital parecía limpia de moscovitas y de sus sempiternos atascos. Era una ciudad muerta. Una ciudad cadáver para un zar de pacotilla. (399-400)

Mientras algunos personajes festinan con el carácter autocrático de Rusia, otros, en la actualidad, se desesperan y piensan abandonar el país —“Los rusos no cuentan con vivir una vida feliz. La gente normal se lleva a sus hijos al extranjero” (513)—; las preguntas siempre giran en torno a cómo hacer para que los rusos comunes y silvestres sean profundamente creyentes en la libertad, la división de poderes, los derechos de las minorías sexuales, étnicas y religiosas. Estos problemas, sin duda, recuerdan las viejas polémicas decimonónicas entre europeístas y eslavófilos; los primeros, como el escritor Turgueniev, querían trasladar la civilización europea a Rusia; los segundos —Dostoievski es un caso famoso, pero no el más radical— veían en occidente la fuente de la degeneración.  “Una democracia exige hombres libres. Y de eso en Rusia no había. […] En Europa llevan doscientos años cuidando de la democracia como quien cuida del césped” (519). Svetlana Aleksievich sabe rescatar, de sus archivos, los relatos que hablan metafóricamente de estos aspectos. Por ejemplo, la de un hombre de espíritu libre que debe conquistar a una mujer que vive junto a su abuela y con su gato: “con ellas vivía un enorme gato negro, un tirano doméstico, al que no le gusté desde el primer momento a pesar de los esfuerzos” (511).

Sin embargo, no en todos los casos se reconoce esa férrea fuerza atávica. Un ex militar recuerda que los “ingenuos” pensaban que tras la caída del comunismo los rusos aprenderían a ser libres, pero que, en cambio, solo han aprendido a “vivir” (368).

 

[1] El mariscal Sergei Fedorovich Ajromeiev fue encontrado colgado en el pabellón número 19 del Kremlin a las 21:50 hrs. del 24 de agosto de 1991. Entre las cinco notas que dejó ordenadas, la cuarta decía: “No puedo continuar con vida cuando asisto a la destrucción de mi patria , el desmoronamiento de todo lo que considero da sentido a mi vida” (151). En una entrevista concedida a un programa de tv en 1990, el mariscal había mostrado su disconformidad con la guerra que la URSS hizo a Afganistán en la que Sarajov denunciaba un millón de muertos. “Allí abajo, en Afganistán, todo era sangre y barro […] Éramos conscientes de que todo el Islam se iba a levantar contra nosotros, de que perderíamos todo nuestro prestigio frente a Europa” (156). Llamó la atención del embajador de EE. UU., Jack Mattlock, que se haya presentado en el funeral del principal disidente Sájarov, porque había sido “enemigos irreconciliables” (177). Se mantuvo firme en su lealtad a la URSS que se derrumbaba. Su tumba fue profanada por desconocidos quienes se llevaron su uniforme, sus galones de oro y sus condecoraciones. Los investigadores concluyeron que no había sido por motivos políticos (181). 

[2] Svetlana Aleksievich, El fin del homo soviéticus (Barcelona: Acantilado, 2015), 147. En adelante, los números de página son señalados entre paréntesis.