La caída de Gagarin (12/13): el consumo en las cocinas

Primero en el frente, luego en las cocinas, se gestó una general disidencia política. A ella siguió un desatado consumo.

Aprender a vivir es, en buena parte, aprender las artes del consumo, según parece; los sentidos se refinan poco a poco, el gusto se hace cada vez más exigente. Es una vieja historia de conquistas de mercancías.

Durante la guerra con Alemania, a lo lejos, los rusos podían detectar a los alemanes porque las urracas los olían y graznaban. Los rusos también aprendieron a olerlos entre el follaje: olían a agua de colonia, a buenos cigarrillos.[1] La sofisticación de los alemanes era muy superior a la de los rusos: “Los alemanes llegaron a nuestra aldea en primavera y ya al día siguiente comenzaron a sembrar flores y a levantar unos baños”. Una mujer relata que al principio “los alemanes pagaban por todo: por lo huevos, las gallinas. Ahora lo cuento y nadie lo cree” (273).

Con la caída del Tercer Reich, al entrar en las ciudades alemanas e inspeccionar sus casas, los rusos miraban “sin abrir la boca” la calidad de la ropa interior, la cantidad de vajilla, lo bien que se vivía en los países no comunistas (271). Una mujer declara: “Los libros de historia no dicen nada de eso, por supuesto… Pero quiero que sepa que bajo la ocupación alemana empezamos a vivir mejor de lo que vivíamos bajo el poder de los Soviets” (275).

Precisamente por eso, dice uno de los entrevistados, Stalin odiaba a quienes habían ido a la guerra: habían conocido allí la libertad (270) (no precisamente Alemania, por supuesto).

Como en la vieja Grecia, la épica es seguida de la tragedia y esta de la comedia. El triunfo sobre los alemanes fue seguido del apetito:

Estuvimos celebrando la victoria dos y hasta tres días seguidos. Pero después nos entraron las ganas de comprarnos ropa nueva o de comer algo sabroso, queríamos vivir la vida. Pero no había nada de nada. Todos llevábamos uniformes alemanes. Los adultos y los niños. Los modificábamos como podíamos, una y otra vez. (272)

“Mamá compraba (o “conseguía”, como decíamos por entonces) cualquier cosa que aparecía en las tiendas y acumulaba una reserva para tiempos peores” (186-187). “Las cosas ‘se conseguían’ en lugar de comprarlas. Se conseguían por medio de contactos con personas que uno conocía o conocía a otras que tenían acceso a lo que se necesitaba”, relata, por su parte, la madre de Igor (201). La mercadería, como los hechos políticos incorrectos, debía esconderse. Una abuela se la pasaba cultivando cebollas, marinando coles, ocultando sémolas y cebadas por todos los rincones de la casa para asegurarse en futuras hambrunas, mientras aconsejaba a su nieta que se mantuviera callada en el colegio y luego en la Universidad Patrice Lumumba (143).

La vida de los soviéticos carecía de objetos suntuarios. En cambio, sí se acumulaban libros. En una ocasión —cuenta una entrevistada de Aleksievich— un joven ladrón entró. Lo descubrieron cuando sacaba ropa del armario: “¡Malditos intelectuales! ¡no tienen un abrigo de pieles que valga la pena!”, se decía (188).

Pero el supuesto intelectualismo soviético tuvo que irse a tierra cuando las universidades se transformaron en almacenes, en bodegas de naranjas y camisas para hombres. “No había leche, pero se vendían helados, así que cocíamos la sémola en helado” (214). El intelecto, movido por el consumo, escapaba de las universidades y los recintos oficiales de deliberación para refugiarse en esa hogareña hospitalidad que se daba al debate y al consumo de alimentos: las cocinas. Las cocinas se volvieron el lugar de la deliberación (215): “Para algunos el pasado es un baúl repleto de carne y un barril lleno de sangre. Para otros, una época gloriosa. Nos peleábamos a diario en las cocinas” (383). Otro testimonio relata: “Vaciábamos nuestros corazones en las charlas que manteníamos en las cocinas” (591). La cocina era un lugar ancestral, anterior al salón, al parlamento, a la sede del partido, en donde podía volverse a la complicidad no infiltrada por el Estado. En la cocina se dará la complicidad del secreto y el desahogo que no se atrevía a salir de ella: “No me siento a gusto entre las personas que les gusta exhibir su descontento al interior de las cocinas”, dirá otro de los personajes de este libro (537).

La versión extrema de este consumo privado tendrá lugar con las cadenas de comida rápida (recuérdese el comercial de Pizza Hut protagonizado por Gorbachov en los años noventa[2]): “Abrió el primer McDonald’s en la Plaza Pushkinskaia”, rememora nostálgica una joven exitosa (457); y se queja otro de sus entrevistados: “Hubo colas kilométricas para comer en el primer Mc Donald’s” (221). “¡El hombre (…) no merece la pena, sólo quiere pan y circo! He ahí el mayor descubrimiento del siglo XX, la respuesta a todos los humanistas (…)”, dice el nonagenario Vasili, un convencido comunista (223). En la historia de Elena, hacia final del libro, sus hijos no se despegan de la tv: “La televisión los volvió agresivos, distantes. Entonces Lena derramó una jarra de agua sobre el aparato, como si fuera una pecera”, y lo quemó (600).

Otras voces de este libro son las de los inmigrados rusos en EE. UU.: “la primera impresión que tuvimos al llegar es que los estadounidenses habían construido el comunismo que la URSS estaba empeñada en alcanzar” (521) y aflora en esa misma conversación de rusos en Chicago una cuestión importantísima acerca de los méritos de Norteamérica y el capitalismo: “los embutidos no representan absolutamente nada” (514), es decir, la señal de estatus por consumo ha sido rebajada por el propio capitalismo. Un poco más tarde, Aleksievich anota las palabras de una mujer que dice que mientras los ricos sacan el petróleo “nosotros nos paseamos por las tiendas como si fuesen museos” (565), lo que de otra forma quiere decir, como si quedara mucho aún por hacerse accesible.

Pero la transacción de bienes llega a niveles en que es inevitable pensar en el mito urbano: “En el mercado negro de Moscú se puede comprar de todo: riñones, pulmones, hígados, ojos, válvulas cardiacas, piel humana”, informan a la autora (526). Se cuenta de millonarios rusos que hartos de sus vidas lujosas pagan por vivir dos días en la cárcel, hacer marido y mujer de prostituta y proxeneta, salir a la caza de un mendigo que actúa como salvaje y un largo etcétera de horrores (467-468).

Otro relato: en tiempos de Yeltsin, una abuela se muere. Como no hay dinero para un ataúd —la opción es envolverla en bolsas plásticas o papel de diario (ella no quería— su hija la mantiene toda una semana en el departamento, mantiene el cadáver en una habitación cerrada mientras lo lava con manganeso (432-433).

Mientras tanto, se hará turismo en las ruinas de Chechenia, se hacía la guerra mientras se construía, dice la madre (588).

Muchos de los excesos de la implantación del capitalismo en Rusia pueden decir relación con que “de golpe, todos conocimos el dinero y comenzamos a codiciarlo”, como explica una joven publicista (451).

“Nos iban a dar libertad, pero lo que nos dieron fueron bonos de privatización. Así que se repartieron un país enorme”, explican a la autora (516); “los venderé a algún museo”, agregan (517). Un hombre que se dice “un patriota”, en conversación con la autora, grita: “No, no fueron unos toscos bolcheviques los que estropearon este país, ni unos intelectuales de pacotilla que buscaban viajar  al extranjero y leer Archipiélago Gulag[3] los que lo destruyeron… Tampoco se invente nadie una conspiración judeo-masónica… ¡Fuimos nosotros quienes destruimos todo esto” (147). ¿Para qué?, se pregunta. Para comer hamburguesas del McDonald’s y para que “nos vendieran películas pornográficas en cada quiosco” (147).

Los nuevos rusos aparecen en El fin del homo soviéticus como ávido de consumir: “Quieren probarlo todo, saborearlo todo, pegarle un mordisquito a todo”, dice un ex militar (368), y Rusia, como otro bocado más; cuando el imperio se desarma y ya no constituye una unidad granítica, muchos creen que pueden sacar su parte: “[Rusia es] ¡Un gran pastel que el que todo el mundo quiere su trozo” (562).

Mientras tanto, en el Moscú de los años noventa, la basura se acumula en todas las calles: “era la basura que traía la libertad” (518).

 

[1] Svetlana Aleksievich, El fin del homo soviéticus (Barcelona: Acantilado, 2015), 269. En adelante, los números de página se señalan entre paréntesis.

[2] Véase el siguiente material en Youtube

[3] El libro en tres tomos de Alesandr Solzhenitsyn que, al igual que el presente, reunió centenares de testimonios de víctimas del gulag. Una mujer, que ha debido permanecer días enteros cuidando a su hija enferma, lo lee sin parar cuando su hija duerme (213). Finalmente, la revista Novi mir publicó Un día en la vida de Ivan Denisovich. Anna Maya, que de niña vivió en una campo de trabajos en Kazajistán y que recién a los cuarenta años habito una casa no comunitaria, comenta: “¡Estaba en boca de todos! Y yo no conseguía entender el porqué de aquel interés, de aquel estupor. Todo lo que […] describía me resultaba familiar” (357), pero luego se queja de que esos libros que una vez tenerlos significaba la cárcel, hayan pasado de moda: “los cubre el polvo. Nadie les hace el menor caso ya” (360). Un ex militar da a leerlo a su hijo: “Se partía de la risa. El solo hecho de imaginar que a alguien lo acusaban de ser agente de tres servicios de inteligencia al mismo tiempo lo divertía horrores” (367). Alisa, una exitosa publicitas, dirá que Solzhenitsyn y Sájarov eran “los héroes de mamá”, no los suyos (458), sin embargo, en las protestas juveniles de 2010 contra Lukashenko, alguien lee a Solzhenitsyn “para comprender el veleidoso comportamiento de los guardias” (625).