El primer hombre en la luna: Un Armstrong insatisfecho

El investigador del CEP y crítico de cine, Ernesto Ayala, se detiene sobre la última película de Damien Chazelle, una propuesta que habla sobre la vida pública y privada del primer hombre en la luna, pero también, inevitablemente, sobre la mirada de un joven cineasta como Chazelle.

Basada en la única biografía oficial de Armstrong, escrita por James R. Hansen, la cinta da cuenta del astronauta (Ryan Gosling) entre 1961 y 1969, desde que era un hábil piloto de pruebas hasta convertirse en el primer hombre en pisar la luna. Para hacer esto se mueve en dos planos: el profesional y el doméstico, el público y el privado (si es que algo en la vida de los primeros astronautas califica como privado). En su hogar, Armstrong es un padre convencional, más bien distante, con problemas para comunicarse, especialmente introvertido luego de la muerte de su hija de dos años. Su mujer, Janet (Claire Foy), es quien sostiene el hogar. En el trabajo, en cambio, Armstrong es racional, seguro, confiado, quitado de bulla, capaz de salvar misiones —y su pellejo— gracias a decisiones críticas.

Ahora, como otros protagonistas de Chazelle, su Armstrong rara vez se ve contento o relajado. Ni siquiera después de algunos de sus logros sobrehumanos. Siempre aparece sobre exigido, incompleto, acosado por algún tipo de sombra. La cinta es especialmente enfática en remarcarlo. Chazelle usa constantemente una cámara en mano —a la documental— y la localiza muy cerca del rostro de sus actores, en una sucesión de primeros planos que, por una parte genera cierta claustrofobia —un efecto que puede ser interesante cuando se quiere dar cuenta de lo que sucede en la estrecha cabina de una nave—, pero que, al sobre explotarse, como Chazelle lo hace, limita las posibilidades expresivas de la pantalla: un primer plano casi siempre entrega un solo significado de lo fotografiado. Gosling, que es un actor de gran talento(aunque aún no demuestra ser igualmente capaz de hacer grandes películas), hace lo posible por aguantar este acoso y entregar un rol creíble.

Como en los largometrajes anteriores de Damien Chazelle (1985), El primer hombre en la luna, hoy en cines, es un relato sobre un hombre talentoso y egocéntrico, tensionado —angustiado, más bien—, por los costos de que le impone su ambición. Esta vez, en lugar de tratarse de un joven baterista de jazz (Whiplash, 2014) donde un joven pianista en Los Angeles (La LaLand, 2016) se trata de nadie menos que Neil Armstrong, héroe incuestionado de cualquier terrícola que haya nacido después de la Segunda Guerra Mundial.

Para Chazelle, en un diseño evidente, la angustia que acosa a Armstrong es su hija fallecida. En ella convergen los vacíos de su vida familiar y la ambición que proyecta en su carrera. Sin embargo, las imágenes de la cinta traicionan este diseño. El relato de la vida doméstica de Armstrong es abstracto, hecho de lugares comunes, casi solo compuesto de imágenes prefabricadas. Da la impresión de que Chazelle sabe poco y nada de la vida matrimonial, menos aún de la paternidad. La carrera de Armstrong, en cambio, con esas naves temblando, perdidas en la atmósfera o en el espacio, apenas controlables, tiene toda la vitalidad del mundo. Es cierto que algunos de esos momentos remiten a esa gran película que es Los elegidos (1983), de Philip Kaufman, pero, con todo, nos permiten ponernos en la piel de los primeros astronautas, imaginarnos cómo debe ser estar allá arriba, apenas sostenidos en una tecnología que, vista hoy, parece tan precaria.

Lo raro, sí, es que no haya poco gozo en esas imágenes. El cine norteamericano tiene una larga tradición sobre la recompensa moral que existe en saber llevar a cabo un trabajo de la manera correcta. El paradigma es por supuesto Howard Hawks, pero también lo sabía John Ford y, más tarde, Anthony Mann, Clint Eastwood o Michael Mann. Para cualquiera de ellos, un trabajo bien hecho puede redimir, eventualmente, los fracasos del resto de la vida. Para Chazelle, en tanto, no parece haber más que hambre insatisfecha.

El primer hombre en la luna

Dirigida por Damien Chazelle

Con Ryan Gosling, Claire Foy, Jason Clarke

Estados Unidos, 2018, 141 minutos.