La caída de Gagarin (13/13): Más amor que justicia

Existe una vieja tradición rusa, que se practica todavía hoy en lugares remotos. Mientras los hombres se emborrachan y golpean, las mujeres se escriben cartas entre sí, pero también a los presos de las cárceles, a quienes muchas veces ni siquiera conocen.

Dos hermanas están abandonadas en un orfanato de la Rusia profunda. Una tía-materna, que es analfabeta, las busca, pidiéndole a desconocidos que, a su nombre, escriban cartas a las niñas; no deja de enviarlas hasta que estas cartas consiguen llegar al orfanato. Ambas niñas son liberadas para que vayan donde esta tía. Enferman. Una de las niñas, María, llega al pueblo, y allí los campesinos se turnan para observarla y llorar con ella.[1] Desde entonces, en las noches, la tía duerme junto a María y la calienta con su camisón: “Gracias aeso no le guardo rencor a nadie. Y gracias a eso pude olvidar todo el mal queme hicieron”, explica (315).

Entre las historias más horribles y sórdidas, FHS está repleto de pequeñas narraciones sobre el amor; “¿Es que hay amor sin sacrificio? ¿Qué amor sería ése?”, se pregunta uno de los entrevistados (509); “El amor es un trabajo pesado”, afirma otro (293) y, pese al trabajo invertido “Sin [el amor] se nos detiene la sangre”, concluye Gleb, que es su nombre (297).

El amor enternece a los seres más severos: Gleb, prisionero del Gulag, escribe versos. El jefe del campo es informado; lo hace venir y le pregunta si le puede escribir una carta de amor en verso para enviar a su novia (296). ¿Cómo saliste vivo de ahí?, le preguntaba su esposa Olga. “Porque en mi infancia estuve rodeado de mucho amor”, contestaba Gleb (297). Y así, se suceden, en distintos momentos, las referencias al amor, a su milagro de presencia y tragedia de ausencia: “El amor… me cuesta pronunciar esta palabra, ¿sabe? Me cuesta recordar que el amor existe” dice la madre de Igor, un joven que se ha suicidado (192). “Déjeme decirle que usted es la primera persona que pronuncia la palabra amor delante de mí en los últimos diez años”, dice una mujer que acompaña a Aleksievich en un viaje en tren (451). “Nunca pude bailar con una mujer hermosa ¡Yo era un verdadero oso!”, recuerda el viejo Vasili (288). Él mismo se refiere a El hombre anfibio de Aleksandr Belayev; la historia del científico que convierte a su hijo en unhombre anfibio para hacerlo feliz. El hijo se entristece en el mar porque está solo del todo y finalmente muere (243): “no sé vivir sin ser amada. Necesito ese dolor… […] Sin ellos me siento perdida… como en el mar”, dice Olga, en otraparte (284).

El amor adquiere también unaextraña forma de piedad excesiva: “Dostoievski decía que hay un tipo de rusoque es tan generoso como amplia es la tierra rusa  […] Llevamos la piedad por los desgraciadosen la sangre. La piedad por los asesinos y los dementes. Esos que matan a otros pero conservan sus miradas de niños”, dicen en una remota aldea (597. 602). En “Las tinieblas te llaman”, uno de los capítulos finales de FHS, asistimos al momento cúlmine del libro en lo que respecta al amor como cuestión radical. El capítulo trata sobre un documental que muestra la vida de Elena (o Lena) Razdueva, una bella mujer que abandonó a su marido e hijos por irse con un presidiario condenado a cadena perpetua, Volodia, una mezcla de Rodia Raskolnikoff y Aleksey Ivanovich[2] ya viejos; un hombre a quien Lena solo había visto en sueños (según ella). En el libro hay una especial complicidad con los testimonios de las mujeres —Aleksievich ha dedicado un libro a las mujeres en las guerras—,[3] que quizá diga relación con una vieja tradición rusa que todavía se practica en los lugares donde no ha llegado el internet y que, ciertamente, se conecta con las exploraciones que Aleksievich hace de la intimidad ajena sin demasiada familiaridad previa: “Cada noche, mientras los hombres beben y se pelean a puñetazos, las mujeres se escriben cartas unas a otras”, cuenta la documentalista Irina Vasílieva (589), pero además “en Rusia es costumbre que las adolescentes y mujeres jóvenes se carteen con los presos” (594), estos, a su vez, les responden: “Usan[do] papelcalco para copiar cartas llenas de falso cariño y falsas promesas” (602-603).

El comunismo no ha muerto, dice Vasili, porque los hombres desde que andaban con pieles tienen sed de justicia, sueñan con la “ciudad de Sol”: “soñar con un Mercedes Benz no es soñar de verdad” (227). El amor de Lena es una creencia desmesurada, capaz de dejarlo todo atrás, es un salto al vacío, un viaje mortal bajo la tormenta de nieve. ¿En qué sentido es esta la desmesura que origina el gran proyecto del imperio obrero basado en la justicia universal? ¿Era necesario esta armonía, este equilibrio tan planificado? “En la Biblia no se dice de Dios que sea bueno ni que sea justo… lo que se dice es que Dios es amor…”, señala alguien no identificado al interior de la remota cárcel de la Isla de Fuego, cerca de Vólogda (611), que es donde está encerrado a perpetuidad Volodia, el amor de Lena.[4] Lo que parece sugerir Aleksievich (y no lo dice ella misma, porque casi nunca dice nada) es que la URSS fue un proyecto basado en la justicia, pero no en el amor; que el amor es una verdad inmensa, la más grande es todas, pero que no tiene ningún valor universal, una cosa rara que incuba en la intimidad y que, sin embargo, es capaz de sostener el mundo en sus espaldas. “Comenzábamos hablando de nuestra vida sentimental y a los cinco minutos discutíamos sobre cómo enderezar el destino de Rusia” (591-592). ¿Se desviaba esta conversación? Quizá pecaba de exceso de planes.


[1] Svetlana Aleksievich, El fin del homo soviéticus (Barcelona: Acantilado, 2015), 314-315. En adelante, los números de página se señalan entre paréntesis.

[2] Los protagonistas de las novelas de Dostoievski Crimen y castigo y El jugador, respectivamente.

[3] El segundo libro de Aleksievich traducido al español La guerra no tiene rostro de mujer (Barcelona: Debate, 2015).

[4] No es cierto que la Biblia excluya toda otra definición de Dios y que, por lo tanto, el amor excluya todas las demás.